LA MASONERÍA ESPAÑOLA DESDE SAGASTA

 

Conferencia dictada por  Q.·.H.·. Miguel Ángel de Foruria, Gran Inspector de Comunicación y Publicaciones de la Gran Logia de España, el 20 de Mayo de 2004 (e.·.v.·.) en el Circulo Riojano de Madrid, con asistencia de un gran colectivo  de profanos y con la de muchos HH.·. residentes en la capital de España.

 

 

 

 

Buenas tardes.

 

Don Práxedes Mateo Sagasta, ilustre riojano, de origen vasco, y presidente honorífico que fue del Centro Riojano de Madrid –a causa del deplorable nivel cultural de nuestros días para muchos sólo el nombre de una calle en sus ciudades–, es uno de los personaje más determinantes de la Restauración de la Casa Borbón en la Corona de España y del primer período de nuestra historia que puede considerarse democrático, si bien con las limitaciones de la época. Su biografía, plena de realizaciones en el servicio a la patria, nos permitiría hablar horas sin apenas abarcar su obra. Pero, esclavos del tiempo, vamos a entrar esta tarde sólo en dos facetas de su vida pública, aquella por la que es más conocido, el Sagasta hombre de Estado, el Sagasta líder del partido liberal que, junto con el conservador liderado por Canovas, protagoniza la política Española del último tercio del siglo XIX; y el Sagasta masón que, como tal, actúa guiado por los ideales de democracia y libertad que propugna la Masonería. El Sagasta masón, en aquel entonces grado 18º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que es elegido Gran Maestro del Gran Oriente de España, el 7 de Abril de 1876, cargo que en el que permanece hasta que en 1881 es llamado por el Rey Alfonso XII a presidir el Gobierno de la Nación, siendo sustituido en la Gran Maestría de la Masonería Española por Antonio Romero Ortiz.

 

La situación de persecución, casi perenne, a la que estuvo sometida la Masonería Española durante los siglos XVIII y XIX, es causa directa de la poca documentación que nos ha llegado de aquellos días, por ello no disponemos de los datos precisos sobre la fecha y otras circunstancias relativas a la iniciación de Sagasta en la Masonería, que debió producirse al final del bienio progresista, allá por 1856. Sí conocemos su nombre simbólico “Hermano Paz”, también que llegó a tener el grado 33º y último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y que fue miembro activo de la Respetable Logia Mantuana Nº 1; además, y documentalmente, por su expediente personal masónico registrado en el Archivo Histórico Nacional de Salamanca, sección Guerra Civil, realizado en 1936 por la Dirección General de Seguridad, tenemos constancia de su calidad de miembro honorario de la Logia Comuneros de Castilla nº 289 de Madrid, figurando como tal en un cuadro lógico de 1888, siete años después de dejar la Gran Maestría.

 

Las carencias documentales en España, no quieren decir que no conozcamos su trayectoria como masón, previa y posterior a ser elegido Gran Maestro en 1876, pues quedó registrada su gran actividad masónica en la numerosa correspondencia de las Logias españolas con Logias del mundo entero. Correspondencia en la que se recoge el día a día, aquellos años, excepcionalmente, casi normales, de la Masonería Española durante el periodo conocido como de la Restauración, caracterizado por la alternancia en el gobierno de los partidos liberal y conservador, es decir, Sagasta y Canovas. También figura Sagasta en la relación de los 28 diputados masones de las Cortes Constituyentes de 1869.

   

Pero hay un Sagasta, previo a su madurez política, que ha quedado en el olvido ante la magnitud de su obra posterior. Me refiero al Sagasta que se niega a firmar un manifiesto de adhesión a Isabel II, en 1848, enfrentándose a los profesores y alumnos de la escuela de Ingenieros de Caminos. El Sagasta revolucionario, el fogoso comandante del batallón de Ingenieros de la Milicia Nacional organizando las barricadas de 1856, el audaz periodista que ataca sin desmayo a los gobiernos isabelinos desde «La Iberia»; el exiliado político que se ve obligado a refugiarse largas temporadas en el barrio parisino de St. Denis, junto a otros conspiradores, entre ellos el General Prim, igualmente en su momento Gran Maestro de la Masonería Española o Ruiz Zorrilla, ilustre masón que, como Sagasta, también llegó a ser años después Gran Maestro. En fin, el Sagasta activista político que pronto enarbolará la bandera del progresismo liberal y sus tres grandes postulados, a saber: libertades y derechos individuales, soberanía nacional, y descentralización.

