
Or.·. de Panamá Agosto 2005 e.·. v.·.
Plancha presentada por el M∴ R∴ H∴ Jorge A. Vallejos, Ex Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de
Libres y Aceptados Masones, en ocasión de celebrarse la XXXVIII Asamblea
de la Confederación Masónica Centroamericana, la XIII Asamblea de la
Confederación Masónica Bolivariana y el IX Congreso Masónico Nacional de la
Gran Logia de Panamá.
MASONERÍA Y POLÍTICA

I
Quiero comenzar mi exposición agradeciendo a todos ustedes -y en especial al
M.·. R.·. H.·. Enrique Lau Cortes- la invitación que me formularan para hacer
uso de la palabra en este importante encuentro masónico. A lo largo de mi
gestión como Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados
Masones, en el período 1999-2005, he aprendido a valorar reuniones como ésta,
en las cuales, además de abocarnos a temas masónicos específicos y al
tratamiento de propuestas para el ámbito profano, la proximidad intelectual y
física nos permite conocernos y confraternizar en el ambiente de respeto y
cordialidad que nos distingue. En todo caso, como lo afirmara un masón
argentino en el primer año del siglo XX, somos conscientes de encarnar "la
voluntad de un pensamiento permanente, como el de la masonería, que si no
consigue hoy, ni mañana el triunfo de sus ideales, los transmite íntegros a la
generación siguiente, porque somos los obreros efímeros de una obra de
paciencia eterna". Y afortunadamente, en cada oportunidad en que tenemos
el placer de encontrarnos e intercambiar nuestras respectivas experiencias,
somos testigos de los cambios que, en el ínterin, se han producido en el plano
de las realidades sociopolíticas y a las que los masones no somos ajenos.
Tenemos clara conciencia por cierto, del factor fundamental que nos une bajo nuestras
banderas de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La progresiva realización de un
hombre libre y digno, librepensador y tolerante, solidario en lo social y
democrático en lo político, defensor de los derechos humanos y factor de cambio
en su vida de relación, encuentra en la Masonería, en sus tradiciones y
rituales, en el ejercicio de la fraternidad y el respeto mutuo, el campo
apropiado para su plena realización.
En realidad, la condición de masón adquiere hoy más que nunca -en un mundo que
adolece de valores- el carácter de una cruzada por la reconstrucción de la vida
social sobre la base cierta de un nuevo paradigma. No vivimos el mundo que
soñamos, y precisamente por eso cabe preguntarnos sobre algunas de las razones
que han llevado a ello y bosquejar, si es posible, caminos de superación que
los masones podamos transitar.
II
Diríamos entonces, como se ha señalado ya en reuniones anteriores de la Confederación
Masónica Interamericana, que por diversas razones se ha producido un desfasaje
esencial entre el desarrollo científico-tecnológico y el marco ético y moral
que lo contiene. En la explicitación del Nuevo Humanismo que la Gran Logia de
la Argentina ha levantado como bandera hace ya varios años, hemos enfatizado el
desencuentro entre las disponibilidades materiales y las responsabilidades
sociales en el usufructo de los bienes producidos. Contrariando pronósticos y
promesas, la mayor abundancia de bienes no sólo no ha beneficiado al conjunto
de las personas, sino que ha determinado el brutal empobrecimiento de muy
amplios sectores de la sociedad.
Pocos meses atrás, el japonés Koichiro Matsuura, director general de la UNESCO,
refiriéndose al orden mundial nos decía que "cada sociedad enfrenta los
retos de transformarse en una sociedad del aprendizaje. La educación básica es
la fuerza motriz de este proceso y debe movilizar a la sociedad. Los 113
millones de niños sin acceso a la enseñanza primaria y los 875 millones de
adultos analfabetos evidencian el tamaño y la complejidad del problema".
Es claro que estos datos involucran a los países de América Latina, por lo que
es pertinente citar otra frase del discurso del mismo funcionario. Decía éste:
"La UNESCO recomienda destinar el 6% del presupuesto nacional a la
educación y los países pobres no destinan ni el 2%. Los japoneses (escuchemos
esto) le destinaron el 33% en el período de post-guerra y hemos visto -dice
Matsuura- lo que eso significó para el crecimiento del país".
