AL
G
D
G
A
D
U ![]()

M
M
Ibar Varas
Resp
Logia Teófilo
Leal - 115 Barquisimeto

La
búsqueda histórica de los seres humanos por la libertad, la igualdad y la
fraternidad en la convivencia social se constituye en exigencia filosófica
primordial para la francmasonería. Por ello, la Orden ha levantado esos
conceptos como principios teóricos que guían y orientan la conducta del masón
en el mundo profano.
En
este trabajo se aborda el sentido que tiene la igualdad y su valoración
simbólica en el lenguaje masónico. Es importante destacar que valor y sentido
son categorías que aluden al carácter cualitativo de la exigencia heurística y
las demandas por los fines que persigue la igualdad, en tanto problema
filosófico.
Se
trata de una primera exigencia que llamaremos de contexto. Aquí no se trata de
la igualdad como problema matemático, asunto que vamos descubriendo desde el
primer momento de la educación formal en el aprendizaje de los dígitos cuando
descubrimos que dos y dos son cuatro. De ello resulta que nos asombra CONOCER
que dos es igual a dos. A continuación, como si se tratara de un juego al que
damos una explicación lógica sorprendente concluimos que tres y uno son también
cuatro. La complejidad del mundo matemático aleja tal vez a muchos en la medida
que se descubren otras cuestiones cuyo estudio se aparta de este inicial
hedonismo de la matemática elemental.
Algo
similar puede decirse de la igualdad en geometría. Si hay igualdad o
desigualdad en cuerpos y figuras es un asunto que apasiona a estudiosos y
científicos pero su conocimiento no genera exclusión alguna. Así, por
ejemplo, un profesor de geometría y un
obrero pueden encontrarse en el metro y ninguno podría reconocerse como
diferente respecto del dominio de las cuestiones geométricas. En cambio, ambos
tienen conductas que denotan la igualdad que los identifica: son seres humanos.
Diversos en su singularidad, pero iguales al pertenecer a la misma especie.
La
tradición Judea cristiana reconoce el origen del hombre en la voluntad de un
Creador único. En el Génesis se afirma que Dios hizo al hombre a su imagen y
semejanza. Estas dos palabras es probable que hallan sido largamente estudiadas
para que aparezcan en el comienzo de lo humano. Semejante el hombre a Dios es
una constatación del antropocentrismo de la aceptación del monoteísta cristiana
y judía como hijos de un todopoderoso. Queda excluida toda posibilidad de que
el hombre, por mucho que busque, persevere y se afane por el conocimiento y su
perfección pueda alcanzar la igualdad. Los griegos del s. VI a.C., la época en
que surge la filosofía ya sabían que los humanos son distintos y diferentes a
los dioses. Se los recordaba el mito de Prometeo quien había intentado robar el
fuego de la sabiduría a los dioses y por ello fue condenado a vivir eternamente
atado con cadenas a una roca en cuya situación las aves de rapiña le devoraban
los intestinos por el día y por la noche se regeneraban y así… hasta la
eternidad. De no mediar la intervención de su amigo Hércules que lo liberó,
todavía estaría allí sufriendo esta condena por pretender ser igual a los
dioses.
Igualdad y desigualdad entre
seres humanos.
Desde
la mirada religiosa del mundo todo parecía indicar que cualquier intento por
alcanzar la igualdad entre los seres humanos o por buscar la verdad nos
acercaría a la divinidad – asunto que los griegos aceptaban en la antigüedad –
es una tarea inútil. Berkeley y Locke estaban muy cerca de esta singular
apreciación, aun cuando sus obras pertenecen al predominio empirista de los
siglos XVII y XVIII.
Hombres
y mujeres son diferentes y el mismo génesis inaugura la teoría de los Géneros.
La explicación científica de esta desigualdad de seres vivos pertenecientes a
la misma especie podría acrecentar cierto escepticismo ante la búsqueda de la
igualdad. El nihilismo nos prevendría que esa búsqueda de la verdad es una
posición inútil. El solipsismo explicaría que ese afán solo puede conducirnos a
un eterno dar vueltas sobre sí mismo.
Las
reflexiones precedentes obligan entonces a pensar el fenómeno de la igualdad
como un problema filosófico cuya mayor relevancia corresponde al dominio de la
ética. Determinar el contexto en que se produce este pensar crítico y libre por
la igualdad es una condición exclusivamente humana, como el lenguaje,
inseparables de la condición histórica social de hombres y mujeres. El hombre,
advirtió Aristóteles, es animal político. Por político se entendía social, que
vive en la polis.