 

Aún a riesgo de caer en una evidente simplificación, podemos dividir la trayectoria política de Sagasta en dos grandes etapas, una, que se extendería desde 1854, fecha de su ingreso en la actividad política, hasta la revolución de 1868; otra, que abarcaría el período de la Restauración borbónica, hasta su muerte, en 1903, con un Sagasta, hombre de Estado.

 

Se encuadra Sagasta en la línea de pensamiento político definido como liberal – progresista. De hecho, como ya he dicho, Sagasta es el líder indiscutible del Partido Liberal que, junto con el Partido Conservador, marca la vida política española durante todo el periodo de la Restauración. Pero ¿cuál es el pensamiento político que se encuadra tras el concepto liberal – progresista y cuál su relación con la Masonería?

 

Dice el historiador Eduardo Enríquez del Árbol, en su obra «La Masonería española y la política ¿Objetivos comunes?»

 

La Masonería asienta unos valores absolutos de carácter liberal democrático que no presuponen un posicionamiento político estricto.

 

No se trata de un partido político al no tener como objetivo esencial la conquista del poder, y al admitir en su seno el pluralismo político.

 

La actuación política no le es propia a la Masonería, como organismo social; sí es factible para los masones, individualmente.

 

Afirmaciones que, como masón, confieso ciertas y vigentes.

 

Y el propio Sagasta dice:

 

«La Masonería no solamente no es un partido, no es una secta, sino que, siendo una institución esencialmente caritativa, esencialmente humanitaria y sabia... aspira a fundir en un solo pensamiento los pareceres diversos, las opuestas opiniones y espera ver realizados, mediante la fraternal unión de todos los hombres, los bellos ideales de la humanidad entera: el amor a la patria, el amor a la libertad, el respeto a la justicia, el entrañable amor de una alma pura hacia el Ser que la ha creado».

 

Podemos afirmar, pues, que los principios políticos que propone la Masonería, encarnados en el siglo XIX por Sagasta, se identifican perfectamente con los ideales liberales que durante la Restauración llevaron a España desde el viejo régimen hacia la democracia; labor nada fácil si consideramos que se acomete en un país que había perdido no solamente el Imperio sino que, lo más grave, estaba perdiendo la revolución industrial; un país donde los altísimos índices de pobreza y analfabetismo hacían muy difícil el desarrollo y la propia democracia.

 

Pero ¿Qué es realmente la Masonería, cuáles sus ideales, cómo pretende que sean reconocidos y aceptados por la sociedad?

 

Decía Sagasta y resumía con ello el sentir de la Masonería: «no hay orden sin libertad ni libertad sin orden».

 

Ama la Masonería, pues, la libertad individual del hombre, al que propone y cree centro de la creación. Y ama y defiende el orden, pues sin él ningún derecho puede ser garantizado; de tal amor al orden emana la obligación de todo masón de acatamiento y cumplimiento de las leyes del Estado en el que viva, de obediencia al gobierno legítimamente constituido. De ese principio de Libertad proclamado por la Masonería, más de los de Igualdad y Fraternidad nace el trilema acuñado por los 56 revolucionarios norteamericanos, padres de la patria, mayoritariamente masones; entre ellos George Washington, de la Gran Logia de Virginia; Benjamín Franklin, de la Gran Logia de Pennsylvania; Thomas Jefferson, de la Gran Logia de Virginia; John Adams, de la Gran Logia de Massachussets; John Quincy Adams, de la Gran Logia de Virginia, luego 6º Presidente; William Whipple, de la Gran Logia de New Hampshire; Benjamín Harrison, de la Gran Logia de Virginia; John Penn, de la Gran Logia de Carolina del Norte; Abraham Clark, de la Gran Logia de Nueva Jersey...  etcétera, quienes en 1776 proclamaron la libertad de las 13 colonias, con una declaración de independencia de la que, por ser masonería pura, sería difícil destacar un párrafo concreto, pero de la que recordaré, entre otros muchos párrafos de igual mérito y contenido masónico:

 

“Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por un Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad; que, para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y su felicidad.”

 

Libertad, Igualdad, Fraternidad, trilema, al fin, adoptado con ya decisiva fortuna por los revolucionarios franceses y, a nivel universal, por la Masonería moderna, más específicamente por los ritos masónicos mayoritarios, como es el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el Francés e, incluso, el Rito de York en Europa.

