LOS
SOLSTICIOS Y NUESTRA AUGUSTA ORDEN

Por el H.: Pedro
Santelices
De la Respetables Logia “Pitágoras” No. 479
Publicado en la Revista Masónica de Chile, Año LII marzo-abril 1975
Números 1 y 2, páginas 14 y 15.
Oriente de Santiago de Chile
![]()
En dos épocas del año parece que el
sol, nuestro astro rey, en su movimiento aparente, se detuviera por un corto
período, cuando se encuentra más cerca o más lejos de los trópicos de Cáncer o
Capricornio. Estos acontecimientos que se producen el 21 de diciembre y el 21
de junio; reciben el nombre de solsticio de verano y solsticio de invierno,
toda vez que la palabra solsticio significa sol detenido. Durante el 21 de
junio el sol está más cerca del trópico de Capricornio y por ende más junto al
hemisferio norte, lejos de nuestro hemisferio sur, por ello, para los masones
de estas latitudes, se llama solsticio de invierno. A la inversa, cuando el sol
y sus rayos están más cercanos al trópico de Cáncer y del hemisferio sur se
produce el solsticio de verano para nosotros. Por eso esta noche de 21 de
diciembre celebramos el solsticio de verano.
El
solsticio de verano se le conoce también como San Juan Evangelista o San Juan
de Verano; y el solsticio de invierno como San Juan Bautista o San Juan de
Invierno. En este acontecimiento vivimos la noche más corta y el día más largo
del año, y mientras que en el hemisferio norte sucede lo contrario.
En su afanosa búsqueda, el hombre
primitivo sentía temor por el hermoso astro que asoma sus brazos por oriente y
los esconde por occidente y que lo guiaba con su luz vivificante en su larga
jornada. Su angustia aumentaba ante lo inexplicable, ante la oscuridad, ante
las sombras nocturnas provocadas por el retorno del sol a su ciclo
interminable. Es el instante supremo en que el hombre se plantea problemas, y
sus meditaciones se unen en misterios profundos.
Aquel astro que acompañaban sus
ganados en el día, que le ofrecía benevolente, su luz orientadora, significando
para él la expresión más objetiva del bien, se transformaba, en pocas horas
después, por su ausencia, en recelo y temor. Entonces amó la luz y temió la
oscuridad. La quietud se posesionaba de su espíritu, cuando nacía, y la
incertidumbre adormecía sus esperanzas en su desaparecimiento. Su vida se
resume en un solo anhelo: el sol.
Su
incapacidad para darse explicaciones científicas lo llevó a la formación de
mitos y leyendas, al cultivo de ritos primitivos y al culto del sol, cuya vida
estaba marginada por fantásticas narraciones. Egipto marca el primer capítulo y
lo siguen persas, asirios, mayas, incas, etc. Establecen un paralelismo
psico-físico: verdad = luz; error = oscuridad. Se produce una comparación de
principios, dando origen a diferentes dualismos: Osiris y Tifón; Ordmudz y
Arimán; Brama y Siva.
De
todo este conflicto psico-físico, el hombre primitivo distinguió la marcada
diferencia entre dos estaciones: Una llena de frío y la otra de calor;
fenómenos que hincaron en su espíritu desorientado la observación de la salida
y la apuesta del sol, deduciendo que los movimientos cambiaban con frecuencia
en un tiempo determinado. De un estudio sobre el sol se extracta lo siguiente:
observando en primavera y en la zona templada, el sol se oculta en un punto
determinado; luego el ocaso avanza gradualmente hacia el sur; primero de prisa,
luego cada vez más lentamente hasta quedar estacionado en un sitio meridional
máximo. Retrocede enseguida hacia el norte siguiendo una marcha inversa, es
decir muy despacio al principio y con
velocidad cada vez mayor al llegar al extremo, para disminuir de nuevo hasta
una segunda parada que tiene lugar en invierno. Desde entonces vuelve otra vez
al sur y así continua indefinidamente oscilando constantemente con regularidad
perfecta.
Considerando
los solsticios bajo un aspecto astronómico, debemos expresar que debido a que
el eje de la tierra no es perpendicular al plano de la eclíptica, o sea que
esto no coincide con el ecuador, sino que forma con él un ángulo de 23º, 27`,
se produce numerosas alteraciones: la diferente duración de los días y las
noches, las estaciones del año y la división de la superficie del globo
terráqueo en cinco zonas climáticas.
Sólo
dos veces en el año el plano del ecuador coincide con el plano de la eclíptica
y por consiguiente, el círculo de iluminación coincide con cada meridiano. En
esta posición los diferentes puntos de la tierra tienen un día de doce horas y
una noche de doce horas. Estas fechas se conocen con el nombre de equinoccio.
