Arturo Reghini (1878-1946), matemático y filólogo, ocupó un alto cargo en
la Masonería italiana (Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y
miembro honorario de Supremos Consejos de otros países). Mantuvo correspondencia con René Guénon, fundó y dirigió las
revistas Atanòr -donde este último publicó en primera versión El Esoterismo
de Dante y El Rey del Mundo- e Ignis (1924-25) y contribuyó a
la de Ur (1927-28); escribió numerosos artículos, y fue también jefe de
redacción de Rassegna Massonica.. Entre sus obras, Cagliostro, documents et études; Notes brèves sur le
Cosmopolite; Considérations sur le Rituel de l'Apprenti Franc-Maçon; Les Mots
sacrés et de passe des trois premiers grades et le plus grand mystère
maçonnique; Aritmosofia; Les Nombres Sacrés dans la Tradition
Pythagoricienne Maçonnique, todos editados hoy por Archè, Milano, y una
obra inédita en siete tomos: Dei Numeri Pitagorici.
LOS
NUMEROS SAGRADOS
EN LA TRADICION PITAGORICA MASÓNICA

ARTURO REGHINI
Libertad va buscando, que es tan querida
Como sabe quien por ella rechaza la vida.
Dante, Purgatorio.. I, 71-72[i]..
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Según los antiguos rituales y las
antiguas constituciones masónicas, el fin de la Francmasonería es el
perfeccionamiento del hombre.
Los antiguos misterios clásicos no tenían otro objeto y
conferían la télétê, perfección iniciática. Este término técnico estaba
vinculado etimológicamente con los tres sentidos de fin, muerte y perfección,
como ya lo hace observar el pitagórico Plutarco. Jesús utiliza también la
palabra téleios cuando exhorta a sus discípulos a ser "perfectos
como vuestro Padre que está en los cielos", incluso si, por una de esas
frecuentes incongruencias de las Santas Escrituras, afirma que "nadie es
perfecto excepto mi Padre que está en los cielos".
Esa definición podría parecer explícita y precisa; y sin
embargo un ligero cambio formal ha alterado gravemente el concepto. Tomemos
como ejemplo el diccionario de Pianigiani que afirma que el fin de la
Francmasonería es el perfeccionamiento de la humanidad; gran cantidad de
profanos, al igual que numerosos masones, aceptan esa definición. A primera
vista puede parecer que perfeccionamiento del hombre y perfeccionamiento de la
humanidad significan lo mismo; de hecho, se refieren a dos conceptos
profundamente distintos, y su aparente sinonimia genera un equívoco y oculta
una incomprensión. Otros utilizan la expresión perfeccionamiento de los
hombres, equívoca por igual. Evidentemente, es casi imposible decretar cuál es
la expresión justa, porque cualquier francmasón puede declarar justa la que más
de acuerdo está con sus preferencias, y aún complacerse, quizás, en el
equívoco. Pero si se trata de determinar, histórica y tradicionalmente, la
interpretación correcta y conforme con el simbolismo masónico, la cuestión
cambia de aspecto y ya no se trata de preferencias particulares.
El manuscrito encontrado por Locke (1696) en la Bodleian
Library –y que no se publicó hasta 1748– se atribuye a Enrique VI de
Inglaterra: define la Francmasonería como "el conocimiento de la
naturaleza y la comprehensión de las fuerzas que hay en ella"; enuncia
expresamente la existencia de un vínculo entre la Masonería y la Escuela
Itálica, pues afirma que Pitágoras, un griego, viajó para instruirse, a Egipto,
a Siria y a todos los países en donde los Venecianos [léase los Fenicios]
habían introducido la Masonería. Admitido en todas las logias de los Masones,
adquirió un gran saber, volvió a la Magna Grecia... y fundó una importante
logia en Crotona.[ii]
A decir verdad el manuscrito habla de Peter Gower; y,
como el nombre Gower existe en Inglaterra, Locke se quedó bastante perplejo
ante la identificación de Gower con Pitágoras. Pero otros manuscritos y las Constituciones
de Anderson mencionan explícitamente a Pitágoras. El manuscrito de Cooke dice
que la Masonería es la parte principal de la Geometría, y que fue Euclides,
sabio y sutil inventor, quien dió las reglas de este arte y lo llamó Masonería.
Hay otras huellas de reminiscencias pitagóricas tanto en los "Old
Charges" como en el más antiguo de los rituales impresos[iii] (1724) que atribuye una
importancia particular a los números impares, de acuerdo en ello con la
tradición pitagórica.[iv]
Todos los antiguos manuscritos masónicos concuerdan al
señalar el perfeccionamiento del hombre, el del simple individuo, como único
objetivo de la francmasonería. Las pruebas iniciáticas, los viajes simbólicos,
el trabajo del aprendiz y del compañero tienen un carácter manifiestamente
individual y no colectivo.