No escapa a nosotros que la educación y la capacitación técnica están en la base
del crecimiento económico, pero tampoco ignoramos que este crecimiento sólo se
convierte en desarrollo cuando está acompañado de una sostenida política de
equidad en la distribución de los ingresos. En el caso concreto de nuestra
región, las finalidades sociales del desarrollo se desdibujaron en la década de
los 90, a punto tal que ni el más ardoroso defensor de esa ortodoxia podría
decir hoy que sus resultados han concluido con un mundo más justo y más seguro Fracasada
la teoría del derrame, por la cual el puro crecimiento material redundaría en
beneficio del conjunto, las consecuencias dolorosamente visibles muestran un
mundo más injusto aún que en el pasado, cubierto de miserias culturales, pero
también y sobre todo de desocupados, marginados, excluidos y enfermos, sin
horizontes posibles de superación.
Como una cruel paradoja y en términos absolutamente concretos, en algunos casos
hasta es posible hablar de países "desdesarrollados", aquellos que
han involucionado de modo radical con respecto a su propio pasado. El
presidente de la República Federativa del Brasil ha dicho recientemente, en
opinión que compartimos, que "sólo habrá paz en el siglo XXI si hay
reconciliación entre el equilibrio macroeconómico y la justicia social".
Dicho de otro modo, cambiar el sesgo regresivo y discriminatorio de la
distribución de los ingresos. Cierto es
que no todas las situaciones nacionales en la región son idénticas y se podría
argumentar que en tales y cuales casos se han producido avances positivos en
algunas áreas del quehacer político o económico. De esto no tenemos dudas. Sin
embargo, es indiscutible que la región como tal sufre la mayor inequidad
distributiva en el orden mundial, que las corrupciones estructurales y las
ineficiencias operativas castigan a los estados nacionales, que el narcotráfico
y las violencias urbanas y rurales están presentes en el día a día, que la
debilidad de las políticas integracionistas y las gigantescas deudas monetarias
internas y externas condicionan el futuro de los pueblos, y que, en conjunto,
tales causas conforman una explosiva mezcla de factores desestabilizantes para
el proceso democrático regional.
Deben creernos QQ∴ HH∴, si les decimos que no ha sido nuestra intención agobiarlos
con datos y citas que, por supuesto, ustedes conocen tan bien como nosotros. En
realidad, el interés subyacente radica en abordar sobre bases ciertas,
concretas, irrefutables, el accionar de la masonería y los masones como
factores imprescindibles del cambio social. Y para ser actores de ese cambio,
atento a que la sociedad no puede prescindir del pensamiento y la acción
masónica en su devenir, es necesario acercarse al campo específico de la
política.
III
Veamos en cuatro puntos las definiciones sobre las que afirmamos nuestra visión
del problema.
1.
Desde nosotros
mismos cabe distinguir dos campos de actuación política. Uno superior y
doctrinario para la institución masónica como tal; otro contingente individual
para cada masón en la realización de su vida personal.
2.
Los principios
políticos básicos de la democracia han sido siempre bandera de la Masonería
Universal. Es nuestra misión hoy, cuando son Patrimonio de la Humanidad, no
abandonarlos a prácticas e instrumentaciones inmorales que degraden o
tergiversen su sentido último.
3.
Ergo, debemos
asumir la responsabilidad del quehacer político, a la luz, por supuesto, de las
nuevas condiciones histórico sociales.
4.
En esos
términos, no están en cuestión los Antiguos Linderos ni los Principios
Filosóficos de la Orden. Por el contrario, se complementan y realizan en el
único mundo en el que pueden ser.
Hagamos
ahora una aclaración que nos parece pertinente. Hay HH∴ que pretenden hacer de la Orden un partido político y hay otros que la
entienden como una cofradía religiosa. En ambos casos, lo que prima es una interpretación
sectaria y excluyente, por sobre la pluralidad y la inclusión masónicas.
Nuestra opinión del quehacer político es otra, y está basada en las responsabilidades
sociales de los hombres que labran su perfil personal en los principios de la
Orden y que asumen éstos con una profunda vocación de servicio al bien común.
No es posible mantener cerrados los ojos y el corazón a las crecientes miserias
del mundo que nos rodea, ni tampoco a la necesidad de ser factores centrales en
el proceso del desarrollo equilibrado de la ciencia y la moral.