 

Del principio de Democracia, es decir, del principio de que el poder legitimo solo nace de la elección de los gobernantes libremente por la ciudadanía, surge en los albores del siglo XVIII el choque entre la Iglesia Católica Romana y la Masonería. Al respecto debemos tener muy en cuenta que con el nacimiento de la Masonería moderna en 1717, comienzan a expandirse con rapidez por todo Europa sus principios de democracia y libertad, y que la Iglesia Católica Romana en aquel entonces, y por más de siglo y medio aun, era además de Iglesia un Estado poderoso, con ejércitos, territorios, jueces, tribunales, cárceles, patíbulos... es decir, era poder temporal que se reservaba para sí mismo el de, en nombre de Dios, legitimizar e instaurar monarcas, proclamando el derecho de estos al poder por “derecho divino”; era, en resumen, el “antiguo régimen” puro y duro que utilizaba la fe como forma de coacción y represión. Así, en las condenas de la Iglesia Católica contra la Masonería y el Liberalismo Político, no olvidemos esto último, lo que subyacía era la defensa del poder temporal que la iglesia ejercía, repito, poder temporal basado en el supuesto derecho divino para ejercerlo los reyes de forma absolutista, entre ellos los Papas que, además de reyes teocráticos de los Estados Pontificios, eran jefes y cabeza de la Iglesia Católica Romana y se reservaban el derecho de coronar monarcas, legitimarlos y deslegitimarlos, de dictar leyes que obligaban a cuantos monarcas católicos quisieran seguir siendo considerados monarcas legítimos.

 

Pero puedo asegurarles que no había, ni las hay, ni las ha habido nunca, causas religiosas auténticas para la enemistad de la Iglesia Romana contra la Masonería, excepto, quizás, la pretensión del papado, hasta hace pocas décadas, de que solo en el Catolicismo estaba la verdad y que, por lo tanto, fuera del él no había salvación. Superado tal planteamiento con el movimiento ecuménico nacido del Concilio Vaticano II y el reconocimiento, al menos sobre el papel, de la libertad de conciencia y culto, parece que podríamos creer cosa del pasado la inquina de la Iglesia Católica Romana contra la Masonería, sobre todo si consideramos que en el Código de Derecho Canónico de 1983 desapareció toda condena o mención a la Masonería.

 

Para los conocedores del catolicismo romano y de las iglesias anglicanas, estas últimas tradicionalmente cercanas a la Masonería –aquí en España podemos destacar al famoso obispo Juan Bautista Cabrera, fundador de la Iglesia Española Reformada Episcopal (Iglesia anglicana), contemporáneo, amigo de Sagasta y masón, miembro como él de la Respetable Logia Mantuana Nº 1;  o el célebre pastor y líder evangélico, también masón y miembro de la misma Logia, Cipriano Tornos y Blasco, quien como Cabrera había pertenecido a la Orden de las Escuelas Pías (Escolapios), y fue confesor de Isabel II y Predicador de la Real Capilla. Y, por qué  no decirlo, el actual obispo la misma iglesia, quien es también masón–. Pues bien, retomando el hilo, les pido recapacitar sobre el hecho, de que sí un sacerdote anglicano desea entrar en la iglesia católica, y es autorizado por Roma, sigue siendo reconocido sacerdote sin prácticamente más condición que el juramento de obediencia al obispo de Roma, es decir, al Papa; con parecido proceso si la conversión es desde la Iglesia Católica Romana a la Iglesia Anglicana. No es difícil, pues, comprender que si no hay nada en la Masonería que dificulte en lo mínimo que un obispo anglicano sea masón, el de Canterbury, Primado de la Iglesia Anglicana suele serlo, tampoco lo hay en que un católico apostólico romano lo sea, como de hecho lo son un buen número de  masones de nuestros días.

 

Pero se hace necesario centrar al personaje objeto de estas reflexiones, sin olvidar que al analizar su fecunda obra política, con errores y aciertos, no podemos en forma alguna dejar de lado su condición de masón.

 

Nació Sagasta en “Torrecilla en Cameros”, Logroño, el 21 de Julio de 1825, en el seno de una familia de clase media, estudió la carrera de Ingeniero de Caminos, aunque por poco tiempo llegó a ejercer esta profesión, pues enfocó su carrera y su vida hacia el periodismo y la política.