Es
en el contexto de la vida social entre humanos que la igualdad se convierte en
una exigencia del diario convivir. El reconocimiento y exigencia de la igualdad
social, es decir, política, marca la historia de la humanidad. Marx reconocía
un primer momento de igualdad en la comunidad primitiva en cuyo seno lo
recolectado para vivir o lo ganado en las cacerías eran compartidos por igual
entre hombres, mujeres y niños. La desigualdad- y con ello la injusticia-
surgen con la aparición de la propiedad privada de la tierra y la división
social del trabajo. Reconocer que la aparición de la esclavitud de un fenómeno
social explicable por la generación de excedentes tras la domesticación de
animales y el descubrimiento de la agricultura es indiscutible, así el analista
no sea un materialista histórico. Usted podrá pensar que no le gustan las
pirámides de Egipto porque le recuerdan los miles de esclavos sepultados en su
construcción o que su posición es antiimperialista. Está bien, pero las
pirámides están ahí como testimonio de una época en que la desigualdad social
se aceptaba como un hecho natural.
El
expediente a que se recurre con frecuencia para explicar la originalidad
histórica de la igualdad social remite la cuestión al imperio babilónico que
habría producido en el código de Hammurabi este hallazgo. Cuando se repite que
la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos está garantizada en ese código
en el supuesto ojo por ojo, se comete un error. En efecto, la ley de Hammurabi
no dice ojo por ojo que sería la igualdad. Sino ojo por diente y diente por
ojo. Si en una disputa un noble pierde un diente, el esclavo debe perder un
ojo. Por el contrario, si el esclavo pierde un ojo, el noble solo debe perder
un diente. Como puede apreciarse un diente no vale lo que vale un ojo. Como un
noble no vale lo que vale un esclavo.
La
referencia frecuente a la democracia griega como iniciadora de la igualdad está
también signada por la filosofía de Platón quien tenia clara conciencia de su
situación privilegiada como ciudadano.
Ciudadanos en el s. V a.C. no eran todos los atenienses. El filósofo
postulaba que la sociedad ideal estaba dividida en posiciones diferenciadas. A
la cúspide de la pirámide social, correspondían los ciudadanos y entre ellos,
los filósofos por ser amantes del saber que se busca sin consecuencias
materiales o pecuniarias. El filosofo como amante desinteresado de la verdad
seria el mejor gobernante. La parte superior representa la racionalidad. Los
guerreros tienen como misión cuidar la
ciudad, ir a la guerra. Representan al nivel medio y a ellos les corresponde la
parte irascible. En el lugar inferior, los esclavos y a ellos les es natural la
concupiscencia. Platón compara esa estructura social con el cuerpo humano. A
los nobles corresponde la cabeza, a los guerreros el tórax y a los esclavos, el
vientre. El equilibrio entre las partes y nunca la igualdad está garantizada
por la SOPHROSINE, responsable del equilibrio social.
Aristóteles
fue en muchos aspectos un alumno respetuoso de su maestro Platón. Referido al
problema de la igualdad que nos preocupa supo defender y justificar la
desigualdad social. Aristóteles pensaba que los filósofos, en tanto ciudadanos,
no tenían que ensuciarse las manos trabajando y para ello estaban los esclavos.
En LA POLÍTICA llegó a expresarse en estos términos: “… nuestros nobles se
consideran nobles no solamente en nuestro país sino en todas partes, mientras
que los nobles entre los barberos son solamente nobles en su propio país…”
(Dussel. 1992 p. 55) El pensamiento euro céntrico que es el motivo central de
la filosofía de la liberación de Dussel permite comprender hoy como se fueron
gestando históricamente desde la conquista los conceptos que pretendían una
justificación ideológica de la desigualdad. Barberos, primitivos, herejes, han
sido calificativos descalificadotes para imponer la visión del mundo desde los
opresores o detentores del poder. En lenguaje posmoderno, la sociología
descubre otro lenguaje: marginales, tercermundistas, subdesarrollados. Con la
irrupción de regimenes dictatoriales en América latina muchos hombres y mujeres
fueron al exilio europeo. En España, se los consideraba abiertamente desiguales
y para no confundirlos se los estigmatizó como SURACAS.
El
cristianismo sostuvo desde sus comienzos la idea de que todos los hombres eran
iguales ante dios, el padre creador. La consolidación de las monarquías y su
estrecha alianza con las altas autoridades de la iglesia dan cuanta de la
injusticia social que creaba una desigualdad cada vez mayor entre monarquía y
súbditos, como luego la acentuara entre burgueses y proletarios. No es un hecho
casual que hubiera reyes y príncipes y altas autoridades religiosas a las que
ase las distinguía como príncipes de la
iglesia.
La desigualdad en tiempos posmodernos.
Fernando
Mires ha escrito un ensayo en al año 2001 titulado CIVILIDAD cuya lectura
comienza por dar luces en muchas direcciones a este trabajo. Allí sostiene que
Montesquieu lo condujo a reconocer la teoría del otro en si mismo y del si
mismo en el otro. Este descubrimiento de Mires es coincidente en nuestro caso,
con la deuda que confesamos en esta búsqueda de una mejor respuesta al
interrogante por la igualdad. Es justo reconocer, además, que P. Ricoeur, P. Freire, H. Maturana, el ya
citado Dussel y desde lejos K. Marx han hecho aportes de indudable valoración
ética.
Nos
encontramos así ante el abordaje del principio filosófico de la igualdad en un
contexto histórico social posmoderno bajo los designios de la globalización y
de expansión de un modo de producción que sigue siendo capitalista, aunque se
lo llame capitalista tardío o capitalismo posindustrial.