Según la más antigua concepción masónica, la "gran
obra" del perfeccionamiento, se realiza trabajando sobre la "piedra
bruta", es decir sobre el individuo, desbastando, puliendo y escuadrando
la piedra bruta hasta transformarla en "piedra cúbica de la Maestría",
gracias a las reglas tradicionales del "Arte Real" masónico de
edificación espiritual. Existe una perfecta analogía con una tradición
paralela, la tradición hermética que, por lo menos desde 1600, se encuentra
injertada en ella y enseña que la "gran obra" se realiza trabajando
sobre la "materia prima" y transformándola en "piedra
filosofal" según las reglas del "Arte Real hermético". Operación
que resume la máxima de Basilio Valentino: V.I.T.R.I.O.L. (Visita Interiora
Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem = Visita el interior de la
Tierra, por rectificación encontrarás la piedra oculta) o la Tabla de
Esmeralda, que modernos arabistas atribuyen al pitagórico Apolonio de
Tiana. Por el contrario, según la concepción masónica profana y más moderna, el
trabajo de perfeccionamiento debe ser realizado sobre la colectividad humana,
es la humanidad o la sociedad la que hay que transformar y perfeccionar; y de
ese modo a la ascesis espiritual del individuo se la substituye con la política
colectiva. Los trabajos masónicos acaban por tener entonces una meta y un
carácter primeramente social, a veces únicamente social. El verdadero fin de la
francmasonería –el perfeccionamiento del individuo– pasa a segundo plano cuando
no es francamente descuidado, olvidado e ignorado.
Tradicionalmente es la primera concepción sin duda la
correcta, y en la literatura masónica del siglo XVIII estuvieron muy de moda
las comparaciones e identificaciones exageradas y fantasiosas entre los
misterios de Eleusis y la Francmasonería. Es indiscutible que el patrimonio
ritual y simbólico de la Orden masónica solamente armoniza con la concepción
más antigua del fin de la masonería; efectivamente, el testamento del candidato
a la iniciación, los viajes simbólicos, las terribles pruebas, el nacimiento a
la Luz iniciática, la muerte y la resurrección de Hiram, no pueden comprenderse
en relación con los trabajos masónicos y el fin de la Francmasonería si todo
debe reducirse a no hacer otra cosa que política.
Históricamente, el interés y la intervención de la
Francmasonería en las cuestiones políticas y sociales no se manifiesta más que
hacia 1730, y únicamente en algunas regiones europeas, con la introducción de
la Francmasonería inglesa en el continente. Lo poco que por otra parte se sabe
de las antiguas logias de antes del siglo XVII muestra la presencia y el uso en
los trabajos masónicos de un simbolismo de oficio, arquitectónico, geométrico,
numérico, que, teniendo por su naturaleza un carácter universal, no se
encuentra ligado ni a una civilización determinada ni a una lengua en
particular y permanece independiente de todo credo de orden político y
religioso; es por esa razón que el masón, de acuerdo con el ritual, no sabe
leer ni escribir.
Con la leyenda de Hiram y la construcción del Templo hace
su aparición un elemento hebraico; y las palabras sagradas del aprendiz y del
compañero (las únicas graduaciones o grados entonces existentes) que se
refieren a esta leyenda son hebreas. Pero esta leyenda no pertenece al
patrimonio tradicional de la Orden; la muerte de Hiram no figura en los
antiguos manuscritos masónicos, y las Constituciones de Anderson ignoran
el tercer grado. De todas maneras no hay nada de extraordinario en la presencia
de elementos y palabras hebreas en una época en que el hebreo era considerado
como una lengua sagrada, la lengua sagrada, aquella que Dios había
utilizado para hablarle al hombre en el Paraíso Terrestre; se trata de un hecho
cuya importancia y significado no hay que exagerar y que de ninguna manera
basta para justificar la afirmación del carácter hebreo de la Francmasonería.
La letra G del alfabeto greco-latino, inicial de geometría y de Dios (God)
en inglés, que aparece en la Estrella Flamígera o en el Delta masónico, parece
no ser sino una innovación (sin utilidad para quien no sabe leer ni escribir),
mientras que los dos símbolos fundamentales de la Orden son los dos más
importantes del pitagorismo: el pentalfa o pentagrama y la tetraktys
pitagórica. El arte masónico o arte real, términos utilizados por el neoplatónico
Máximo de Tiro,[v] era identificado con la geometría, una de las ciencias
del quadrivium pitagórico, y es difícil comprender cómo un Oswald Wirth, masón
erudito y hermetista, ha podido escribir que los masones del siglo XVII[vi] se proclamaban adeptos del Arte real porque en otro
tiempo hubo reyes que se interesaron en la obra de las privilegiadas
corporaciones de los constructores de la Edad Media. Los elementos de puro
carácter masónico constituyen junto con el simbolismo numérico y geométrico el patrimonio
simbólico y ritual arcaico y auténtico de la fraternidad. No decimos su
patrimonio característico, porque estos elementos aparecen también, al menos
parcialmente, en el Compañerazgo, muy cercano por lo demás a la Francmasonería.
Posteriormente, entre los siglos XVII y XVIII, cuando las
logias inglesas comenzaron a recibir como hermanos a los accepted masons,
personas que no ejercían la profesión de arquitecto o el oficio de albañil,
hacen su aparición elementos herméticos y rosicrucianos, como por ejemplo Elias
Ashmole (1617-1692), tal como señala Gould en su historia de la Francmasonería.
El contacto entre la tradición hermética y la masónica fuera de Inglaterra se
produjo igualmente casi hacia la misma época, lo que, evidentemente, implica la
existencia en el continente de logias masónicas independientes de la Gran Logia
Inglesa. El frontispicio de un texto hermético importante, editado en 1618[vii], reproduce junto a los
símbolos herméticos (el Rebis) los símbolos estrictamente masónicos de
la escuadra y el compás; ocurre lo mismo en un opúsculo italiano de alquimia[viii], impreso en láminas de
plomo y que se remonta prácticamente a esa época.