El año 1854 reside en la ciudad de Zamora, donde es nombrado Presidente de la Junta Revolucionaria Local; ese mismo año es elegido diputado a Cortes. Finalizado el bienio progresista en 1856, Sagasta pierde su escaño y comienza una intensa vida revolucionaria, que ya he esbozado antes.

 

 En el año 1858, Sagasta, recupera su escaño y comienza a actuar prácticamente como jefe del Partido Progresista. Durante este período parlamentario, la figura de Sagasta destacó por la elocuencia de sus discursos.


En 1863 el partido progresista se retira de las elecciones, enfocando su política hacia la revolución. Sagasta participará activamente en el movimiento revolucionario de la insurrección de los sargentos de artillería del cuartel de San Gil,  el 22 de junio de 1866, luchando, al igual que Castelar, en las barricadas. Tras ser sofocada la revuelta Sagasta es condenado a muerte, por lo que se ve obligado a refugiarse en París; allí se pone en contacto con los revolucionarios acaudillados por el general Prim, masón como Sagasta.


Con el triunfo del pronunciamiento revolucionario de septiembre de 1868, Sagasta vuelve a España y desempeña la cartera de Gobernación en el primer gobierno, formado el 8 de octubre del citado año; ministerio a cuyo frente permanece hasta enero de 1870, año en que ocupará la cartera de Estado, retomando la de Gobernación en diciembre de ese mismo año, hasta el asesinato de Prim el 27 de diciembre de 1870, momento en el que Sagasta, en un gesto de lealtad a la Corona,
impuso silencio sobre las circunstancias del asesinato de Prim, su jefe, amigo y Hermano masón; con toda seguridad atendiendo a la circunstancia de que siendo la reina Mercedes hija del asesino Montpensier, el trono habría salido comprometido de una investigación en profundidad.


Formó parte del primer gobierno de coalición del reinado de Amadeo de Saboya, durante el cual se producirá la ruptura del Partido Progresista en dos fracciones encabezadas por Manuel Ruiz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta respectivamente, ambos masones; formando el primero el Partido Radical y este último el Partido Liberal Democrático.


El 21 de diciembre de 1871, Sagasta alcanza la presidencia del gobierno por primera vez, ganando las elecciones en abril del año siguiente.


El rey Amadeo I abdica en febrero de 1873, y el día 11 del mismo mes se proclama la I República; durante la misma y hasta el golpe del general Pavía el 3 de enero de 1874, se mantuvo Sagasta alejado de la política; ocupando posteriormente con el primer gobierno de Zavala la cartera de Estado; el 13 de mayo de ese mismo año presidirá el gobierno de la nación y, además, conservará para sí la cartera de Gobernación.

 

De la época republicana permítaseme introducir el breve relato de un echo que define a la Masonería y el talante de los masones, se trata de la dimisión, como presidente de la Republica, del insigne masón don Nicolás Salmerón, antes de firmar varias sentencias de muerte dictadas por los tribunales. Los ideales sustentados por la Masonería, firmemente arraigados en Salmerón, no le permitían disponer de la vida humana... ni aun en cumplimiento de la ley; prefiriendo perder su carrera política, perder el poder al que algunos se aferran a cualquier costo, antes de traicionar sus ideales.

 
Con la proclamación de Alfonso XII en diciembre de 1874, se establece un pacto de gobernabilidad entre Sagasta y Cánovas por el que se acuerda la futura actuación de los dos partidos. El 23 de mayo de 1880 se funda el partido fusionista, que se convirtió en el partido liberal de Sagasta. El 6 de febrero de 1881 asume la presidencia del gobierno, cargo que mantiene hasta el 13 de octubre de 1883.

 

La muerte de Alfonso XII el 25 de noviembre de 1885 abre el período de la Regencia de María Cristina; Cánovas y Sagasta llevan a cabo un acuerdo conocido como el Pacto del Pardo (aún cuando se celebró en la calle Alcalá en la Presidencia del Gobierno, el día 24 de noviembre de 1885). Con este acuerdo se pretendió articular la gobernabilidad del país durante la irregular situación creada por la muerte del rey.

 

Durante la Regencia de María Cristina, continuó el turno de alternancia política con Cánovas. El 27 de noviembre de 1885, Sagasta, formará el primer gobierno de la Regencia, el llamado "ministerio largo" que durará hasta 1890; teniendo que afrontar el pronunciamiento republicano del general Villacampa, el 19 de septiembre de 1886. Durante ese mismo periodo de gobierno, Sagasta consigue la promulgación, entre otras, de la Ley de Sufragio Universal, la Ley de Asociaciones y la implantación del Jurado.

