LA MASONERÍA REVELADA

MANUAL DEL APRENDIZ
Estudio interpretativo sobre el valor iniciatico de los símbolos y alegorías del primer grado masónico y la mística doctrina que en ellos se encierra.
POR: MAGÍSTER
PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN
Al presentar esta tercera edición, especialmente destinada a los masones latinoamericanos, de nuestro primer Manual, creemos nuestro deber agradecer de todo corazón a todos los QQ.·. HH.·. que han tenido conocimiento de la primera, por la verdaderamente bondadosa y cordial acogida que en todos los países de habla española ha sido dispensada.
Esto se debe sin duda, fundamentalmente, al hecho de que el impulso espiritual por el cual muchos han sido atraídos entre las columnas de la Augusta Institución –cuyo objeto es labrar el progreso de la Humanidad sobre la tríplice base de la educación moral, del progreso espiritual y del mejor discernimiento y cumplimiento de nuestros deberes- despierta en su interior el deseo, primeramente latente, de penetrar el significado profundo de los símbolos y de la Sociedad, así como de las posibilidades que se nos revelan en su comprensión.
Esta obra, y las que sobre el mismo tema se han escrito y se escribirán, simplemente responden, en el mecanismo universal de la Ley de Causalidad, al deseo de conocer, que constituye el presupuesto indispensable de todo aprendizaje, y el único que puede darnos la llave para penetrar en el Santuario luminoso de la Eterna Verdad. Nada podemos conocer sin antes haber obtenido el deseo de saberlo, y ninguna verdad podemos aceptar, que no venga de afuera, si esa verdad no corresponde a un deseo interior, en el cual ya se encuentra en un estado de oscura intuición.
El libro se dirige, pues, únicamente a los que desean conocer la razón y la profunda base espiritual de nuestra Orden; los que no se conforman con ver en ella solamente una sociedad cordial de los hombres honrados que se asisten mutuamente y se ocupan de beneficencia, sino que quieren encontrar en ella los medios y las directivas para hacerse verdaderos obreros del progreso humano.
Y sabemos que su número crece silenciosa y continuamente, y que no dejan de hacerse, por medio de la coherencia a sus ideales y convicciones, la mística “levadura” que deberá levantar la Institución a la altura de sus mayores posibilidades.
En toda la masonería latinoamericana puede verse actualmente este estado de inquietud, que es en sí una profecía evidente del Nuevo Espíritu que en la misma debe encararse –aquel Espíritu que debe hacerla en el Nuevo Mundo uno entre los mayores factores que deben cooperar al establecimiento de la Nueva Era Humana: de una civilización basada sobre los valores humanos, morales e ideales, más bien que sobre los valores materiales. Una sociedad que tenga como principal objeto el progreso, la felicidad y el bienestar de todos los hombres, reconociendo que el verdadero bien de cada uno se halla íntimamente unido al mayor bien de todos los demás.
A todos los obreros de la Paz, de la Armonía y de la Solidaridad, en cualquier campo que trabajen, vaya con este libro el Mensaje de un común anhelo que hará efectiva, en un mañana no muy lejano, la paz, la armonía, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad sobre toda la superficie de la tierra. Escribimos estas palabras mientras perdura todavía el recuerdo de la guerra fratricida que ensangrentó los campos y las ciudades de España, mientras sigue aún la lucha en el Lejano Oriente, mientras en Europa no se disipan todavía oscuras amenazas y hondos temores. Pero, detrás de estas sombras y de estos nubarrones vemos desde ahora el principio claro y luminoso de una nueva espléndida Aurora, en la cual deben encararse y resplandecer todos los anhelos, ideales y aspiraciones de progreso que se han madurado y se van madurando en estos períodos más oscuros.
Ideales, directivas y orientaciones claras y seguras: he aquí la vital necesidad del momento actual.
Únicamente en ellas puede basarse una disciplina clara e iluminada, coherente y homogénea que ha de constituir la gran fuerza del Centro –exponente de todos los hombres que piensan y saben que debe dominar, equilibrar y paulatinamente absorber todas las tendencias extremistas, igualmente indeseables. De esta fuerza deben hacerse núcleo, si no la Masonería como institución, los masones individualmente, que comprenden los deberes y privilegios inherentes en el estudio y en la práctica del Arte.
El estudio de la Verdad y la práctica de la Virtud, que es esencialmente coherencia a la primera en pensamientos, palabras y obras: he aquí los instrumentos poderosos de que dispone todo masón consciente de su cualidad –el Compás y la Escuadra simbólicos que debe entrelazar en su actividad, y con los que hace efectivo también su progreso individual.
Nuestra obra impersonal, como la misma Verdad que nos habla a cada uno en el místico recogimiento de nuestro propio Cuarto de Reflexión, se dirige por esta razón más íntima y directamente a todo masón, para encaminar y guiar sus pasos en el Santuario de la Comprensión, en donde, sin embargo, sólo puede entrar por sus propios esfuerzos. Por esta razón deseamos que el lector haga completa abstracción de la personalidad de quien la ha escrito, y que simplemente la considere una Voz Amiga, o bien, como la Voz de la Verdad que habla en su propio fuero interior.1
1 La impersonalidad de esta obra y la naturaleza íntima y secreta de su Fuente principal, no nos dispensan de dar el debido crédito a todos los que nos han precedido en la interpretación del simbolismo masónico, y cuya obra ha inspirado nuestra labor, que, sin ser enteramente original, no deja de serlo en su mayor parte. Entre los que más se han adelantado a esta interpretación y cuya guía e inspiración nos han sido más preciosas, creemos deber citar especialmente a Oswald Wirth, con sus Manuales para los tres grados, su hermosa revista Le Symbolisme y demás obras esotéricas, ilustradas por dibujos originales, algunos de los cuales hemos aprovechado en este libro y en los siguientes.
PREFACIO A LA CUARTA EDICIÓN
En su cuarta edición esta obrita ha sido nuevamente revisada, ligeramente aumentada, corregida y modificada en muchas partes; la construcción simbólica de nuestro Templo Ideal no puede darse nunca como concluida, así como nunca podemos dar por terminada la modesta labor sobre nuestras piedras individuales, para acercarlas a la perfección innata de nuestro Ser Espiritual.