En este opúsculo se ve, entre otras cosas, a Tubalcaín
con una escuadra y un compás en sus manos. Ahora bien, en la Biblia se
considera a Tubalcaín como el primer herrero. Un error de etimología, en aquel
entonces muy extendido, y que retomó el erudito Vossius, lo identificó con
Vulcano, el herrero de los Dioses y Dios del fuego, quien, según los
alquimistas y los hermetistas, presidía el fuego hermético (o ardor
espiritual), fuego que realizaba la gran obra de la transmutación. En una de
nuestras obras de juventud[ix] dimos una interpretación errónea de la palabra de paso
Tubalcaín, pues ignorábamos la equivocada identificación de Vulcano con
Tubalcaín que aceptaban los hermetistas y eruditos de los siglos XVII y XVIII.
Hoy nos parece evidente que esta palabra de paso y algunas otras vienen del
hermetismo, y que probablemente han sido introducidas en la Francmasonería y
añadidas a las palabras sagradas, constituyendo pruebas del contacto que se
había establecido entre la tradición hermética y la masónica. Las palabras de
paso del 2° y 3er grado no existen en el ritual de Prichard (1730).
Hermetismo y Masonería tienen como fin la "gran obra de la
transmutación" y ambas tradiciones transmiten el secreto de un arte,
al que designan con el término de arte real utilizado ya por Máximo de Tiro.
Es pues natural que se hayan sentido muy próximas la una
de la otra. Observemos que la adopción del simbolismo hermético no se efectúa
en detrimento de la universalidad masónica ni de su independencia frente a la
religión y la política, pues el simbolismo hermético o alquímico es, también,
ajeno por su naturaleza a todo credo religioso o político. El arte masónico y
el arte hermético, o simplemente el arte, es un arte y no una doctrina o una
confesión.
Hasta 1717 cada logia, de hecho, era libre y autónoma;
los hermanos de un taller eran recibidos como visitantes en los demás talleres
a condición de satisfacer el retejado (una especie de examen que permitía
reconocer que un hermano lo era en verdad); pero solamente el Venerable de un
taller detentaba la autoridad única y suprema entre los hermanos del mismo. En
1717, se produjo un cambio con la constitución de la primera Gran Logia, la
Gran Logia de Londres, y poco después el pastor protestante Anderson redactaba
las Constituciones masónicas para las Logias bajo la Obediencia de la
Gran Logia de Londres; y, si bien teóricamente un taller podía y puede
conservar su autonomía o adscribirse a la Obediencia de una Gran Logia,[x] en la práctica sólo se
consideran hoy logias regulares aquellas que, directa o indirectamente, son
emanaciones o derivaciones de la Gran Logia de Londres, en el supuesto de que
esta derivación, y solamente ella, pueda conferir la "regularidad".
Ahora bien es muy importante observar que las Constituciones
de Anderson afirman explícitamente que para ser iniciado y pertenecer a la
Francmasonería la única condición es la de ser un hombre libre de
costumbres irreprochables, y exaltan (al contrario que las diversas sectas
cristianas) el principio de la tolerancia de cada quien por los credos de los
demás, agregando solamente que un masón no será nunca un "ateo
estúpido". Podría pensarse que Anderson admite que el francmasón puede ser
un ateo inteligente, pero es más verosímil que, como buen cristiano, piense que
un ateo es obligatoriamente un imbécil, según la máxima que dice: Dixit
stultus in corde suo: Non est Deus, (El estúpido dice en su corazón: Dios
no existe).
Aquí, sería necesario hacer una digresión y observar que
en esta disputa tanto el que afirma como el que niega no posee en general
ninguna noción de aquello que afirma existe o no y que la palabra Dios se
emplea habitualmente en un sentido tan vago que toda discusión deviene inútil.
Sea como fuere, las Constituciones de la Francmasonería son
explícitamente teístas; y los profanos, que acusan a la francmasonería de
ateísmo, o bien lo hacen de mala fe o ignoran que trabaja para la gloria del
Gran Arquitecto del Universo. Observemos aún que esta designación, que armoniza
con el carácter del simbolismo masónico, tiene igualmente un sentido preciso e
inteligible al contrario que ciertas designaciones vagas o carentes de sentido
como las de "Nuestro Señor", "Padre de todos los hombres",
etc.
La cualidad de hombre libre, exigida al profano para
iniciarlo o al masón para considerarlo como hermano, es de gran interés.
Anderson no deja de llamar Francmasones a los Free Masons, y no queda
sino examinar en qué consiste esa freedom de los Freemasons. ¿Se trata
solamente de la franquicia económica y social que excluye a los esclavos y
siervos, y de las franquicias y privilegios de que disfrutaba la corporación de
los franc-masones frente a los gobiernos de los estados y de las
distintas regiones donde ejercía su actividad? ¿O esa denominación de masones
francos o liberados ha de tomarse en otro sentido, el de personas que no son
esclavas de los prejuicios ni de los credos, libertad que sería inútil sacar a
la luz? Si esto era así, resultaría vano querer buscar las pruebas
documentales, y la pregunta quedaría pendiente.