Y por ello, por la complejidad del desafío, ratificamos nuestra apuesta por la
democracia como sistema idóneo para la representación del interés popular,
atendiendo a que el concepto conlleva, en nuestra opinión, una evidente carga
de valor.
Para los masones, la reivindicación de la democracia implica reconocer su carácter
perfectible, es decir, vivirla como un proceso de realización permanente,
cotidiana, intransferible, de cada ciudadano, en todos los aspectos de su vida
personal y social. Es obvio que una sociedad que asuma como propios y en
consecuencia legalice los procedimientos formales de la democracia electoral,
tendrá gobiernos y gobernantes elegidos por el voto popular. Es útil, sin embargo, recordar que
tremendas dictaduras se han establecido a partir del voto masivo
"libremente" emitido.
Aceptado esto, aparece clara la necesidad de transformar los sistemas participativos
que están en la base de la democracia y, sobre todo, elevar el nivel educativo
y moral de los ciudadanos. Con razón ha dicho en fecha reciente un politólogo
argentino que, en realidad, cabe ".percatarse de que probablemente los
regímenes democráticos se encuentran ante nuevos desafíos que no pueden ser
sobrellevados con respuestas convencionales".
IV
¿Siendo la democracia el instrumento de la voluntad popular y opuesta, por lo
menos teóricamente, a formas dictatoriales o totalitarias de gobierno, implica
la opción masónica por ella una forma de hacer política? Nuestra respuesta es
claramente afirmativa, en tanto reconocemos que la política es el campo en que
por acción u omisión, como individuos o en grupos, los hombres participan
fatalmente en la construcción de su destino. A partir de esta premisa, y con
sobrados títulos por cierto, la orden masónica ha reclamado para sí el mérito
de haber sido factor principal en el proceso de modernización y secularización
que alumbró a la democracia en el mundo occidental. Sus principios y doctrinas
constituyeron el sustrato sobre el cual se elevó el mundo moderno; sería
insensato alejarnos hoy de los desarrollos que las sociedades produjeron en su
curso histórico, cuando nuestras ideas están en los cimientos fundacionales de
las mismas.
Por nuestra parte, en nuestro V Congreso realizado en 1995, dijimos que
"la Masonería no está en el mundo sólo para conservar el pasado sino para construir
el futuro", y una vez más ratificamos ese aserto de los masones argentinos,
con más fuerza hoy en que la anomia que nos invade exige de nosotros un
decidido involucramiento en las políticas de cambio, no sólo como expresión de
compromiso personal en la acción política, sino como generadores de opciones
morales para las futuras generaciones.
Como surge de lo expuesto, no existe contrasentido alguno entre la "neutralidad"
política de la institución masónica y el accionar político de sus miembros. En
primer lugar, por cuanto la institución no es neutral políticamente desde que
sostiene principios y valores que, así como hacen mérito de la dignidad de la
persona, abominan del autoritarismo, las dictaduras, la discriminación y la
injusticia. En segundo término, la presencia política de los masones busca
alcanzar aquello que, tomando como medida el bien común de la sociedad, es
razonable, aunque ello no significa querer imponer una política específicamente
masónica. Ha de insistir sí, en la protección contra toda clase de religión
política o fundamentalismo, contra toda
perversión del poder y contra la cínica justificación de los medios
empleados para manipular al hombre, sea la tortura, la corrupción, las drogas,
la miseria, la desinformación o la ignorancia.
Dicho en otros términos, una es la posición superior, conceptual, doctrinaria y
filosófica de la Orden frente a la política. Otra cosa, aunque sus contenidos
teóricos surjan de aquellos, es la acción política "partidaria", es
decir, la acción independiente, libre, voluntaria y vocacional de algunos de
sus miembros. Dos planos distintos e inconfundibles, aunque convergentes en un
objetivo común.
V
Estamos persuadidos que la historia de nuestros países no tiene explicación posible
sin el reconocimiento expreso de la rotunda participación de los masones en su
desarrollo. Desde aquellos lejanos tiempos, las ideas de progreso, tolerancia,
libertad de conciencia y fraternidad, elaboradas en nuestros templos, han
contribuido centralmente a alumbrar un mundo nuevo. No sin errores, es cierto,
pero llevadas adelante lealmente, hasta con el sacrificio de las vidas de
nuestros hermanos.
