ENTREVISTA IMPOSIBLE AL Q:. H:. DUKE
ELLINGTON

Masonería y Jazz

Por Miguel Valls
Yo compuse bastantes
piezas de música sacra, muy poco conocidas en comparación con mi música digamos
popular. Son las que hice con exactamente ese propósito, con mucha inspiración
en el góspel, en los llamados espirituales negros y en el jazz que se hacía en
Nueva Orleans. Mis referentes culturales. Pero para conseguir ese estado capaz
de elevarte, es la disposición y la actitud lo que cuenta primero, el tema
musical es secundario.
Explíquese
Muchas escuelas gnósticas
incorporan la audición musical a sus ejercicios y llevan siglos estudiando,
practicando y avanzando en ese terreno concreto. Le daré, si me lo permite, la
explicación de Javad Nurbakhsh, un maestro sufí de la orden Nematolláhi: Para
los sufíes, samá es escuchar con el oído del corazón versos y melodías
armoniosas en el estado de rapto y de alejamiento de uno mismo. El samá, la
audición, es la llamada de Dios, y su efecto, el despertar del corazón y el
enfoque de su atención en el Amado. El sufí, el oyente, en el estado de samá,
da la espalda a ambos mundos, y en el fuego del Amor lo quema todo, excepto al
único ser real, a Dios. El samá aviva la llama del amor y poco a poco acerca a
aquél que habla y al oyente, hasta tal punto que se convierten en uno solo. El
mundo angélico es el mundo de la armonía y de la belleza. Y donde hay hermosura
y hay belleza, hay armonía. O mejor dicho: todo lo que tiene ritmo, o medida, y
simetría tiene la nota de la armonía y, por tanto, es reflejo del mundo
angélico. Por eso, el samá conduce a ese elevado dominio, liberando de
obstáculos el camino para el enamorado sincero.
No me diga que los sufis tocaban jazz
No. El jazz lo inventó
Bach, otro masón. Hasta Bach, la música se componía de una melodía y una
armonía que le daba soporte. Bach inventó la fuga, o formas diferentes de
interpretar la misma melodía sobre la misma base armónica. Eso es jazz. Lo que
los sufis trajeron de oriente en el siglo VIII es la música pop, tal como la entendemos
hoy. Las canciones de amor en lenguaje sencillo, canciones de amor a Dios, de
un amor intenso, romántico, expresado en términos que podrían interpretarse
también como de amor entre un galán y su dama. Los trovadores medievales tienen
su origen en aquellos tocadores de truba, el laúd oriental con que se
acompañaban los místicos musulmanes andantes. Hasta el txistulari vasco, con su
flauta y su tambor, vestido de blanco y rojo coincide con los hábitos de los
adeptos a la orden Chisti de sufíes. La música no es de nadie, ni de un tiempo
ni de un lugar: es de todos, uno de los bienes verdaderamente universales que
poseemos.
¿Tan importante es?
Tanto que nacemos con
ella. Fíjese en el ritmo con que hablan las personas. Y fíjese cómo el que está
interesado escucha y se adapta a ese mismo ritmo. Un ritmo que podría medirse
perfectamente con cronómetro. Cuando dos o más personas están de acuerdo,
participan del mismo ritmo, se sincronizan automáticamente, como las células
del corazón. Los estudiosos del lenguaje no verbal lo saben bien desde los años
`70. Por eso las parejas se conocen con música de fondo, porque el ritmo
exterior les ayuda a sincronizarse con él y entre sí, a comunicarse y sentirse
parte de una misma armonía. Por eso los samá se hacen en grupo. Por eso los
soldados marchan a un mismo ritmo. Por lo mismo que se corean consignas
rítmicas en las manifestaciones, o en los espectáculos deportivos. El ritmo, la
simetría, es la columna de la música. El ritmo es necesario para la vida.
¿Las letras tendrían que hablar del amor a
Dios?
No necesariamente. Le
puedo recitar una, muy masónica, que no menciona ni al uno ni a lo otro.
Cuente y no pare.