Sin embargo puede aportarse una aclaración gracias a un
documento de 1509 cuya existencia o cuya importancia no ha sido, al parecer,
subrayada hasta el presente. Se trata de una carta escrita el 4 de febrero de
1509 a Cornelius Agrippa por su amigo italiano, Landolfo, para recomendarle un
iniciado. Landolfo le escribe[xi]: "Es alemán como tú,
originario de Nuremberg, pero que vive en Lyon. Investigador curioso en los
arcanos de la naturaleza, es un hombre libre, completamente
independiente de los demás, que desea, a causa de la reputación que posees
ya, explorar también tu abismo... Lánzalo pues para probarlo al espacio; y
llevado en las alas de Mercurio vuela de las regiones del Austro a las del
Aquilón, toma también el cetro de Júpiter; y si nuestro neófito quiere jurar
nuestros estatutos, asócialo a nuestra fraternidad". Se trataba de una
asociación secreta hermética creada por Agrippa, y hay una evidente analogía
entre la prueba del espacio que debe afrontar el iniciado y las terribles
pruebas y viajes simbólicos de la iniciación masónica, incluso si la prueba,
aquí, se hace en las alas de Hermes.
Hermes Psicopompo, el padre de los filósofos según la
tradición hermética, es el guía de las almas en el más allá clásico y en los
misterios iniciáticos. También en esta carta, se notifica la cualidad de hombre
libre, en tanto que suficiente para abrir al profano la puerta del templo al
que llama; también aquí, se manifiesta en substancia el principio de la
libertad de conciencia y al par la tolerancia. Ambas tradiciones paralelas,
hermética y masónica, ponen idéntica condición al profano a iniciar: la de ser
un hombre libre; de lo que puede presumirse que ella no se refería a las
franquicias particulares de las corporaciones de oficio, que por otra parte
hubiese estado fuera de lugar pedir a los accepted Masons que no eran
albañiles de profesión sino francmasones.
El carácter fundamental de las Constituciones de
Anderson reside pues en el principio de la libertad de conciencia y de
tolerancia, que permite también a los no cristianos pertenecer a la Orden. En
las Constituciones de Anderson la Francmasonería conserva su carácter
universal, no está subordinada a ningún credo filosófico particular ni a
ninguna secta religiosa, y no manifiesta ninguna inclinación por trabajos de
orden social o político; puede que este carácter a-confesional y libre haya
inspirado igualmente a la Masonería anterior a 1717 y que Anderson no haya
hecho más que ratificarlo en las Constituciones.
Al implantarse en América y en el continente europeo, la
Francmasonería conservó en general su carácter universal de tolerancia religiosa
y filosófica y permaneció ajena a todo movimiento político y social, incluso
acentuando a veces, como en Alemania, su interés por el hermetismo. Alrededor
de 1740, comenzaron a multiplicarse los nuevos ritos y los altos grados, pero
conservando cuidadosamente los rituales y el rito de los tres primeros grados,
los de la verdadera francmasonería, llamada igualmente masonería simbólica o
azul.
Los rituales de estos altos grados son en ocasiones un desarrollo
de la leyenda de Hiram, o se relacionan con los Rosacruces, el hermetismo, los
Templarios, el gnosticismo, los cátaros..., y no tienen ya un auténtico
carácter masónico; desde el punto de vista de la iniciación masónica, son
absolutamente superfluos. La Francmasonería está completa en los tres primeros
grados, reconocidos por todos los ritos, y sobre los cuales se basan los altos
grados y las logias superiores de los diferentes ritos. El compañero
francmasón, una vez que ha llegado a maestro, ha acabado simbólicamente su gran
obra. Los altos grados sólo podrían tener una función verdaderamente masónica
si contribuyesen a una interpretación correcta de la tradición masónica y a una
comprensión y aplicación más inteligente del rito, es decir del arte real.
Desde luego esto no significa que haya que abolir los
altos grados, ya que los hermanos que con ellos están decorados son libres, y
que quienes gustan de reunirse en ritos y cuerpos para efectuar trabajos que no
se oponen a las obras masónicas deben tener la libertad de hacerlo. Sin
embargo, desde el punto de vista estrictamente masónico, su pertenencia a otros
ritos y a otras logias superiores no los pone por encima de los maestros que no
experimentan otra necesidad que efectuar el trabajo de la masonería universal
de los tres primeros grados. Además, es evidente que ritos distintos como el de
Swedenborg, los Escoceses, los de la Estricta Observancia, de Memphis..., al
ser diferentes, ya no son universales, o no lo son más que en la medida en que
se basan sobre los tres primeros grados. Olvidarlo o intentar desnaturalizar el
carácter universal, libre y tolerante de la Francmasonería, para imponer a los
hermanos de las Logias puntos de vista u objetivos particulares, sería ir
contra el espíritu de la tradición masónica y contra la letra de las Constituciones
de la Fraternidad.
Es en Francia donde aparece la primera alteración, al
mismo tiempo que la floración de los altos grados. La efervescencia de las
ideas en esa época, el movimiento de la Enciclopedia, repercuten en la
Francmasonería que se difunde amplia y rápidamente; y por primera vez, el
interés de la Orden se dirige hacia y se concentra en las cuestiones políticas
y sociales. Afirmar que la revolución francesa sea obra de la Francmasonería nos
parece cuando menos exagerado; por contra es innegable que la Francmasonería
sufrió en Francia, y hubiera sido difícil que ello no se produjese, la
influencia del gran movimiento profano que condujo a la revolución y culminó en
el imperio. La Francmasonería francesa devino entonces y siguió siendo desde
ese momento una masonería comprometida e interesada en las cuestiones políticas
y sociales; algunos quisieron considerarla como "tradicional" cuando
a lo sumo representa la tradición masónica francesa, bien distinta de la
antigua tradición.