Tres
meses después, los rayos solares forman un ángulo de 23º y 27`con el plano del
ecuador y los días y las noches alcanzan su máxima desigualdad. En este caso el
círculo de iluminación no pasa por los polos, sino que es tangente a los
paralelos de 66º, 33`norte y de 66º, 33`sur. Hay paralelos que no son tan
cortados por el circulo de iluminación, y la tierra al girar sobre sí misma
tendrá una parte que siempre quedará expuesta al sol y otra que no estará
frente a ella; son los solsticios.
El
solsticio de verano es San Juan el Evangelista que predica el evangelio del
amor fraternal. El solsticio de invierno es San Juan Bautista, que es la
esperanza de una vida mejor.
En
nuestras prácticas y doctrinas asociamos estos fenómenos naturales y son
interpretados bajo tres aspectos: cósmico, místico y simbólico.
Cósmico,
porque representa a un fenómeno astronómico; místico, porque traza la realidad
de un ideal y simbólico con relación al hombre, porque busca la perfección de
su espíritu.
Remontándonos
a las Sagradas Escrituras, ubicamos a San Juan como un personaje legendario.
Juan el Bautista, es la antorcha de la esperanza y sintetiza en nuestra Orden el nacimiento a una nueva
vida. Es propagandista de grandes ideales, es fraterno y virtuoso.
Juan
el Evangelista, es la expresión sublime de la madurez psíquica y el espíritu
alcanza a su plenitud.
En
el ciclo eterno en que se manifiesta un espacio de tiempo, que va de un
solsticio a otro, esta representada en forma simbólica la vida del hombre.
El
hombre al nacer es individualidad, es materia que se plasma en un campo de
perspectivas inciertas. ¿Cómo nace? ¿Dónde irá? ¿Su existencia qué trayectoria
humana procurará?
Nace
a la vida y comienza para su ser la incesante búsqueda de la verdad, que es
luz. Orienta este anhelo Juan El Bautista. Sufre transformaciones bajo presión
de la cultura y de los valores y es en Juan El Evangelista donde el hombre
cambia de “ser” en “deber ser”.
Es
el ciclo evolutivo de los solsticios, que representa los dos más grandes
misterios de la metafísica: la vida y la muerte; el ser que nace y muere; es la
materia y el espíritu.
Nuestra
Augusta Orden, cuyos orígenes se remontan a la noche de los tiempos hace suyo
este fenómeno e interpreta en sus talleres al universo con el resplandor
grandioso de sus misterios.
La
Logia es el mundo visible. El sol está en el templo, donde el Venerable Maestro
levanta su mallete orientando las actividades del taller. También está la luna y las estrellas y su base adornada por la
fuerza y la belleza, que la representa el primer y el segundo vigilante. Sus
paredes son rojas como la fuerza del deseo y en su lenguaje simbólico reside la
gama hermosa de sus enseñanzas, que son las que entrañan los solsticios. Todo
él marginado por el azul infinito del cielo. Está proyectada de occidente a
oriente y de norte a sur. Nuestros pasos guiados por la tolerancia y la
fraternidad van en procura de la luz de oriente.
Así
como el ciclo evolutivo de los solsticios, representan la vida y la muerte, así
también la francmasonería al recibir al ser tosco e impuro para transformarlo
en personalidad con realizaciones que logren una constante perfección,
identifica simbólicamente los solsticios que encierran grandes enseñanzas
morales, son sus finalidades y principios.
Cuando
nosotros vivimos una de las noches más breves del año, los hermanos del hemisferio
norte viven la más larga. Cuando nosotros celebramos el solsticio de verano,
ellos celebran el de invierno; cuando nosotros vivimos una Navidad temperada y
asoleada, ellos no la conciben sino con nieve y fría. Ninguna de estas
diferencias es motivo de conflictos entre hermanos y pueblos. Pues hay
tolerancia y además nos indica la universalidad de nuestra Augusta Orden.
Este
acontecimiento que nos reúne, llámese fiesta de San Juan o solsticio; simboliza
el feliz día en que cada uno de nuestro Hermanos que pertenece a cualquiera de
las comunidades religiosas que se disputan el mundo de los creyentes, pueden adorar y reconocer a sus particulares
divinidades; también, como aquellos que no comulgan en ninguna religión, pueden
ver una manifestación de la sustancia universal y las leyes que rigen nuestro
sistemas planetario. Todos se reúnen entre la escuadra y el compás para
recordar estas festividades.
Queridos
Hermanos, que esta sublime noche solsticiana lleve a nuestros espíritus la claridad suficiente para examinar el
camino recorrido en nuestra Augusta Orden y en la vida profana. Que nos haga
ser más virtuosos, tolerantes y fraternos. Enlacemos nuestras manos deseando un
futuro mejor para la humanidad y en la que nuestros postulados sean realidad. Aprovechemos
el calor del astro rey para recomenzar con más brío nuestra incesante búsqueda
de la verdad.