Abróchate y coje tu sombrero / Deja tus
preocupaciones en la puerta / Y dirige tus pasos a la parte donde luce el sol /
¿Puedes oír ese ritmo? / Es la feliz melodía de tus pasos / La vida es más
dulce / en la parte donde luce el sol / Antes caminaba por las sombras / junto
al desfile de tristezas / pero ahora no tengo miedo / de que la vanidad se me
eche encima / Aunque no tenga un céntimo / seré rico como el que más / con
polvo de oro en los pies / en la parte donde luce el sol. ¿Qué le parece?
Pues muy bonita. Y muy simbólica, la
verdad. ¿Es sufí?
Pues no. Realmente le he
hecho algo de trampa. La letra es de Dorothy Fields y la música de Jimmy
McHugh, de 1930. Se llama - On the sunny side of the street - o En el lado
soleado de la calle- y es uno de los standards de jazz más conocidos. Pero
quería significarle cómo una buena canción, si se concentra en escucharla con
los oídos del corazón, le puede llegar allí, recordarle lo verdaderamente
importante y ayudar a su espíritu. He retocado algo la traducción, pero es
prácticamente literal. Louis Armstrong la cantaba como nadie.
La recuerdo perfectamente. Un pedazo de
canción. Nunca había visto la letra de ese modo. ¿Son frecuentes canciones así?
Hombre, depende, claro
está. Casi todos los grandes temas del jazz tienen letras magníficas. Irving
Berlin, también iniciado masón y uno de los mejores compositores de todos los
tiempos, componía la música y las letras de sus canciones. Y no hay ninguna
baladí. Otro de los grandes, George Gershwin, era también masón. Su hermano,
Ira Gershwin, fue también un magnífico letrista. Y las letras de las canciones
de Nat King Cole, también iniciado masón, son todas intachables, y siguen
siendo hermosas canciones y éxitos populares.
Con todos esos que me nombra podría haber
montado una logia completa.
Desde su Independencia, en
los Estados Unidos la masonería ha gozado de un gran prestigio social, es una
organización numerosa y muchos hombres de todas las condiciones han acudido
allí para formarse. Incluyendo músicos. Tuve la oportunidad de conocer y tocar
con muchos de ellos.
Con Louis Armstron, por ejemplo.
Loui nunca dijo que fuese
masón. Y hay tantos que dicen que lo fue como que no. Y si él, caso de serlo,
no quiso revelar su condición, estaba en su derecho y yo en la obligación de
respetarlo.
Bueno, pues dígame de alguno que no tuviese
tanto reparo.
Había muchos. Mi amigo
Bill, por ejemplo. Bill, William Basie. A él le llamaban Count Basie, el conde
Basie, porque era todo un aristócrata del ritmo. Y a mí duque, Duke Ellington,
aunque mi nombre era Edward. Hubo una época increíble en que nuestras orquestas
tocaban en el salón de baile del Savoy, en el Harlem de Nueva York, cada una en
un extremo de la pista. El duque y el conde tocando juntos. Primero uno, luego
otro, a veces juntos, sin parar de tocar ni de bailar durante horas –antes no
había diskjockeys–. Era espectacular. Trabajábamos duro, pero no sé quién se lo
pasaba mejor, si los músicos o los clientes. Fue una época fantástica. La
música nos hacía felices.
Me recomienda usted la música, vaya.
Sin duda, aunque no
cualquier música indiscriminadamente. Le recomiendo que busque cuál es la
música adecuada para cada caso, la que le va bien a usted en cada momento. Hay
notas musicales concretas asociadas a cada uno de los chakras, y cada cual
tiene su función. Los pitagóricos ya estudiaron el tema hace 2500 años y tienen
mucho dicho. Fueron quienes pusieron nombre a los modos y a las escalas
(jónica, dórica, misolidia, locria...), nombres que se siguen usando hoy. Y
aunque creo que fue Aristóteles quien desaconsejaba según qué tipos de armonía
para la educación de los jóvenes, sigo creyendo que es cuestión de calidad. Hay
rap pésimo y rap magnífico. No es el estilo, es la calidad de la pieza, el
momento oportuno y la actitud de escucha. Y ser o no masón no es la cuestión.
Lo importante es tener algo que decir y expresarlo del modo más atractivo
posible. Fondo y forma. Pero el árbol mal cuidado no es el que da mejores
frutos. Recuerde el aforismo de Cervantes: la naturaleza tiene por norma que
cada cosa engendre su semejante.