Esta desviación y este compromiso es la causa principal,
si no la única, de la oposición que seguidamente nació entre la masonería
anglosajona y la francesa; en Italia, creó las disensiones de estos últimos
cincuenta años, que tuvieron como consecuencia su desunión y el debilitamiento
ante los ataques y la persecución de los jesuitas y los fascistas. Sea como
fuere, incluso los hermanos que siguen la tradición masónica francesa no han
olvidado el principio de tolerancia, y en las logias masónicas italianas, mucho
antes de la persecución fascista, había hermanos de todas las creencias
religiosas y de todos los partidos políticos, comprendidos católicos y
monárquicos.
Hay que recordar también que en el período previo a la
revolución francesa, no todos los masones olvidaron la verdadera naturaleza de
la Francmasonería, aun cuando quedaran desorientados por la pléyade de ritos
diversos y opuestos. En el Convento de los Philalèthes se reunieron
masones de todos los ritos, animados todos ellos por el mismo deseo de
restablecer la unidad. Sólo Cagliostro, que había fundado el rito de la
Masonería Egipcia que únicamente constaba de tres grados, y estaba
exclusivamente dedicada a la obra de edificación espiritual, se negó a participar
en este Convento por razones que sería demasiado largo exponer.
La influencia masónica francesa se afirmó también en
Italia, después de la revolución y durante el imperio. Aún hoy, la presencia de
ciertos términos técnicos en los "trabajos" masónicos, como el
"mallete" del Venerable (traducido al italiano literalmente por
"maglietto") así como otros términos (louveton,
traducción fonético-semántica de Lufton, hijo de Gabaón, nombre genérico del
masón según los primeros rituales ingleses y franceses) son prueba de ello. La
francmasonería francesa y la italiana tuvieron estrechas relaciones durante
todo el último siglo, y a veces una actitud revolucionaria, republicana, pero
también materialista y positivista que seguía la moda filosófica de la época.
No se puede decir sin embargo que la francmasonería
italiana se convirtiera en una francmasonería materialista, pues si bien fue
siempre tolerante ante todas las opiniones, no por ello dejó de venerar, y muy
particularmente, a un gran espíritu como Giuseppe Mazzini y a grandes
francmasones como Garibaldi, Bovio, Carducci, Filopanti, Pascoli, Domizio
Torrigiani, y Giovanni Amendola, todos idealistas y espiritualistas.[xii] Fue el salvajismo
furioso y el vandalismo de los gamberros fascistas lo que devastó nuestros
templos, nuestras bibliotecas y rompió los bustos de Mazzini y Garibaldi que
decoraban nuestras sedes.
Por otra parte hay que reconocer que si la francmasonería
inglesa ha conservado siempre un carácter espiritualista y nunca se le ha
ocurrido negar la existencia del Gran Arquitecto del Universo, a menudo ha
estado tentada, y todavía lo está, de conferir un cierto tono cristiano a su
espiritualismo, alejándose de esa manera del espíritu de imparcialidad absoluta
y no confesional de las Constituciones de Anderson. No se puede negar
que el hecho de obligar a prestar juramento sobre el Evangelio de San Juan no
es una prueba de tolerancia ante profanos y hermanos agnósticos o paganos,
judíos o libre pensadores, que no tienen una especial simpatía por el Evangelio
de San Juan y lo ignoran todo de la tradición joánica. La intolerancia se
acentúa con la mala costumbre de infligir la lectura y el comentario de los
versículos del Evangelio durante los trabajos de la Logia. Si este hábito
criticable adquiere importancia, terminará por reducir los trabajos de la Logia
a un simple servicio religioso cuáquero o puritano, a una especie de
"rosario" o de "vísperas" fastidiosos, inútiles e
insoportables para la libre conciencia de tantos hermanos que, en Inglaterra y
en América, ni van a misa, ni aceptan la infalibilidad del papa, como tampoco
la autoridad de la Biblia. ¿Es necesario crear malestar e irritación en
nuestras columnas sin una contrapartida apreciable? ¿Puede creerse que por esos
medios se convertirá a los demás a las propias creencias y que de esa manera se
contendrá al agnosticismo inglés y americano?
Estas consideraciones exhortan a conservar el carácter
universal de la Franc-Masonería por encima de los credos religiosos y
filosóficos y de los compromisos políticos. Lo que no significa que haya que
ignorar la política. En efecto, hay que protegerse de ella. La intolerancia no
puede dejar el campo a la tolerancia y la tolerancia lo puede tolerar todo
excepto la intolerancia deliberadamente hostil. Desde el momento que
aparecieron las Constituciones de Anderson con su principio de libertad
y de tolerancia, la Iglesia católica excomulgó a la Francmasonería, culpable
precisamente de tolerancia; y el encarnizamiento contra la Francmasonería ya
nunca sería desmentido. En Italia, la persecución de la Francmasonería durante
estos últimos veinte años fue comenzada y sostenida por los jesuitas y los
nacionalistas[xiii]; en cuanto a los
fascistas, para ganarse el favor de estos señores, no vacilaron en provocar la
aversión del mundo civilizado respecto a Italia por su vandalismo en contra de
la Francmasonería.