 

El 3 de junio de 1890 cae el gobierno Sagasta, sucediéndole Cánovas del Castillo hasta diciembre de 1891; Sagasta, en este nuevo mandato, tiene que hacer frente a la guerra con Marruecos, así como a una nueva insurrección cubana; el 23 de marzo de 1895 es sustituido nuevamente por Cánovas, pero su asesinato el 8 de agosto de 1897, le devolvió al poder. Durante el cuarto gobierno de Sagasta, iniciado el 4 de octubre de 1897, España concede la autonomía a Cuba el 29 de noviembre de 1897 mediante una Constitución que daba a los cubanos plenas facultades de gobierno, con la excepción de política internacional y de defensa militar. Ante el temor de que prosperase la autonomía cubana, Estados Unidos declara la guerra a España el 25 de abril de 1898, utilizando como coartada la voladura del acorazado Maine en el puerto de La Hababa, el 15 de febrero. De aquí arrancó un proceso pesimista que desemboca en un movimiento regeneracionista denominado "Generación del 98", que culpará de todos los males de la nación al sistema "viciado" de turno de partidos, que representaban Cánovas y Sagasta; si bien se podría hacer un análisis negativo del llamado "desastre del 98", también hay rasgos positivos como la repatriación de capitales que ayudó al posterior saneamiento de la economía Española.

 

El gobierno se ve obligado a aceptar el Tratado de París (10 de diciembre de 1898) en unas condiciones penosas para España, ya que se pierden Cuba, Puerto Rico y Filipinas; Puerto Rico jamás había pedido la independencia ni había movimiento alguno en ese sentido, simplemente los EE. UU. se apropiaron la Isla y allí siguen, de amos y señores. Injustamente España entera considera responsable del desastre a Sagasta, el cual dimite a finales de febrero de 1899; aún cuando volvió al poder en marzo de 1901, solamente duró en el cargo hasta diciembre del año siguiente; un mes después, el 5 de enero de 1903, moría en Madrid a la edad de 77 años.

 

En cuanto a la vida privada de Sagasta, cabe destacar el gran amor de su vida, una faceta generalmente olvidada, que lo humaniza y acerca al común de los mortales:

 

El año 1850, viviendo y trabajando en Zamora, antes de iniciar su vida pública, es decir, en el corto periodo de su vida en el que trabajó como ingeniero, tal era su profesión y carrera universitaria, don Práxedes Mateo Sagasta raptó a una recién casada al salir de la iglesia, donde el padre, coronel retirado, la había casado con un capitán. Tenía 17 años Angelita Vidal, palentina de Rioseco, y vivió en virtuoso pecado con don Práxedes hasta que murió su marido según la Iglesia y las leyes de la época. Habían pasado 35 años desde el rapto antes de que pudieran contraer matrimonio. Sesenta años tenía el novio y 46 la novia. ¡Tarde triunfó el amor!, pero lo hizo sobre los convencionalismo de la época.

 

Pasado el siglo XIX y el XX y ya en el XXI, aquella Masonería que desde los principios que proclama inspiró el pensamiento y la obra modernizadora y democratizadora de Sagasta, sigue hoy viva y mantiene el mismo espíritu de fraternidad universal, de progreso, de libertad.

 

Hoy, la Gran Logia de España es la Obediencia Masónica Española universalmente reconocida, y en fraternales relaciones con la práctica totalidad de las Grandes Logias Regulares del Mundo. En marzo del año 2001 la Gran Logia de España y el Grande Oriente Español culminaron un proceso de unión que se había ido gestando durante los años anteriores. En el Grande Oriente Español se había fusionado toda la Masonería Española en 1889, bajo la Gran Maestría de don Miguel de Moraita.

 

A veces nos preguntan a los masones que es lo más destacable de la Masonería, pues bien, si debiéramos resaltar algo del espíritu de la Masonería, de aquel de ayer, del de hoy y del de siempre, muy probablemente habría que inclinarse por la fraternidad que nos une a todos los masones del mundo entero, muy especialmente, claro está, a los miembros de una misma Gran Logia y, mucho más aun, a los de una misma Logia. Pero aun siendo muy importante ese aspecto de las relaciones entre los masones, no es ese el fin primordial de la Masonería, pues para ese tipo de fines ya están muchas y prestigiosas instituciones profanas.