En las trágicas horas que actualmente vivimos, en la grave crisis que el mundo está atravesando, más necesario que nunca es el Mensaje que nuestra Orden lleva a todos los hombres de buena voluntad que han tocado a las puertas de sus Templos y han pasado por las pruebas simbólicas, para buscar la Verdadera Luz: una orientación clara y segura en medio de las tinieblas, de la oscuridad y de la incertidumbre que vivimos.
Esta Orientación, este Mensaje Eterno que la Masonería lleva al mundo, hoy como ayer, es el Mensaje de una Obra Constructiva, animada por el más alto ideal que puede inspirarnos, en armonía con los Planes del G.·. A.·., y por lo tanto dirigida al Bien de todos nuestros semejantes.
Los masones son constructores, y nunca pueden dejar de ser tales mientras sean masones. Por lo tanto, sigue siendo su deber hacer Obra Constructiva, o la obra más constructiva que puedan realizar, aún cuando en torno de ellos parezcan triunfar y dominar momentáneamente las tendencias y las fuerzas destructivas. Como constructores debemos seguir afirmando y sosteniendo los Principios Ideales y Valores Morales, ya que únicamente sobre ellos puede establecerse en el mundo el Reinado de la Luz, de la Paz y de la Felicidad.
El Imperio del Mundo pertenece a la Luz. La Fuerza debe ser dominada, guiada y dirigida por la Sabiduría para producir resultados armónicos, satisfactorios y duraderos. Todos los hombres de todas las razas son nuestros hermanos. Todos los pueblos son elegidos, cada uno para su particular misión y función dentro de la humanidad, y la relación que debe haber entre todas las naciones ha de ser la Fraternidad.
Sigamos, pues, construyendo fielmente el Templo de nuestros Ideales, buscando nuestra inspiración en los Planes del G.·. A.·., pues “en Él está la Fuerza” y “Él los establecerá”. Esos Planes son Eternos y Perfectos como la creación y el universo que manan de ellos y constantemente les obedecen. Nuestros más altos ideales nacen de esos Planes y los revelan a nuestra inteligencia.
Mientras busquemos esa inspiración y le seamos fieles, nuestros esfuerzos y nuestra obra, por modestos o grandes que sean, no serán nunca vanos.
Sea la Masonería para nosotros no solamente un hermoso conjunto simbólico, y un medio para establecer nuevas amistades y relaciones, sino algo más íntimo y vital, que se aplique a la solución de los diarios problemas de la existencia, nos enseñe la Ciencia y el Arte Real de la Vida, nos abra y nos indique el Camino de la Verdad.
Según los masones, individualmente descubrimos y hacemos efectivos los valores eternos de nuestra Orden, así podrá ésta subsistir, a través de los peligros que actualmente amenazan su existencia, cumpliendo con la función social orientadora que le pertenece.
Seamos verdaderos masones, en la medida de nuestro discernimiento y capacidad, esforzándonos por progresar en un grado siempre más elevado de comprensión; hagamos, tanto dentro de nuestras LL.·. como en nuestras tareas diarias, una verdadera labor masónica, y la Masonería vivirá, como todo lo que es útil y tiene una función necesaria en la vida del mundo, superando victoriosamente las pruebas entendidas para demostrar su verdadera cualidad.
EL APRENDIZ
Cualquiera que haya sido vuestro propósito y el anhelo de vuestro corazón al ingresar en la Augusta Institución que os ha acogido fraternalmente como uno de sus miembros, es cierto que no habéis entendido, en el principio, toda la importancia espiritual de este paso y las posibilidades de progreso que con el mismo se os han abierto.
La Masonería es, pues, una Institución Hermética en el triple profundo sentido de esta palabra: el secreto masónico es de tal naturaleza, que no puede nunca ser violado o traicionado, por ser mística e individualmente realizado por aquel masón que lo busca para usarlo constructivamente, con sinceridad y fervor, absoluta lealtad, firmeza y perseverancia en el estudio y en la práctica del Arte.
La Masonería no se revela efectivamente sino a sus adeptos, a quienes se dan enteramente a ella, sin reservas mentales, para hacerse verdaderos masones, es decir, Obreros Iluminados de la Inteligencia Constructora del Universo, que debe manifestarse en su mente como verdadera luz que alumbra, desde un punto de vista superior, todos sus pensamientos, palabras y acciones.
Esto se consigue por medio de las pruebas que constituyen los medios con los cuales se hace manifiesto el potencial espiritual que duerme en estado latente en la vida rutinaria, las pruebas simbólicas iniciales y las pruebas posteriores del desaliento y de la decepción. Quien se deja vencer por éstas, así como aquel que ingresa en la Asociación con un espíritu superficial, no conocerá nada de lo que la Orden encierra bajo su forma y su ministerio exterior, no conocerá su propósito real y la oculta Fuerza Espiritual que interiormente la anima.
Su tesoro se halla escondido profundamente en la tierra: sólo excavando, o sea buscándolo por debajo de la apariencia, podemos encontrarlo. Quien pasa por la Institución como si fuera una sociedad cualquiera o un club profano, no puede conocerla; sólo permaneciendo en ella largamente, con fe inalterada, esforzándonos en hacernos verdaderos masones, y reconociendo el privilegio inherente a esta cualidad, se nos revelará su oculto tesoro.
Desde este punto de vista,
y cualquiera que sea el grado exterior que podamos conseguir, o que ya se nos
haya conferido para compensar en alguna forma nuestros anhelos y deseos de
progreso, difícilmente nos será dado superar realmente el grado de aprendiz.
En la finalidad iniciática de la Orden, somos y continuaremos siendo
aprendices por un tiempo mucho mayor que los simbólicos tres años de la edad.
¡Ojalá fuéramos todos buenos aprendices y lo fuéramos en toda nuestra existencia!