Los jesuitas han perdido esta guerra; pero la lepra de la
intolerancia se propaga siempre, reviste nuevas formas y es necesario
protegerse de ella. Por otra parte, llega la hora, si no nos equivocamos, de
difundir la Francmasonería por toda la Tierra y establecer una fraternidad
entre los hombres de todas las razas, civilizaciones y religiones; para llevar
a bien esta tarea, es necesario que la Francmasonería no asuma una fisionomía y
un tono que no pertenecen más que a una minoría hacia la cual las grandes
civilizaciones orientales, China, India, Japón, Malasia, el mundo del Islam, se
han mostrado refractarias. La cosa es posible mientras la Francmasonería no se
circunscriba a una creencia cualquiera y permanezca fiel a su patrimonio
espiritual, que no consiste ni en una fe codificada, un credo religioso o
filosófico, un conjunto de postulados o de prejuicios ideológicos y moralistas,
ni en un bagaje doctrinal considerado detentador y portador de la verdad a la
cual convertir a los no creyentes.
Hay que pensar que, aun si la verdadera religión y la
verdadera filosofía existen, es una ilusión creer que se las puede conquistar o
comunicar mediante una conversión, una confesión o el recitado de ciertas
fórmulas, porque cada cual entiende las palabras de estos credos y fórmulas a
su manera, de acuerdo a su civilización y su inteligencia; y en el fondo, no
son, como decía Hamlet, sino "words, words, words".
Mientras no se reflexiona en ello, se tiene la ilusión de
que esas palabras se comprenden de igual manera; tan pronto como se empieza a
razonar, surgen sectas y herejías, cada una persuadida de que detenta la
verdad. La sabiduría no puede ya ser comprendida racionalmente, ni expresada,
ni comunicada; es una visión, una vidya, esencial y necesariamente
indeterminada, incierta; y, cuando los ojos se abren a la luz con el nacimiento
a la nueva vida, se aproxima uno a esa visión. El arte masónico o arte real es
el arte de trabajar la piedra bruta para hacer posible la transmutación humana
y la percepción gradual de la luz iniciática. Lo que no significa,
naturalmente, que la Francmasonería tenga el monopolio del arte real.
En el transcurso de los dos últimos siglos la mayor parte
de los enemigos de la Francmasonería han recurrido sistemática y únicamente a
la injuria y a la calumnia, apoyándose en sentimientos moralistas y
patrióticos. Se ha afirmado así que los trabajos masónicos consistían en orgías
abominables, y con ese fin se han desviado los rituales, se han desvelado las
ceremonias masónicas poniéndolas en ridículo, se ha acusado a los masones de
traicionar a su patria a causa del carácter internacional de la Orden, se ha
afirmado que la Francmasonería no es otra cosa que el instrumento de los
judíos, siempre para engañar y alzar a los creyentes y al público en general en
contra de la "Sociedad Secreta".
Los francmasones, naturalmente, sabían muy bien que no se
trataba más que de calumnias; y, como nada conseguía convencerles, se ha
pensado en suprimirlos o en quitarles la posibilidad de reunirse para trabajar,
o de responder y defenderse. Recientemente, un escritor católico[xiv] ha publicado un estudio
histórico sobre "la Tradición Secreta"; conducido con
competencia y habilidad, las habituales y acostumbradas calumnias destinadas a
impresionar a los profanos han sido hábilmente reemplazadas en él por una
crítica insidiosa, destinada a impresionar al lector culto y al espíritu de
nuestros hermanos.
Esta crítica afirma que el fondo de la tradición secreta
no contiene sino el vacío absoluto (pág. 139) y concluye afirmando que "la
Escuela Iniciática o por medio de ella la Tradición Secreta no ha enseñado
absolutamente nada a la humanidad" (pág. 155). No se comprende muy bien
entonces cómo puede afirmarse igualmente que este vacío absoluto, "esta
tradición secreta coincide (pág. 141), aún cuando a menudo sea de una manera
corrompida, con las doctrinas gnósticas", pero no pretendamos demasiado.
La Francmasonería es pues, según el autor, una esfinge sin secreto dado que no
enseña ninguna doctrina; de ese modo el lector se ve llevado a concluir que al
estar desprovista de contenido, la Masonería no tiene ningún valor.
En las páginas que preceden hemos mostrado que la
Francmasonería no enseña ninguna doctrina y no debe enseñarla,
subrayando que esta actitud es uno de sus méritos. Ahora bien, para llegar a
concluir que la Tradición secreta contiene el vacío al no contener una
doctrina, hay que creer que solamente una doctrina puede ocupar el vacío. En la
página 153, el autor afirma todavía: "el sistema iniciático supone que el
hombre pueda llegar a comprender por un esfuerzo de la inteligencia los
problemas inexplicados del cosmos y del más allá"; en la página 152
escribe: "la Iglesia católica opone a las vanas elucubraciones de los que
se autodenominan iniciados, la fuerza intangible de su dogma que debe ser único
porque no pueden existir dos verdades" y que el sistema iniciático es
incompatible con el cristianismo.
A estas afirmaciones respondemos que ignoramos la
existencia de un sistema iniciático, que no conocemos iniciados que hagan
suposiciones, y aún menos que se hagan ilusiones sobre la posibilidad de
resolver por medio de su inteligencia o de elucubraciones los problemas
inexplicados; pero nos es imposible admitir que la fe en un dogma pueda
constituir un conocimiento, pues saber no es creer. De hecho comprendemos que
la verdad es necesariamente inefable e indecible; dejamos a los profanos la
consoladora e ingenua ilusión de creer que es posible formular de alguna manera
esta verdad y este conocimiento en credos, fórmulas, doctrinas, sistemas y
teorías. Además, hasta Jesús sabía que sus parábolas no eran más que parábolas;
pero decía también a sus discípulos que a ellos "les era dado
entender el misterio del reino de los cielos".
