
Para
nosotros los masones, las fiestas solsticiales tienen una profunda
significación filosófica.
Los
solsticios representan el eterno contraste de la luz y la oscuridad, de la vida
y la muerte y el eterno renacer de la creación, donde nada puede ser destruido,
solo transformado en los tres estados naturales, sólido, líquido y gaseoso, es
el ave fénix que siempre renace de sus cenizas.
Los
solsticios representan la armonía cósmica, que permite observar, año tras año,
como se cumplen con asombrosa regularidad, de acuerdo a las leyes físicas de su
relación con la tierra, prolonga los días o las noches, haciendo que la
naturaleza cumpla inexorablemente sus ciclos biológicos.
Astronómicamente,
los solsticios se realizan cuando el sol se encuentra cruzando el Trópico de
Cáncer (verano), haciendo que los días sean mas largos, en el hemisferio
boreal, ocurriendo todo lo contrario en el Trópico de Capricornio (invierno),
en el hemisferio austral.
Para
él hombre, el invierno es como la incomprensión, la deslealtad, el halago de
los mediocres, el acomodo, la crueldad de los ambiciosos y el descaro del
intolerante para defender su obsesión. Sabe que su convivencia con la
naturaleza no es fácil, pero es bastante más difícil su relación con la
destrucción, la opresión, la injusticia y la desigualdad humana.
En
primavera, en cambio, trae la serenidad, porque la naturaleza renace con todo
su esplendor, el sol retoza amablemente entre los valles y montañas,
permitiendo a toda forma de vida vegetal reverdecer y florecer, llenando el
mundo con pinceladas de múltiples colores y agradables aromas.
Nos
permitimos observar desde nuestra pequeña concepción cósmica como el supremo
regulador de la vida, luego de hacernos padecer sus inclemencias, nos permite
convivir con la brillante renovación de la vida. Las aves construyen sus nidos,
las abejas producen su mejor miel, las bestias se aparean, haciendo posible la
perduración de su especie; es así como comprendemos que lo vivido es una dura
pero necesaria experiencia, su razón hace que pueda superar con coraje sus
miles de limitaciones y defectos y los desafíos de lo sobrenatural. Comienza a
sentir el ser humano los signos de dignidad que le son consustanciales,
encuentra los valores éticos del ser racional que le son ineludibles e
irrenunciables, le reconforta saber que puede compartir su espíritu
individualista con su hermano hombre y lograr juntos una sociedad solidaria en
sus necesidades e ideales.
La
primavera hace florecer en su interior la fraternidad que nos permite entregar
a nuestro hermano hombre, respeto, justicia, lealtad, tolerancia, desarrollo
cultural, crítica y halago con sentimientos de perfección y para que el hombre
puede disfrutar de todas estas cosas maravillosas, el último día de la
primavera es el más largo del año, excelente lección del G:.A:.D:.U:.,
ofreciéndonos con grandeza las cosas buenas para que las disfrutemos en
extenso.
Al
celebrar este solsticio de verano nos recuerda que es momento de cambios,
hagamos, pues, que el solsticio que celebramos nos haga sentir la perfección
con que el G:.A:.D:.U:. hace sus cosas,
alimento de nuestro espíritu, a fin de que se convierta en semilla de la
fraternidad, la misma que caída en terreno fértil genera un frondoso árbol,
cuyas ramas se extiendan como amparo para nuestro hermano hombre, ávido de
alimento corporal y espiritual, sediento de justicia y de libertad, inquieto
para lograr el respeto a sus ideas, buscador incansable de un centro de unión
en el que reine la tolerancia para los conceptos religiosos, políticos, de
cultura o nacionalidad.
Es
pues en verano que, con la plenitud de la luz, que se maduran los frutos, como
a nosotros nos hacen madurar en ilustraciones y conocimientos las enseñanzas de
nuestra madre logia.
El
masón debe evaluar los factores de la naturaleza que influyen en su vida para
que en el esfuerzo de conquistar nuestra naturaleza humana hallemos en aquello
que nos brindan los medios, la fortaleza suficiente con la que superemos las
dificultades de nuestra existencia.
Cuando
niños aprendemos por instinto a caminar, a hablar, a dormir y despertar, pero
necesitamos de nuestra madre para alimentarnos y gozar confortablemente en su
regazo.
En
la juventud, apasionada, agresiva, reformadora, irrespetuosa, rebelde,
impulsiva, de vida en plena libertad, sin ataduras a los conceptos y a las formas,
hacemos en ella la idealización de nuestros actos, procurando que el mundo
sienta la necesidad de cambiar, si es a nuestro modo de pensar mucho mejor.
Cuando
adultos, se van formando nuestros pensamientos, ideas y nuestro propio
carácter, dejando de lado el idealismo fácil y placentero, buscando y
encontrando que la renovación es vida, o que la vida es renovación, dándonos a
entender que debemos devolver siempre el beneficio recibido. La dedicación y
afecto de los que amamos serán siempre un norte de nuestras acciones,
devolviendo ternura, instrucción, reconocimiento y respeto a cuantos nos
rodean, logrando, de esta forma, el equilibrio emocional propio de la adultez.
Que
este nuevo solsticio, que éste cambio que hace la naturaleza, nos haga meditar
en la necesidad de reactivar nuestra voluntad de renacer, que nos haga
reflexionar en la necesidad de compartir el alma, cual semilla de fraternidad,
que nos repitamos cada día que cada ser humano requiere ser levantado de sus
desgracias.
Hermanos,
la tiniebla mas breve y el día más largo han llegado a la cita habitual, el
verano se abre esplendoroso pleno de sol y de esperanzas y tenemos la certeza
que todo hombre tiene el derecho que lo saquemos de la infamante tumba donde lo
han postrado el egoísmo, la ambición, la traición, la felonía y la hipocresía.
El
próximo 24 de Junio será el próximo solsticio y nos recuerda queridos hermanos
que cada día debemos poner lo mejor de nosotros mismos en procura de ser
mejores HOMBRES DE BIEN, libres y de
buenas costumbres, para que nadie diga que hemos trabajado en vano.
Víctor Alejandro Meléndez García
C.´. M.´.
Obreros
del Silencio No 31.
Oriente
de San Francisco del Oro, Chihuahua.
14
de junio de 2001.