Si todos los masones nos esforzáramos primero en aprender ¡cuántos males
que se han lamentado y se lamentan no tendrían razón de existir!
Este pequeño Manual quiere ser una Sintética Guía para los aprendices de todas las edades masónicas, presentando en sus páginas, en forma clara y sencilla, las explicaciones que nos parecen necesarias para entender y realizar individualmente el significado de este grado fundamental, en el cual se halla todo el programa iniciático, moral y operativo de la Masonería.
Ser un buen Aprendiz, un Aprendiz activo e inteligente que pone todos sus esfuerzos en progresar iluminadamente sobre el sendero de la Verdad y de la Virtud, realizando y poniendo en práctica (haciéndola carne de su carne, sangre de su sangre y vida de su vida) la Doctrina Iniciática que se halla escondida y se revela en el simbolismo de este grado, es sin duda mucho mejor que ostentar el más elevado grado masónico, permaneciendo en la más odiosa y deletérea ignorancia de los principios y fines sublimes de nuestra Orden.
No se tenga, por consiguiente, demasiada prisa en la ascensión a grados superiores: el grado que se nos ha otorgado, y exteriormente se nos reconoce, es siempre superior al grado efectivo que hemos alcanzado y realizado interiormente, y difícilmente podrá tacharse de excesiva la permanencia en este primero, por grandes que sean nuestros deseos de progreso y los esfuerzos que hagamos en ese sentido. Comprender efectivamente el significado de los símbolos y ceremonias que constituyen la fórmula iniciática de este grado, y practicarlo en la vida de todos los días, es mucho mejor que salir prematuramente de él, o desdeñarlo sin haberlo comprendido.
La condición y estado de aprendiz precisamente se refiere a nuestra capacidad de aprender, somos aprendices, en cuanto nos hacemos receptivos, nos abrimos interiormente y ponemos todo el esfuerzo necesario para aprovecharnos constructivamente de todas las experiencias de la vida y de las enseñanzas que en cualquier forma recibamos. Nuestra mente abierta, y la intensidad del deseo de progresar, determinan esta capacidad.
Estas cualidades caracterizan al Aprendiz y lo distinguen del profano, ya sea dentro o fuera de la Orden. En el profano (según se entiende masónicamente esta palabra) prevalecen la inercia y la pasividad, y, si existe un deseo de progreso, una aspiración superior, se hallan como sepultados o sofocados por la materialidad de la vida, que convierte a los hombres en esclavos supinos de sus vicios, de sus necesidades y de sus pasiones.
Lo que hace patente el estado de aprendiz es precisamente el despertar del potencial latente que se halla en cada ser y produce en él un vehemente deseo de progresar; caminar hacia delante, superando todos los obstáculos y las limitaciones, y sacando provecho de todas las experiencias y enseñanzas que encuentra a su paso. Este estado de conciencia es la primera condición para que uno pueda hacerse masón en el sentido verdadero de la palabra.
Toda la vida es para el ser activo, inteligente y diligente, un aprendizaje incesante; todo lo que encontramos en nuestro camino puede y debe ser un provechoso material de construcción para el edificio simbólico de nuestro progreso, el Templo que así levantamos, cada hora, cada día y cada instante a la G.·. D.·. G.·. A.·., es decir del Principio Constructivo y Evolutivo en nosotros. Todo es bueno en el fondo, todo puede y debe ser utilizado constructivamente para el Bien, a pesar de que pueda presentarse bajo la forma de una experiencia desagradable, de una contrariedad imprevista, de una dificultad, de un obstáculo, de una desgracia o de una enemistad.
He aquí el programa que debe esforzarse en realizar el Aprendiz en la vida diaria; solamente mediante este trabajo inteligente, diligente y perseverante puede convertirse en un verdadero obrero de la Inteligencia Constructora, y compañero de todos los que están animados por este mismo programa, por esta misma finalidad interior.
El esfuerzo individual es condición necesaria para este progreso. El aprendiz no debe contentarse con recibir pasivamente las ideas, conceptos y teorías que le vienen del exterior, y simplemente asimilarlos, sino trabajar con estos materiales, y así aprender a pensar por sí mismo, pues lo que caracteriza a nuestra Institución es la más perfecta comprensión y realización armónica de los dos principios de Libertad y Autoridad, que se hallan a menudo en tan abierta oposición en el mundo profano. Cada cual debe aprender o progresar por medio de su propia experiencia y con sus propios esfuerzos, aunque aprovechando según su discernimiento la experiencia de quienes le han precedido en el mismo camino.
La Autoridad de los Maestros es, simplemente, Guía, Luz y Sostén para el Aprendiz, mientras no aprenda a caminar por sí mismo, pero su progreso será siempre proporcionado a sus propios esfuerzos. Así es que esta Autoridad –la única que se reconoce en Masonería- no será nunca el resultado de una imposición o coerción, sino el implícito reconocimiento interior de una superioridad espiritual o, mejor dicho, de un mayor adelanto en el mismo sendero que todos indistintamente recorremos: aquella Autoridad natural que conseguimos conociendo la Verdad y practicando la Virtud.
El aprendiz que realice esta sublime Finalidad de la Orden reconocerá que en sus posibilidades hay mucho más de lo que se había percatado cuando pidió primero su afiliación y fue recibido como hermano.
El impulso que le movió desde entonces fue sin duda, en su raíz, más profundo que las razones conscientes determinantes: en aquel momento, actuaba en él una Voluntad más alta que la de su personalidad ordinaria, su propia voluntad individual, que es la Voluntad de lo Divino en nosotros.
Sea, pues, consciente de esta Razón Oculta y profunda que motivó su afiliación a una Orden Augusta y Sagrada por sus orígenes, por su naturaleza y por sus finalidades.
A todos nos es dado el privilegio y la oportunidad de cooperar al renacimiento iniciático de la Masonería, para el cual están maduros los tiempos y los hombres: hagámoslo con aquel entusiasmo y fervor que, habiendo superado las tres simbólicas pruebas, no se deja vencer por las corrientes contrarias del mundo profano, ni arrastrar por el ímpetu de las pasiones, ni desanimar por la frialdad exterior, y que, llegando a tal estado de firmeza, madurará y dará óptimos frutos.