Evidentemente sola fides sufficit ad firmandum cor
sincerum, pero non sufficit para entender los misterios. Lo que es
igualmente válido para el simple razonamiento. Con esto no queremos disminuir
de ninguna manera el valor de la fe y del razonamiento; la fe sola conduce al
desespero filosófico; y ambos son un poco como el tabaco y el café: dos venenos
que se compensan; pero desde luego no basta con fumar en pipa y degustar un café
para elevarse al conocimiento. Al conocimiento multi vocati sunt, pero
no todos; y, entre estos muchos, pauci electi sunt; según la Iglesia
católica, por el contrario es suficiente con tener fe en el Dogma, y el
conocimiento y el paraíso están al alcance de todos los bolsillos a precios
realmente insuperables.
Resumamos: No existe una doctrina masónica secreta[xv]; pero existe un arte
secreto, llamado arte real o más sencillamente Arte; es el arte de la
edificación espiritual al que corresponde la arquitectura sagrada. Los
instrumentos masónicos tienen pues un sentido figurado en la obra de la
transmutación, y al secreto del arte real corresponde el secreto arquitectónico
de los constructores de las grandes catedrales medievales. Es natural que los
francmasones veneren al Gran Arquitecto del Universo, incluso aunque no se
defina lo que hay que entender por esta fórmula.
En la arquitectura antigua, especialmente en la
arquitectura sagrada, las cuestiones de relación y proporción tenían una
importancia capital; la arquitectura clásica reglaba la proporción de las
diferentes partes de un edificio, y en particular de los templos, basándose en
un módulo secreto al cual alude Vitruvio; existe toda una literatura
referida a la arquitectura egipcia y sobre todo a la pirámide de Kéops, que
ilustra su carácter matemático; e incluso procediendo con la mayor
circunspección, es cierto, por ejemplo, que esta pirámide se encuentra
exactamente a 30° de latitud para formar con el centro de la tierra y el polo
Norte un triángulo equilátero; es cierto que está perfectamente orientada y que
la cara vuelta hacia el septentrión es exactamente perpendicular al eje de
rotación terrestre, en función de la posición que éste tenía en la época de su
construcción. En cuanto a los constructores de la Edad Media, no les guiaban
solamente unos criterios estéticos; se preocupaban de la orientación de la
iglesia, del número de naves, etc.; el arte de los constructores estaba en
relación con la ciencia de la geometría.
La escuadra y el compás son los dos símbolos de oficio
fundamentales en el arte masónico; y la regla y el compás los dos instrumentos
fundamentales en la geometría elemental. La Biblia afirma que Dios ha hecho omnia
in numero, pondere et mensura; los pitagóricos han creado la palabra cosmos
para indicar la belleza del universo en el que reconocían una unidad, un orden,
una armonía, una proporción; y entre las cuatro ciencias liberales del
cuadrivio pitagórico, la aritmética, la geometría, la música y la esférica, la
primera estaba en la base de todas las demás. Dante comparaba el cielo del Sol
con la aritmética porque "como de la luz del Sol todas las estrellas se
iluminan, así de la luz de la aritmética se iluminan todas las ciencias" y
al igual "que el ojo no puede mirar al sol, así el ojo del intelecto no
puede mirar el número que es infinito"[xvi].
Sin entrar en la crítica de este pasaje, no deja de
quedar establecida la posición que ocupa la Aritmética según Dante. Por otra
parte tanto la Biblia como la arquitectura aconsejaban considerar los números.
Hoy en día, aún negándose a reconocer en el cosmos una unidad, un orden, una
armonía, una ley, y no aceptando más que el determinismo limitado por la ley de
las probabilidades, la física moderna sigue reduciéndose a considerar los números
y las relaciones numéricas; de hecho no quedan sino ellos, y tanto Einstein
como Bertrand Russell han constatado y reconocido que la ciencia moderna volvía
al pitagorismo.
Así pues no hay nada sorprendente en que los francmasones
hayan identificado al arte arquitectónico con la geometría y hayan dado al
conocimiento de los números una tal importancia que ella justifica su
pretensión tradicional de ser los únicos en conocer los "números
sagrados".
Pero aún hemos de hacer algunas observaciones. La geometría
en su parte métrica, es decir en las medidas, exige el conocimiento de la
aritmética; ahora bien, antiguamente la acepción de la palabra geometría era
menos específica que hoy, y geometría significaba genéricamente toda la
matemática; así la identificación del arte real con la geometría, tradicional
en la Francmasonería, no se refiere a la geometría tomada en su sentido
moderno, sino también a la aritmética. Además, debemos observar que la relación
entre geometría, arte real de la arquitectura y edificación espiritual es la
misma que inspira la máxima platónica: "Que nadie entre aquí si no es
geómetra". Máxima de una atribución algo dudosa, pues no es referida más
que por un comentarista bastante tardío; pero en obras que indiscutiblemente
son de Platón podemos leer: "...la geometría es un método para dirigir al
alma hacia el ser eterno, una escuela preparatoria para un espíritu científico,
capaz de volver las actividades del alma hacia las cosas suprahumanas",
[...] "incluso es imposible llegar a una verdadera fe en Dios si no se
conoce la matemática, la astronomía y la íntima unión de esta última con la
música"[xvii].