Han cambiado los tiempos, pero no el marco de nuestras responsabilidades. Sin
arrogancias intelectuales, más propias de fanáticos que de libres pensadores,
debemos abocarnos con humildad a la consideración y elaboración de propuestas
concretas que, por vía de los masones, encaren la difícil realidad que antes
esbozamos.
En tal sentido, evocamos de inmediato la insuficiente dinámica de las integraciones
regionales, el tratamiento demorado y elitista de las propuestas culturales,
las asimetrías comerciales y las inapropiadas confrontaciones políticas entre
gobiernos que deberían consolidar una visión estratégica común. En todos estos
campos, y en muchos más involucrados en los mismos, la acción virtuosa de los
masones debe hacerse presente para dinamizar y transparentar los
comportamientos de las clases dirigentes, rechazando "in totum"
cualquier posibilidad de corruptelas y negociados atentatorios del bien común.
Si es cierto aquello de que "el poder corrompe y el poder absoluto
corrompe mucho más", cabe definir nuestro quehacer como orientado con
firmeza a cooperar al perfeccionamiento moral y espiritual de los individuos, y
a la vez, contribuir decididamente a la transformación progresista de la sociedad.
En estos objetivos, lealmente interpretados, encontramos los puntos de emulación
con aquellos prohombres que, en las precarias condiciones del siglo XIX, dieron
a luz las patrias que hoy nos cobijan.
De aquellos estadistas -capaces de marcar un rumbo y poner la vida en alcanzarlo-
a estos dirigentes -pequeños voceros del populismo y la demagogia- hay un mundo
de distancia.
No obstante, ni la Política ni la Democracia están en cuestión. Sí los hombres,
los procedimientos, los comportamientos morales de los mismos, el olvido
sistemático de sus obligaciones para con la sociedad, la vinculación más o
menos estrecha de muchos de ellos con la corrupción y la violencia, así como la
premeditada confusión que mantienen entre defensa de los pobres y defensa de la
pobreza.
Es en el marco de esta crisis de valores que los masones tenemos la oportunidad
y el deber de actuar, en el sentido de afirmar definitivamente la práctica de
los derechos y los deberes humanos, la superación de las flagrantes injusticias
sociales, la ratificación de la ciencia como factor del progreso, y la defensa
inclaudicable de la democracia y las instituciones del régimen republicano.
Tengamos presente que tal como lo afirmara años atrás el filósofo español José Luís
Aranguren ".quienes se consideran sin oportunidades, condenados a la
inmovilidad, a un imposible ascenso social, se inclinan, normalmente, al
disconformismo radical y, por tanto, a la repulsa de una democracia que, para
ellos, no es tal".
En el estrecho sendero que la vida nos depara, y con los objetivos citados, la
acción política de los masones es un verdadero imperativo moral.
VI
Claro está que el involucramiento de los masones en la actividad política tiene
como base dos principios de singular importancia. Por un lado la formación
masónica de los actores: nada bueno es de esperar si el prolegómeno o cuando
menos la simultaneidad en los hechos, no es una sólida formación en los
principios éticos y las enseñanzas contenidas en el simbolismo masónico. Por
ello, estamos convencidos que el masón que actúe políticamente debe estar
motivado "desde dentro" por su propia conciencia, concebida ésta y
desarrollada, como lo hacemos cotidianamente, en el ámbito de los talleres
masónicos. Es una exigencia moral intransferible que garantiza no caer en el
conformismo y la complacencia fácil, asumiendo por el contrario su
responsabilidad ética en la batalla por una sociedad mejor. En este sentido,
nos parece pertinente reiterar una vez más, como inexcusable axioma, la
importancia de la ética individual como modelo y sustento de una ética social.
De allí entonces que el segundo requerimiento exija la búsqueda de una adecuada
complementación entre lo que Max Weber definía como las éticas de la convicción
y la responsabilidad. En aquellas se juzgan las intenciones de los hechos,
generalmente la visión personal que nutre el pensamiento y la acción
individual. La ética de la responsabilidad, por el contrario, es juzgada por
sus consecuencias, es decir, por los resultados que una determinada acción
individual produce en los otros. A una ética que considera primariamente lo
personal se contrapone, en la acción política, una ética que debe atender a las
consecuencias de decisiones que obran sobre el conjunto de la sociedad.
Estamos convencidos que en el difícil encuentro de la intención y la consecuencia,
de la convicción y la responsabilidad, en ese terreno arduo y conflictivo pero
necesario, se ubica el centro del compromiso del masón en su vida pública.