Pero, antes que todo, aprendamos. Aprendamos lo que es la Orden en su esencia, cuáles fueron sus verdaderos orígenes; el significado de la Iniciación Simbólica con la que hemos sido recibidos; la Filosofía Iniciática de la cual se nos dan los elementos, con el estudio de los primeros Principios y de los símbolos que los representan; la triple naturaleza y valor de Templo alegórico de nuestros trabajos y la cualidad de éstos; la palabra que se nos da para el uso y que constituye el Ministerio Supremo y Central. Recibiremos así el salario merecido como resultado de nuestros esfuerzos y nos haremos obreros aptos y perfectamente capacitados para el trabajo que se nos demanda.
PARTE PRIMERA
LOS ORÍGENES DE LA INSTITUCIÓN
CONSIDERACIONES
PRELIMINARES
De las tres preguntas: “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? y ¿Adónde vamos?”, en las que puede subdividirse y expresarse el Gran Misterio de la experiencia, así como el principio de todo conocimiento verdadero y de toda sabiduría, la primera es la que especialmente le compete al Aprendiz.
Referida a nuestra Institución, esta pregunta nos plantea en primer término, para tratar de conocer su esencia, el problema en sus orígenes –o sean aquellas instituciones, sociedades, costumbres y tradiciones en las que la Masonería tiene su raíz, su principio espiritual, aunque sin derivar directamente de ellas. Desde este punto de vista es cierto, según lo dicen los catecismos, que sus orígenes se pierden “en la noche de los tiempos”, o sea en aquellas antiquísimas civilizaciones prehistóricas de las que se han perdido los vestigios y la memoria, y que se remontan probablemente a centenares de millares de años antes de la era actual.
Los primeros rituales, basados en las tradiciones bíblicas (por descansar en ellas principalmente la fe de sus redactores), nos dicen que “Adán fue iniciado al Or.·. del Edén, por el Gr.·. A.·. en todos los ritos de la Masonería”, significando esto, evidentemente, que los orígenes de la Masonería deben hacerse remontar hasta la primera sociedad humana, de la que Adán es un símbolo, correspondiendo con la Era Saturnina o Edad de Oro de la tradición grecorromana, y el Satya Yuga de los hindúes.
Es cierto, pues, que nacieron, ya en la aurora (que todas las tradiciones concuerdan en considerar luminosa) de la civilización, ese íntimo deseo de progreso, esa profunda aspiración hacia la Verdad y la Virtud, ese deseo de obrar recta y sabiamente, de los que la masonería constituye, para sus adeptos, la encarnación.
Pero si el espíritu masónico debió existir desde las primitivas épocas –conocidas y desconocidas- de la historia, y no fue extraño al primer hombre (si tal existió), manifestación natural de su deseo de progreso, de sus esfuerzos constructivos para alcanzarlo, y si debió de expresarse naturalmente en una forma adaptada y conveniente en las primeras comunidades –íntimas y por ende secretas- de hombres que se apartaban de los demás por su deseo de saber y penetrar el Misterio Profundo de las cosas, es cierto que no siempre se manifestó exactamente en la forma en que hoy se conoce, se ejerce y practica.
Sin embargo, los principios inmutables sobre los cuales ha sido establecida, y que constituyen su espíritu y su característica fundamental, no pueden haber sufrido variaciones substanciales, y establecidos en épocas de antigüedad incalculable, han debido de permanecer los mismos a través de todas sus metamorfosis o encarnaciones exteriores.
También debe remontarse (por su carácter y su transmisión ininterrumpida) a la más remota antigüedad, los signos, símbolos y toques, la íntima esencia de las alegorías y el significado de las palabras que corresponden a los diferentes grados; aunque las alteraciones de las leyendas –en su forma exterior- puedan haber sido notables, sin embargo, por el medio elegido y reducido en el cual fueron transmitidas, por el aparato exterior, las pruebas y la fidelidad que se les pedían a los iniciados, siempre ha debido de reducirse a lo mínimo, y por ser más bien intencionales (es decir, causadas por necesarias adaptaciones) que causales.
Además, girando dichas alegorías alrededor de un mismo tema o Idea Madre fundamental, estas alteraciones han debido de ser más bien cíclicas, gravitando alrededor de un mismo punto y repasando, por consecuencia, más de una vez por una misma forma o por formas análogas.
A pesar del secreto que debió de caracterizar constantemente la actividad de la Orden, en las diferentes formas asumidas exteriormente, doquiera podemos encontrar algunos vestigios que confirman esta aserción: en los Templos sagrados de todos los tiempos y de todas las religiones, entre las estatuas, grabados, bajos relieves y pinturas; en los escritos que nos han sido transmitidos, en representaciones simbólicas de origen muy diferente, en las mismas letras del alfabeto, podemos encontrar varias trazas de una intención indudablemente iniciática o masónica (siendo los dos términos, hasta cierto punto, equivalentes); y alguna vez no aparecen en estas representaciones los mismos signos de reconocimiento.
Igualmente en la mitología, y en las leyendas y tradiciones que constituyen el folklore literario y popular, hay muchas trazas de los misterios iniciáticos, de aquella Palabra Perdida a la cual se refiere nuestra Institución, con su enseñanza esotérica revelada en una forma simbólica.
El aspecto esotérico de la religión –conocida exotéricamente- debe de haber conservado en todos los tiempos esta doble característica, cualquiera que haya sido la forma exterior particular en que se ha manifestado en los diferentes pueblos y en épocas diversas de la historia.
LA
DOCTRINA INTERIOR
Todos los pueblos antiguos conocieron, además del aspecto exterior o formal de la religión y de las prácticas sagradas, una enseñanza paralela interior o esotérica que se daba únicamente a los que se reputaban morales y espiritualmente dignos y maduros para recibirla.