Esta concepción y actitud de Platón serán las de la
Escuela Itálica o pitagórica, que ejerció sobre él una gran influencia, lo que
permite decir cuando se quiere sostener que la Masonería se ha inspirado en
Platón, que en último análisis, se vuelve siempre a la geometría y la
aritmética de los pitagóricos. El vínculo entre la Francmasonería y la Orden
pitagórica, sin que se trate de una derivación histórica ininterrumpida, sino
solamente de una filiación espiritual, es seguro y manifiesto.
El Arcipreste Domenico Angherà en el prefacio que
escribió para la reedición de los Estatutos generales de la Sociedad de los
Francmasones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (1874), que ya habían sido
publicados en Nápoles en 1820, afirma categóricamente que la Orden Masónica es
idéntica a la Orden pitagórica; pero incluso sin ir tan lejos, la afinidad
entre ambas órdenes es cierta. El arte geométrico de la Francmasonería, en
particular, proviene directa o indirectamente de la geometría y la aritmética
pitagóricas; y no es anterior, porque los pitagóricos fueron los creadores de
estas ciencias liberales, según lo que puede deducirse históricamente y a partir
de los testimonios de Proclo. "Aparte de algunas propiedades geométricas
atribuidas, sin duda equivocadamente, a Tales, la geometría, dice Paul Tannery,
brotó completa del cerebro de Pitágoras al igual que Minerva saltó enteramente
armada del de Júpiter; y los Pitagóricos fueron los primeros en estudiar la
aritmética y los números".
Para estudiar las propiedades de los números sagrados de
los Francmasones y su función en la Francmasonería, la vía que se ofrece por
ella misma es pues la del estudio de la antigua aritmética pitagórica; y el
estudiarla tanto desde el punto de vista aritmético ordinario como del de la
aritmética simbólica o formal, como la llama Pico de la Mirándola,
correspondiente al cometido filosófico y espiritual que Platón asigna a la geometría.
Ambos sentidos se encuentran estrechamente ligados en el desarrollo de la
aritmética pitagórica. La comprensión de los números pitagóricos facilitará la
de los números sagrados de la Masonería.

[i] Libertà va cercando ch’è si cara
Come sa chi per lei vita rifiuta.. (Dante, Purgatorio. I,
71-72.)
[ii] Hutchinson,
Spirit of Masonry; Preston, Illustrations of Masonry; G. De
Castro, Mondo segreto, IV, 91; A. Reghini, Noterelle iniziatiche,
Sull’origine del simbolismo, en Rassegna Massonica, junio-julio
1923.
[iii] The
Grand Mystery of Free-masons discovered wherein are the several questions put
to them at their Meetings and installation, Londres 1724.
[iv] Virgilio, Bucólicas, Égloga VIII.
[v] Máximo de Tiro, Discours philosophiques, traducción Formey, Leyden, 1764: Discurso XI, pág. 173.
[vi] Cf.
Oswald Wirth, Le Livre du Maître, 1923, pág. 7.
[vii] Johannes Daniel Mylius, Basilica Philosophica, Francfort, 1618.
[viii] Cf. Pietro Negri [= A. Reghini], Un codice plumbeo alchemico italiano, en UR, números 9 y 10, 1927.
[ix] Cf. A. Reghini, Le parole sacre e di passo ed il massimo mistero massonico, Todi 1922.
[x] O. Wirth expresa categóricamente esta opinión, cf. Le Livre du Maître, pág. 189.
[xi] Cornelius Agrippa, Cartas. Cf. también la monografía de A. Reghini, prefacio de la versión italiana de la Filosofía Oculta de Agrippa.
[xii] Giuseppe Mazzini (1805-1872), fundador de la "Joven Italia" (sociedad secreta que trabajaba para el establecimiento de la república en Italia). Giuseppe Garibaldi (1807-1882), patriota italiano que luchó para liberar a Italia del dominio austríaco, de los Borbones (reino de las Dos Sicilias) y finalmente del papado. Giovanni Bovio (1841-1903) filósofo y hombre político radical de izquierdas. Giosue Carducci (1835-1907) poeta. Quirico Filopanti (1812-1894) patriota y universitario. Giovanni Pascoli (1855-1912) poeta. Domizio Torrigiani (1879-1932). Giovanni Amendola (1882-1926) hombre político, filósofo fundador del Movimiento Unión Democrática Nacional.
[xiii] Cf. los artículos de Emilio Bodrero en Civiltà cattolica, órgano de la Compañía de Jesús, y en Roma Fascista, periódico; cf. también Ignis y Rassegna Massonica, año 1925.
[xiv] Cf. Raffaele Del Castillo, La tradizione segreta, Milán 1941.
[xv] O. Wirth ya había dicho la misma cosa en 1941:
"Como el método iniciático se niega a inculcar nada que fuere, apenas es
admisible que se haya enseñado una doctrina positiva en el seno de los
Misterios", en el Livre du Maître, pág. 119.
Del Castillo sostiene por el contrario –y
sin ninguna prueba– que la Masonería ha pretendido enseñar una doctrina
secreta, y constata que no se encuentra traza de esta doctrina positiva. En
lugar de reconocer que su punto de vista no es defendible, acusa a la Masonería
de ser redundante e incapaz. O vos qui cum Jesu itis, non ite cum Jesuitis..
[xvi] "come del lume del Sole tutte le stelle si alluminano, così del lume dell’aritmetica tutte le scienze si alluminano [...] che l’occhio dell’intelletto non può mirare [...] il numero [...] è infinito". Dante, El Banquete, II, XIII, 15 y 19.
[xvii] Gino Loria, Le scienze esatte nell’antica Grecia, 2ª edición, Milán 1914, pág. 110.