
Autor Anónimo
“Si no puedes prodigar amor como fueran tus deseos,
prodiga en este caso la sublime elocuencia del silencio y del no menor y
elocuente alejamiento de todo aquello que pueda constituir un estorbo para el
engrandecimiento de tu vida. Para algunos el sembrar odio y discordia es una
distracción que les produce placer; esto naturalmente mientras su estado
abúlico no les haga ver su insensatez.
No odies. Si te odian, si de ti se alejan y te
olvidan, tú sigue amando y siempre perdonando y cuando en tu vida o camino se
lleguen a encontrar, que vean siempre en tus labios la sonrisa del amor, y en
tus palabras la miel de tu perdón.
Atravesamos el mundo con nuestro ideal de Amor y
Justicia: dichosos dentro de la pobreza; resignados ante el desengaño y firmes
ante la adversidad. Y como el Quijote, siempre hambrientos de generosidad y
humanismo, deseando morir con nuestra quimera tan bella como la razón, ya que
el corazón tiene convicciones que a la razón extraña.
En una palabra, somos soñadores, ya que soñar es
pensar, sentir y accionar.
Amemos, porque el Amor engalana la vida con muchos
sueños.
Amemos, porque el Amor idealiza la realidad para
embellecerla y convertirla en una caricia interminable.
Amemos, porque el Amor engendra la riqueza
espiritual del ser.
Amemos, porque el Amor, afirma Hesiodo en su
Teogonía, es el más hermoso de los inmortales, que reina así entre los dioses
como entre los hombres, enternece las almas, cambia el corazón y se antepone a
las resoluciones más sabias.
Amemos, porque sin el Amor, alimento de corazones,
la vida no es posible.
Amemos, porque el Amor es el único capaz de
engendrar un alma apasionada de justicia, de grandeza, de hermosura y de
verdad.
Amemos, porque el Amor embellece el deseo cuando
aspira a un poco más de felicidad y de dicha en la vida, admirando en él su
pureza y capacidad.
Amemos, porque el Amor, según cantar de los
trovadores, es un himno universal que en la flor se revela en el aroma, en el
pájaro con el cantar, en el hombre con la poesía.
Amemos, porque el Amor es un canto sobrio no
aprendido todavía, que nos empuja a vivir con dignidad y a morir sin cobardía.
Amemos, porque la alegría del Amor crece a medida
que el alma ennoblece.
Amemos, porque el Amor transforma las lágrimas en
un fondo de dulzura.
Amemos, porque el Amor es la voluntad que aspira a
vivir en un ser distinto y nuevo para la perpetuidad de la especie”.
Tomado de un texto Masónico.
Los dos momentos, polos de la existencia humana, encierran el misterio de
una mujer: Cuando el niño forcejea por entrar al mundo, ella siente el dolor; y
cuando el hombre lucha agónicamente por salir del mundo, ella sufre la agonía
de la separación. Sin esa función y encanto femeninos, sellados por el dolor,
sin la acogida o maternal, o esponsal, o fraternal, el ser humano se
experimenta abandonado. Sin ese amor no se concibe ni biológica ni
sicológicamente la vida. La madre, primera relación personal del infante, le
brinda protección y alegría de vivir, sentimiento de seguridad y calor
afectivo; le enseña el arte clave de la vida, el amor.
Las demás relaciones con la mujer serán trasunto de
esa primera. Cuántos psiquismos destrozados, cuántos matrimonios fracasados,
porque no hubo madres a la altura de su misión.
El amor, clave de la existencia, plantea al hombre
el interrogante de su sexualidad. Ni es para tomarse a la ligera, ni mucho
menos con el chascarrillo procaz que delataría inmadurez. La sexualidad, que no
equivale a genitalidad, es el conjunto de especificaciones que tipifican cada
uno de los polos componentes de la especie humana. Su culminación es el amor,
que inicia la vida, la motiva y le da sentido. La vida no se entiende, se
paraliza, se hace absurda sin amor.
Partamos de un análisis del amor, no en abstracto,
sino en la vivencia personal de cada uno. Al despertar a la vida, nos
encontramos con el primer amor hecho sonrisa y ternura maternal. Mas tarde
experimentamos lo indefinible del amor: amamos y fuimos amados. No fue una
simple sensación. Algo indescriptible, misterioso, sacudió nuestro ser. Era
alguien, no una cosa, que aparecía en el horizonte de nuestra vida; que nos
llamaba y a quien llamábamos; que nos atraía y a quien atraíamos; que nos
respondía porque le respondíamos. Fue el encanto que hizo saltar la chispa
misteriosa del amor. Despertó nuestro ser bajo el hechizo de una persona.
Libremente respondimos, porque, pese a pareceres ajenos y a sin número de
obstáculos, nos entregamos libremente y recibimos a quien se nos entregaba de
igual manera. Cualquier duda sobre la espontaneidad de esa entrega, nos hubiera
hecho sentir que traicionábamos o que nos traicionaban.
El amor es el acto más libre y por lo tanto, más
humano de nuestro ser; el más profundo, porque compromete la intimidad de la
persona; y el más integral, porque abarca todo nuestro ser. Se da y recibe una
persona, una vida. Y porque es entrega de personas no admite tercero, es exclusiva.
Intercambio o diálogo de existencias que incluye respeto mutuo y comprensión;
por eso, perfecciona, enriquece, promueve, hace felices. Un dar que implica
salirse de sí, generosidad y, al mismo tiempo, un recibir que requiere apertura
y comprensión. No es cosa, lo impersonal, objeto de posesión o dominio.
Es encuentro, entrega amorosa y aceptación
comprensiva. Exige pues, sinceridad y confianza mutua, en cuyo seno se obra la
intimidad personal. La armonía, fruto de la comprensión, hace alegre el sacrificio
generoso y enriquece progresivamente. Tan apremiantes atributos del amor humano
exigen honestidad, vale decir, fidelidad con la persona. Así el amor,
engrandece, no esclaviza; promueve al hombre. Al hombre, que en su papel
protagónico en la historia, no tiene sustitutos, porque el hombre no solamente
se reconoce en la producción, sino en la estructura de consumo, en la
estructura política y en la estructura cultural.
En un mundo estrangulado por los conflictos
sociales, perforado por el grito desgarrador de los hombres; en un mundo
ensangrentado y sacudido por las bombas, el terrorismo y los ensayos atómicos;
en un mundo donde la explosión demográfica amplía este escenario del hambre,
donde la polución y la contaminación ambiental amenazan la vida, debemos
practicar todos, Masones de todo el mundo, el lenguaje del Amor.
El verdadero espíritu masónico está fundamentado en
el Amor. El, debe ser el único que debe inspirar nuestros trabajos, iluminar el
corazón de los hermanos y mantener en ellos el amor a la humanidad entera.