El aspecto esotérico de la religión –conocida exotéricamente por los profanos- lo suministraban especialmente los llamados Misterios (palabra derivada de “mysto”, término que se aplicaba a los neófitos, y que significa etimológicamente mudo o secreto, refiriéndose evidentemente a la obligación de secreto, sellada por juramento, que se le pedía a todo iniciado), de los cuales la Masonería puede considerarse como heredera y continuadora, por medio de las corporaciones de constructores y otras agrupaciones místicas que nos transmitieron su Doctrina.
Esta Doctrina Interior –esotérica y oculta- es esencialmente iniciática, por cuanto se alcanzará únicamente por medio de la iniciación, es decir ingresando a un particular estado de conciencia (o punto de vista interior), pues sólo mediante él puede ser entendida, reconocida y realizada.
La Doctrina Interior ha sido siempre y sigue siendo la misma para todos los pueblos y en todos los tiempos. En otras palabras, mientras para los profanos (los que se quedan delante o fuera del Templo, es decir sujetos a la apariencia puramente exterior de las cosas) ha habido y hay diferentes religiones y enseñanzas, en aparente contraste las unas con las otras, para los iniciados no ha habido ni hay más que una sola y única Doctrina, Religión y Enseñanza: la Doctrina Madre Ecléctica o Religión Universal de la Verdad, que es Ciencia y Filosofía, al mismo tiempo que Religión.
De esta enseñanza iniciática, esotérica y universal, común a todos los pueblos, las razas y los tiempos, las diferentes religiones y las distintas escuelas han constituido y constituyen un aspecto exterior más o menos imperfecto e incompleto. Y las luchas religiosas siempre han caracterizado aquellos períodos en los cuales por la inmensa mayoría de sus dirigentes, fue perdida de vista aquella esencia interior que constituye el Espíritu de la religión, comprendiéndose únicamente el aspecto profano o exterior. Pues el fanatismo siempre ha sido acompañante de la ignorancia.
LOS
MISTERIOS
Hubo misterios instituidos en todos los pueblos conocidos por la historia en la era precristiana: en Egipto como en la India, en Persia, Caldea, Siria, Grecia y en todas las naciones mediterráneas, entre los druidas, los godos, los escitas y los pueblos escandinavos, en la China y entre los pueblos indígenas de América. Pueden observarse trazas de ellos en las curiosas ceremonias y costumbres de las tribus de África y Australia, y en todos los pueblos llamados primitivos, a los que tal vez, más justamente, deberíamos considerar como supérstites degenerados de razas y civilizaciones más antiguas.
Tuvieron fama especialmente los Misterios de Isis y de Osiris en Egipto; los de Orfeo y Dionisios y los Eleusinos en Grecia, y los de Mitra, que, desde Persia, se extendieron, con las legiones romanas, por todos los países del imperio. Menos conocidos y menos brillantes, especialmente en su período de decadencia y degeneración, fueron los de Creta y los de Samotracia, los de Venus en Chipre, los de Tammuz en Siria y muchos otros.
También la religión cristiana tuvo en el principio sus Misterios, como surge de los indicios de naturaleza inequívoca que encontramos en los escritos de los primitivos Padres de la Iglesia, enseñándose a los más adelantados un aspecto más profundo e interno de la religión, a semejanza de lo que hacía el mismo Jesús, que instruía al pueblo por medio de parábolas, alegorías y preceptos morales, reservando al pequeño círculo elegido de los discípulos –los que escuchaban y ponían en práctica la Palabra- sus enseñanzas esotéricas. La esencia de los Misterios Cristianos se ha conservado en las ceremonias que constituyen actualmente los Sacramentos.
Igualmente la religión musulmana, así como el Budismo y la antigua religión brahmánica, tuvieron y tienen sus Misterios, que han conservado y conservan hasta hoy muchas prácticas sin duda anteriores al establecimiento de dichas religiones, reminiscencia de aquellos que se celebraban entre los antiguos árabes, caldeos y arameos y fenicios, por lo que se refiere a la primera, y entre los pueblos del Asia Central y Meridional, por los segundos.
Aunque los nombres difieran, y difieran más o menos la forma simbólica y los particulares de la enseñanza y de su aplicación, ha sido característica fundamental y originaria de todos la transmisión de una misma Doctrina Esotérica, en grados distintos y sucesivos, según la madurez moral y espiritual de los candidatos, a los cuales se sometía a pruebas (muchas veces difíciles y espantosas) para reconocerla, subordinándose la comunicación de la enseñanza simbólica, y de los instrumentos claves para interpretarla, a la firmeza y fortaleza de ánimo demostradas en superar estas pruebas.
La propia Doctrina nunca ha variado en sí misma, aunque se haya revestido de formas diferentes (pero casi siempre análogas o muy semejantes) e interpretada más o menos perfecta o imperfectamente y de una manera más o menos profunda o superficial, por efecto de la degeneración, a la que con el tiempo sucumbieron los instrumentos o medios humanos a los cuales se había confiado. Esta unidad fundamental, así como la analogía entre los medios, puede considerarse como prueba suficiente de la unidad de origen de todos los Misterios de un mismo y único Manantial, del cual han derivado igualmente, o fueron inspiradas, las diferentes instituciones y tradiciones religiosas, y la Masonería, en sus formas primitivas y recientes.
LA UNIDAD
DE LA DOCTRINA
Esta Doctrina Madre Ecléctica que ha sido perpetuamente la Fuente inagotable de las enseñanzas más elevadas de todos los tiempos (faro de Luz inextinguible, conservado celosa y fielmente en el Misterio de la Comprensión y del Amor, que nunca dejó de brillar, aún en las épocas más oscuras de la historia, para los que han tenido “ojos para ver y oídos para oír”) es la propia Doctrina Iniciática manifestada en los Misterios Egipcios, Orientales, Griegos, Romanos, Gnósticos y Cristianos, y es la misma Doctrina Masónica que se revela por medio del estudio y la interpretación de los símbolos y ceremonias que caracterizan nuestra Orden.