Convendrá
tener presente, como advierte Mires, que en la posmodernidad hay dos claves en
cuyo desarrollo están insertas la igualdad y la desigualdad. Esas claves son
individualismo y des-individualización.
¿Hay
respuestas que deban considerar la igualdad y su reverso, la desigualdad, en
estrecha relación con el fortalecimiento del individualismo pragmatista
posmoderno y las amenazas del desindividualismo? ¿Por qué el reconocimiento del
otro como legítimo otro (Maturana) y la valoración del si mismo determinado en
interacción con el otro son importantes al momento de responder adecuadamente a
la cuestión de la igualdad?
El
individualismo se fortalece en la competencia, la intolerancia, la negación del
otro, la desvaloración de la solidaridad y del compartir, la ausencia de
dialogo, el uso arbitrario del poder. La des-individualización piensa al hombre
como masa, consumidor, lo induce al “aparentismo”, al arribismo social, etc. En
uno y otro sentido el análisis de la igualdad debe considerar estas constantes
de la vida posmoderna. En la vigencia de la desigualdad siguen siendo
determinantes las formas injustas de la distribución de la riqueza, la marginalidad y la calidad de vida
en términos de vivienda digna, salud, educación y trabajo.
Algunos
rasgos de la anomia que va configurando el nuevo siglo son detectados desde el
ámbito de ola vida política que, “…en sus aspectos fundamentales, fue
adquiriendo cada vez mas un carácter negativo y, solo en menor grado,
deliberativo y participativo…”(Mires. 2001 p. 24)
En
un observador atento, la igualdad no se aviene con ningún carácter delegativo
de su ejercicio social. En rigor Filosófico, la igualdad es un ejercicio
deliberativo. La igualdad no puede delegarse. Como no puede delegarse el
pensar. Esta es una de las razones que fortalecen la demanda masónica por hacer
de sus hermanos librepensadores.
Si
no se reconoce socialmente la igualdad, es decir, en términos políticos, ella
carece valor y validez. Puede darse la negación individual de la igualdad de
los seres humanos en una dictadura, pero los hombres y mujeres no pueden negar
su ser intrínseco de iguales. No se trata de una supuesta esencia humana que es
siempre una desviación metafísica, sino del ser humano existente, real,
históricamente determinado. En una sociedad dividida en clases sociales, esta
raíz de la desigualdad no puede ser ignorada.
Puede
haber crisis de valores, política, económica, etc., pero no puede haber crisis
de la igualdad. Incluso puede y, de hecho ha habido, crisis de la libertad. Por
ello la igualdad es un concepto transhistorico, trascendente no a otra vida,
sino a esta, la única de la cual el hombre puede dar cuenta de cómo ha vivido
la igualdad o la desigualdad. Se trata del mundo de la vida que adelantara
Husserl, al que Habermas ha conferido un brillo crítico. Mundo de esta vida,
entonces.
La
idea liberal burguesa de igualdad se fue configurando en la modernidad junto a
la libertad. Se hicieron conceptualmente inseparables. La libertad individual y
la libertad de los medios de producción fueron cobrando mayor énfasis en el
liberalismo de acento económico que de hecho tuvo en el capitalismo que negar
la igualdad. La opción por la libertad
desplazó la opción por la igualdad. Es necesario reconocer que la igualdad se
incorporó a las Constituciones de los Estados Modernos como principio de
acción. En la realidad concreta y social, el capitalismo trató de justificar la
desigualdad política y social.
Una
reflexión profunda y, por reflexión filosófica, conduce a replantearnos la
cuestión de la convivencia entre los seres humanos. ¿Puede la convivencia estar
garantizada en el equilibrio metafísico de la SOPHROSINE platónica o en la
PRHONESIS aristotélica como adecuado justo medio de las relaciones humanas? ¿No
existen acaso formas abiertas y encubiertas de poder – desde la familia hasta
el universo globalizado – que restringen o niegan la igualdad?
Una
cuestión está claro: nadie pensaría que tiene sentido luchar por la igualdad
sexual. La naturaleza se anticipa y nos manda el mundo diferente y diferenciado.
La complicación aparece entre el hombre y la mujer, surge
alguna pretensión de poder que domina, excluye o niega la igualdad. La
ley no resuelve satisfactoriamente esta cuestión. Hasta mediado del s. XX en
muchos países las mujeres no tienen derecho a voto, pero no en todos. Así, la
desigualdad política permaneció justificada por leyes anacrónicas. Los derechos
de hombres y mujeres están garantizados en leyes que no logran superar las
prácticas que excluyen en la realidad la igualdad. Piénsese en la igualdad de
acceso de la mujer al mundo del trabajo o en las diferencias de salario ante
trabajos iguales, en perjuicio de la mujer. Tampoco podría alguien pedir que
fuéramos iguales en estatura, fortaleza física o inteligencia.
La
discusión se cierra provisionalmente por ahora. Es necesario fortalecer nuevas
reflexiones.