Cierto es que, al exponer sobre Masonería y Política, no escapan a nosotros las
particularidades de cada una de las Obediencias Masónicas Hermanas. Más aún;
estamos persuadidos que sus determinaciones concretas sobre el particular,
cualesquiera sean, estarán siempre teñidas por la historia y las circunstancias
de momento de cada una de ellas. La consideración que hagan tanto de sus
entornos sociales y políticos, cuanto culturales, merecen nuestro absoluto
respeto, porque sólo ellas están en condiciones de aportar los elementos
conceptuales y fácticos necesarios para posicionarse, socialmente, como una
fuerza insoslayable en la construcción de los futuros nacionales.
VII
Dijimos más arriba que ni la Democracia ni la Política están en cuestión. Sin
embargo, es útil acotar que no desconocemos los riesgos que la acción política
conlleva en el plano moral. A título de ejemplo, no nos parece posible abordar
una característica principal de la política que es la eficacia, si
paralelamente no tomamos en consideración el mundo que la rodea y condiciona.
Tal como el politólogo italiano Giovanni Sartori lo definió, la política no es
un "valor" sino un "ejercicio", y por eso mismo necesita una
valoración, una actividad que la identifique, un objetivo trascendente que le
fije rumbos y la valorice como ámbito para las asociaciones virtuosas que la
distingan.
Por nuestra parte, no somos ajenos a la reflexión que esta cuestión tan importante
nos plantea. Sabemos, como masones, de la virtud y el honor. Tenemos claro la
significación de cada uno de estos conceptos, tanto en la vida personal como en
sus manifestaciones en la sociedad. Por estas razones, hemos dedicado nuestros
trabajos anuales a la reivindicación palmaria del Honor y hemos realizado
recientemente nuestro IX Congreso del Simbolismo, bajo el significativo título
de "Nuestro Legado: el Honor". Y lo hemos hecho como una consecuencia
natural de nuestra toma de posición ante la realidad. Sería criminal de nuestra
parte asumir posturas comprometidas con el quehacer político si aspiráramos al
poder por el poder mismo, justificado en manifestaciones relativistas, carentes
de un sustrato ético que lo dignifiquen ante los pueblos. Así, al abrir los
trabajos anuales y en consonancia con esto, hemos dedicado el año "a la
reflexión sobre uno de esos principios que -al haberse abandonado- produjo el
deterioro de la sociedad, de sus valores y su destino. Nos referimos al Honor,
un concepto tan antiguo como la sociedad civilizada, el cual puede resumirse
como el conjunto de actitudes que hacen digna a una persona. Digna ante sí
misma en primer lugar, y digna ante sus hijos y ante la historia en último
término. El honor es el conjuro de la indecencia y en tal sentido salvaguardia
de la recta acción. En la medida que nos apartamos de la recta acción perdemos
la dignidad y con ella el honor.
¿Por qué el Honor? El ejercicio del poder está condicionado por la virtud del
honor, puesto que el poder sin él sólo puede asegurarnos el envilecimiento, el
egoísmo, el enriquecimiento ilícito, el uso indebido de las atribuciones, la
nefasta prebenda y el veneno de la corrupción. Sólo un profundo sentido del
honor nos hará capaces de construir un país honorable, condición indispensable
para alcanzar el objetivo de cada generación: la construcción de un legado
digno a nuestros hijos, que marque con el ejemplo qué clase de hombres fuimos y
hasta dónde pudimos alcanzar la meta de nuestras aspiraciones.
Finalmente, y con estos presupuestos, la Masonería Argentina reitera su compromiso
con el Estado de Derecho en un momento harto difícil para la región, consciente
que los pueblos esperan de nosotros un liderazgo firme y decidido en el sentido
de la regeneración de la política.
No es un cometido fácil, es cierto, pero es el nuestro, el de nuestro tiempo,
el que, en nuestra modesta opinión, nos permitirá ser dignos de aquellos
esforzados hermanos que tanto citamos y hoy queremos emular.
!Ojalá que así sea!
M.·. R.·. H.·. Jorge A. Vallejos
Ex Gran Maestre
Gran Logia de la Argentina de Libres y
Aceptados Masones
Or.·. de Panamá Agosto 2005 e.·. v.·.