Es la Doctrina de la luz interior de los Misterios Egipcios que se despertaba en el candidato y se hacía siempre más firme y activa en la medida en que él llegaba a osirificarse, o sea conocer su unidad e identidad con Osiris, el Primero y Único Principio del Universo. Y es la misma Doctrina de la Luz simbólica que los candidatos vienen a buscar en nuestros Templos, y que se realiza individualmente en la medida en que uno se aparta de la influencia profana o exterior de los sentidos, y busca en secreto entendimiento en lo íntimo de su ser.
Es la Doctrina de la Vida Universal que se encierra en el simbólico grano de trigo de Eleusis, que debe morir y ser sepultado en las entrañas de la tierra, para que pueda renacer como planta, a la luz del día, después de abrirse camino a través de la oscuridad en que germina. Y es la misma doctrina por la cual el candidato, habiendo pasado por una especie de muerte simbólica en el cuarto de Reflexión, renace a una vida nueva como Masón y progresa por medio del esfuerzo personal dirigido por las aspiraciones verticales que simboliza la plomada.
Es la Doctrina de la redención cristiana, que se consigue por medio de la fidelidad en la palabra, con la cual el Cristo o Verbo Divino (nuestra percepción interior o reconocimiento espiritual de la verdad) nace o se manifiesta en nosotros, y nos conduce, según la antigua expresión brahmánica, “de la ilusión a la Realidad, de las tinieblas a la Luz, de la muerte a la Inmortalidad”. Y es la misma doctrina del Verbo o Logos sobre la cual colocamos nuestros instrumentos simbólicos al abrirse la logia, es decir, al principiar la manifestación del Logos.
Es pues, siempre y doquiera, una misma enseñanza que se revela en infinitas formas, adaptándose a la inteligencia y capacidad comprensiva de los oyentes; una Doctrina secreta o hermética, revelada por medio de símbolos, palabras y alegorías que sólo pueden entender y aplicar en su real sentido los oídos de la comprensión; una doctrina vital que debe hacerse en nosotros carne, sangre y vida, para obrar el milagro de la regeneración o nuevo nacimiento, que constituye el Télos o “fin” de la Iniciación.
LA
JERARQUÍA OCULTA
El reconocimiento de la identidad fundamental de esta Doctrina en sus múltiples dispensaciones y manifestaciones exteriores, de la idéntica finalidad de éstas y de la identidad de los medios universalmente empleados para enseñarla, en sus distintas adaptaciones, a las diferentes circunstancias de tiempo y lugar, como sello de su origen común, nos hace patente la existencia de una Oculta Jerarquía, una Fraternidad de Sabios y Maestros, que ha sido a través de las edades su íntima, secreta y fiel depositaria, manifestándola exteriormente en formas análogas o diferentes, según la madurez de los tiempos y de los hombres.
Los orígenes de esta Fraternidad Oculta de Maestros de Sabiduría, llamada también Gran Logia Blanca (y, en la Biblia, Orden de Melkizedek), pueden trazarse hasta las primeras civilizaciones humanas, de las cuales estos Maestros, como Reyes-Sacerdotes Iniciados (según lo indica el mismo nombre genérico Melkizedek), fueron Reveladores e Instructores, puede decirse, desde la aparición del primer hombre sobre la tierra. Su existencia ha sido y puede ser reconocida por todos los discípulos adelantados, de los cuales los Maestros se han servido y se sirven para su Obra en el mundo.
Debemos a esta Jerarquía Oculta, formada por los genuinos Intérpretes, Depositarios y Dispensadores de la Doctrina Secreta, el primitivo establecimiento de todos los Misterios y de todos los cultos, en sus formas más antiguas, más puras y originarias, así como de la Institución Masónica, y de todo movimiento progresista y libertador.
Elevar y libertar a las
conciencias, conducir a los hombres desde las tinieblas de la ignorancia y
de la ilusión a la Luz de la Verdad, desde el vicio a la Virtud, desde la
esclavitud de la materia a la libertad del espíritu, ha sido siempre y es
constantemente la finalidad de estos Seres superiores, de estos verdaderos Maestros
Incógnitos en sus actividades en el mundo.
Todo Movimiento elevador y libertador debe considerarse, directa o indirectamente, inspirado por esta Jerarquía, formada por los que se elevaron y libertaron por sí mismos, sobreponiéndose a todas las debilidades, limitaciones y cadenas (que atan a la mayoría de nosotros y nos hacen otros tantos esclavos de la fatalidad o de la necesidad en apariencia, pero, en realidad, de nuestros mismos errores e ilusiones), y realizando así el verdadero Magisterio.
Por el contrario, todo movimiento (político, social u oculto) que tienda a limitar, esclavizar, entorpecer y adormecer la conciencia de los hombres tiene una opuesta y diferente inspiración, siendo obra manifiesta del Señor de la Ilusión, o sea el movimiento de reflujo de las olas espirituales. La libertad individual y el respeto pleno de la misma han sido siempre y son la característica de la línea derecha de la Evolución Ascendente, mientras esclavitud y coerción señalan el camino izquierdo o descendente.
LAS
COMUNIDADES MÍSTICAS
Al lado de las antiquísimas instituciones oficiales de los Misterios –protegidas por los reyes y gobiernos con leyes y privilegios especiales, por su reconocida influencia benéfica y moralizadora, e instintivamente veneradas por los pueblos- existieron en todo Oriente, y especialmente en la India, Persia, Grecia y Egipto, muchas comunidades místicas que, mientras por un lado pueden ser comparadas a los actuales conventos y órdenes monásticas, por el otro algunas de sus características las relacionan íntimamente con la moderna Masonería.
Estas comunidades –algunas de las cuales tuvieron, y otras no, carácter decididamente religiosas nacieron, evidentemente, de la necesidad espiritual de agruparse para llevar, al abrigo de las condiciones contrarias del mundo exterior, una vida común más conforme con los ideales e íntimas aspiraciones de sus componentes.
Las características de estas comunidades, que constituyen un trait d’union con nuestra Orden, se refieren igualmente a su doble finalidad operativa y especulativa –en cuanto se dedicaban igualmente a trabajos y actividades materiales, así como a los estudios filosóficos y a la contemplación-, a la iniciación como condición necesaria para ser admitidos en ellas, y a los medios de reconocimiento (signos, palabras y toques) que usaban entre sí y por medio de los cuales abrían sus puertas al viajero iniciado que se hacía reconocer como uno de ellos, y le trataban como hermano, cualquier que fuese su procedencia.