 

Mucho más allá de ese principio de fraternidad universal, de indudable importancia y valor humanístico, e incluso iniciático, principio de auténtica fraternidad que nos llevaría a tener la filantropía como uno de los medios, de los que podríamos valernos para alcanzar los propósitos que la animan, la Masonería tiene fines que los masones mantenemos muy presentes. Ayer Sagasta, hoy los que sucedemos en las Logias a los que lo fueron en su tiempo. Siendo la síntesis de nuestros fines cambiar el mundo. Esta es la meta final que nos proponemos alcanzar los masones, ese es el fin que constituye el auténtico Ser y existir de la propia Masonería. Dicho así, sin circunloquios, fingimientos, ni palabrería vana, que oculte la realidad.

 

Pero ese fin no tiene connotaciones que lo liguen a intereses materiales, a aspiraciones de poder y gloria que, si pudiesen ser admisibles en el mundo profano, que no lo son, en ninguna forma pueden llegar a serlo, ni como medio, ni como fin, para la Masonería. Porque cuando un masón afirma que la Masonería pretende cambiar el mundo, se está refiriendo a que la Masonería trabaja para hacer evolucionar ética, espiritual y moralmente a la humanidad, a partir de los principios que constituyen su Ser y de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que propugna y defiende.

 

En los proclamados fines más en los métodos para alcanzarlos, es en lo que la Masonería se diferencia de otras meritísimas instituciones que también tienen como objetivo el desarrollo de la humanidad.  El peculiar sistema de trabajo personal e individual que nos caracteriza, muy alejado de la acción institucional sobre la sociedad, nos marca e individualiza.  

 

No siendo, como no lo son, fines de la Masonería participar institucionalmente en política, ni en negocios, ni en ninguna otra actividad profana, nuestra Orden centra sus esfuerzos en llevar a los masones a las condiciones espirituales, éticas y morales que les permitan trabajar en pos de alcanzar los fines que sí nos son propios. Para ello la Masonería pone a disposición de sus miembros todos los medios necesarios «de orden iniciático, esotérico y simbólico» para que podamos avanzar en nuestro desarrollo y formación personal, teniendo como meta final cambiar el mundo a través de la propia evolución individual de cada masón.

 

Porque será cada masón el que con su ejemplo personal e individual influirá en los entornos familiar, profesional y social a los que pertenezca; trasmitiendo así a la sociedad –mediante el ejemplo de una vida ordenada, respetuosa con las leyes y con los derechos de los demás y entregada a ideales legítimos y nobles– las enseñanzas recibidas y los principios proclamados por la Masonería.   

 

En alguna forma masón –lato sensu– se nace. Porque ser masón significa participar de una condición espiritual especial, inconfundible e intransmisible, que aflora tras la iniciación y la identificación del iniciado con su propio ser interno y, a través de él, con el Trazado realizado para la Humanidad por el Gran Arquitecto del Universo.   

 

La Masonería, como Institución ético jurídica, Alta Cátedra Moral desde la que emanan los grandes principios y formulaciones al servicio de la Humanidad, confiere las características visibles de masón a aquellos que ya eran, potencialmente, portadores del Espíritu Iniciático; proporcionándoles los medios necesarios para cultivar su intelecto y su espíritu, mediante el estudio de determinados símbolos y la practica consciente de los Rituales. Unos y otros encierran un profundo significado esotérico, que es la llave que habré las puertas del conocimiento y la clave para que cada masón logre profundizar en lo más recóndito de su corazón.   

 

Dicho esto, únicamente queda proclamar que solamente se es masón “stricto sensu” si se profesan los principios iniciáticos, se cultiva el esoterismo y, en lo que corresponda, el conocimiento exotérico; si se tiene firmemente asentado el sentido de la responsabilidad individual, como confirmación del Espíritu Caballeresco con el que el masón debe de desempeñar su misión en el mundo profano. 

 

La Masonería Regular profesa inderogablemente el espiritualismo y rechaza el materialismo y el racionalismo ateo; por ello, la Luz de la Razón que informa el Ideal Masónico, se legitima al emanar del Conocimiento Iniciático. Así, la Masonería es una Orden iniciática, esotérica y caballeresca y, por lo tanto, elitista.

 

A muy grandes rasgos los dichos son los cimientos sobre los que hoy, como en tiempos de Sagasta, se asienta la Masonería Regular Española. Tras esto quedo a disposición de ustedes para intentar responder a cualquier pregunta que tengan a bien hacerme.

 

Muchas gracias por su atención.