De estas místicas comunidades habla mucho Filóstrato en su vida de Apolonio de Tiana, basándose en los apuntes de Damis, discípulo (o, mejor dicho, compañero de viaje, pues por no ser Iniciado, casi siempre debía quedarse a la puerta de los Templos y Santuarios que no tenían misterios para su Maestro) del gran filósofo reformador del primer siglo de nuestra Era, que viajó constantemente de una a otra comunidad, así como de Templo en Templo de distintas religiones, en donde siempre encontró hospitalidad y acogida fraternal, compartiendo con ellos el Pan de la Sabiduría.
Las más conocidas fueron las de los Esenios entre los hebreos, de los Terapeutas del Alto Egipto, de los Gimnósofos en la India. Este último término –que significa literalmente sabios desnudos- parece muy bien aplicarse a los yoguis, en su triple sentido moral, material y espiritual, en cuanto se despojaban de toda su riqueza o posesión material, reducían su traje a lo más sencillo, y se desnudaban espiritualmente con la práctica de la meditación, que, en sus aspectos más profundos, es un despojo completo de la mente (la “Creadora de la Ilusión”) y de las facultades intelectuales, de las cuales está revestido nuestro Ego o Alma para su actuación como “ser mental”.
LAS
ESCUELAS FILOSÓFICAS
Tampoco hemos de olvidar, en esta sintética enumeración de los orígenes de la Masonería, las grandes escuelas filosóficas de la antigüedad: la vedantina en la India, la pitagórica, la platónica y la ecléctica o alejandrina en Occidente, las que, indistintamente, tuvieron su origen e inspiración en los Misterios.
De la primera diremos simplemente que su propósito fue la interpretación de los libros sagrados o Vedas (Vedanta significa etimológicamente fin de los Vedas), antiguas escrituras brahmánicas inspiradas, obra de los Rishis, “videntes” o “profetas”, con propósito claramente esotérico, como lo muestra su característica primitivamente advaita (“antidualista” o unitaria), con el reconocimiento de un único Principio o Realidad, operante en las infinitas manifestaciones de la Divinidad, consideradas éstas como diferentes aspectos de esta Realidad Única.
La escuela establecida por Pitágoras, como comunidad filosófico-educativa, en Crotona, en la Italia meridional (llamada entonces Magna Grecia), tiene una íntima relación con nuestra institución. A los discípulos se les sometía primeramente a un largo período de noviciado que puede parangonarse con nuestro grado de Aprendiz, en donde se les admitía como oyentes, observando un silencio absoluto, y otras prácticas de purificación que los preparaban para el estado sucesivo de iluminación, en el cual se les permitía hablar y que tiene una evidente analogía con el grado de Compañero, mientras el estado de perfección se relaciona evidentemente con nuestro grado de Maestro.
La escuela de Pitágoras tuvo una decidida influencia también en los siglos posteriores, y muchos movimientos e instituciones sociales fueron inspirados por las enseñanzas del Maestro, que no nos dejó nada como obra suya directa, en cuanto consideraba sus enseñanzas como vida y prefería, como él mismo decía, grabarlas (otro término característicamente masónico) en la mente y en la vida de sus discípulos, más bien que confiarlas como letra muerta al papel.[1]
Con relación a Pitágoras, cabe recordar aquí un curioso y antiguo documento masónico[2], en el cual se le atribuye al Filósofo por excelencia (fue él quien usó primitivamente este término, distinguiéndose como amigo de la sabiduría de los sofos o sofistas, que ostentaban, con un orgullo inversamente proporcional al mérito real, el de sabios) el mérito de haber transportado las tradiciones masónicas orientales al mundo occidental grecorromano.
De la escuela platónica y de su conexión con las enseñanzas masónicas, es suficiente que recordemos la inscripción que había en el atrio de la Academia (palabra que significa etimológicamente “oriente”), en donde se celebraban las reuniones: “Nadie entre aquí si no conoce Geometría”; alusión evidente a la naturaleza matemática de los Primeros Principios, así como al simbolismo geométrico o constructor que nos revela la íntima naturaleza del Universo y del hombre, y de su evolución.
La filiación de estas escuelas en los Misterios es evidente por el hecho de que Platón, como Pitágoras y todos los grandes filósofos de aquellos tiempos, fueron iniciados en los Misterios de Egipto y Grecia (o en ambos), y todos nos hablan de ellos con el más grande respeto, aunque siempre someramente, por ser entonces toda violación del secreto castigada por las leyes civiles hasta con la muerte.
De la escuela ecléctica o neoplatónica de Alejandría de Egipto diremos la doble característica de su origen y de su finalidad, en cuanto nació de la convergencia de diferentes escuelas y tradiciones filosóficas, iniciáticas y religiosas, como síntesis y conciliación de las mismas, desde aquel punto de vista interior en el cual se revela y se hace patente su fundamental unidad.
Esta tentativa de unificación de escuelas y tradiciones diferentes, por medio de la comprensión de la Unidad de la Doctrina que en ellas se encierra, fue renovada unos siglos después por Ammonio Saccas, constituyendo, además, un privilegio constante y universal característico de los verdaderos iniciados en todos los tiempos.
LA
ESCUELA GNÓSTICA
Directamente relacionada con la escuela ecléctica alejandrina, ha sido la tradición o escuela gnóstica del Cristianismo, considerada y perseguida después como herejía por la Iglesia de Roma.
El gnosticismo quiso conciliar y fundir hasta lo posible el cristianismo entonces naciente con las religiones y tradiciones iniciáticas más antiguas, sustituyendo al dogma (doctrina ortodoxa, de la cual se nos pide una aceptación incondicional como “acta de fe”) la gnosis (conocimiento o comprensión por medio de la cual se llega a la Doctrina Interior).
Según esta escuela, el Evangelio, a semejanza de todas las escrituras y enseñanzas religiosas, debe interpretarse en su sentido esotérico, es decir, como expresión simbólica y presentación dramática de Verdades espirituales.
El Cristo, más bien que una atribución personal de Jesús, sería el conocimiento o percepción espiritual de la Verdad que debe nacer y nace en todo iniciado, que se hace así su verdadero cristóforo o cristiano. El mismo Jesús sería también el nombre simbólico de este principio salvador del hombre, que lo conduce “del error a la Verdad y de la Muerte a la Resurrección”.
La misma Fe (pistis) se consideraba como medio para llegar a la Gnosis, más bien que la aceptación pasiva e incondicionada de alguna afirmación dogmática, presentada como una Verdad revelada.
A pesar de las interpolaciones posteriores, es cierto que el Evangelio, las Epístolas y el Apocalipsis de Juan revelan muy claramente un fundamento gnóstico (la misma doctrina o tradición gnóstica se decía instituida por los discípulos o secuaces de San Juan), y esta tradición gnóstica o juanítica representa en el Cristianismo el punto de contacto más directo con la Masonería.
LA CÁBALA
HEBREA
Las antiguas tradiciones orientales y herméticas encuentran en la Cábala y Alquimia dos nuevas encarnaciones occidentales que no fueron extrañas a los orígenes de la moderna Masonería.
La Cábala (del hebraico qabbalah, “tradición”) representa la Tradición Sagrada conocida por los hebreos, a su vez derivada de antiguas tradiciones caldeas, egipcias y orientales en general. Trata especialmente valor místico y mágico de los números y de las letras del alfabeto relacionado con principios numéricos y geométricos, que encierran en sí otros tantos significados metafísicos o espirituales, de los cuales aparece la íntima concordancia y la unidad fundamental de las religiones.
La antigüedad del movimiento cabalista, cerca de los hebreos, ha sido negada por algunos críticos modernos, pero generalmente se admite su existencia después de la captividad de Babilonia, haciéndose así manifiesta su afirmación de la doctrina de los magos caldeos. Especial importancia tienen en la cábala las palabras sagradas y Nombres Divinos, atribuyéndose a los mismos un poder que se hace operativo por su correcta pronunciación –doctrina común a todas las antiguas tradiciones, que también ha sido desarrollada de una manera racional en la Filosofía de la India, en donde el sonido o Verbo es considerado como un espectro de la Divinidad (Shabdabrahman).
ALQUIMIA
Y HERMETISMO
Como del Oriente asiático han venido las doctrinas cabalistas, al Egipto y a la tradición hermética (de Hermes Trismegisto o Thot, el fundador de los misterios egipcios) se hace remontar la Alquimia (palabra árabe que parece significar “la Substancia”) de los que se llamaban a sí mismos verdaderos filósofos.
El significado común y familiar del adjetivo hermético puede darnos una idea de la secreteza por medio de la cual los alquimistas acostumbran ocultar la verdadera naturaleza de sus misteriosas pesquisas. No debe por lo tanto extrañarnos si la mayoría sigue creyendo aún hoy que sus principales objetos fueran los de enriquecerse por medio de la piedra filosofal, que debía convertir el plomo en oro puro, y alargar notablemente la duración de su existencia, librándose al mismo tiempo de las enfermedades por medio de un elixir y de una milagrosa panacea.
En esa mística lapis philosophorum, sin embargo, nosotros los masones no podemos dejar de reconocer una particular encarnación, un estado de pureza, refinamiento y perfección de la misma piedra en cuyo trabajo principalmente consiste nuestra labor. Y cuando reflexionamos sobre el secreto simbólico, en el cual a nuestra semejanza envolvían sus trabajos, para ocultarlos a los profanos del Arte, no nos puede caber la menor duda de que, por encima de esas finalidades materiales, que justificaban para los curiosos sus ocupaciones, los verdaderos esfuerzos de todos los verdaderos alquimistas fueran dirigidos hacia objetos esencialmente espirituales.
La piedra filosofal no puede ser, pues, sino el conocimiento de la Verdad, que siempre ejerce una influencia transmutadora y ennoblecedora sobre la mente que la contempla y se reforma en su imagen y semejanza. Únicamente por medio de ese conocimiento, que es realización espiritual, pueden convertirse las imperfecciones, las pasiones y las cualidades más bajas y viles del hombre en aquella perfección ideal de la que el oro es el símbolo más adecuado.
Con esta clave se nos hace relativamente fácil entender el misterioso lenguaje que los alquimistas emplean en sus obras, y cómo la propia personalidad del hombre sea el atanor, mantenido al calor constante de un ardor duradero, en donde tienen que desarrollarse todas las operaciones.
El parentesco entre el simbolismo alquímico y el masónico aparece con bastante claridad en el grabado que reproducimos, sacado de una ilustración de la obra de Basilio Valentino sobre la manera de hacer el oro oculto de los filósofos y aportado por otros autores.
La Gran Obra de los alquimistas, y la que perseguimos en nuestros simbólicos trabajos, nos presentan, efectivamente, una idéntica finalidad común a todas las escuelas iniciáticas, ya sea en el significado místico de realización individual, como en una iluminada y bien dirigida acción social, que tiene por objeto el mejoramiento del medio y la elevación, el bien y el progreso efectivos de la humanidad.
TEMPLARIOS
Y ROSACRUCES
Las tradiciones herméticas orientales encontraron en Occidente otros tantos canales para su expresión, durante la Edad Media y el principio de la Edad Moderna, en las muchas sociedades y órdenes místicas y secretas, aunque aparentemente con diversa finalidad exterior, que se manifestaron aquí y allá, todas íntimamente relacionadas con la Tradición Iniciática y ligadas interiormente por la afinidad de los medios de manifestación y una identidad fundamental de orientación.
Entre estos movimientos, los dos más conocidos y que más han influido en la Masonería, son la Orden del Templo, que tuvo su apogeo y su período de esplendor en el siglo XIII, y la Fraternidad Rosacruz, que influyó especialmente en el siglo XVII.
La Orden de los caballeros del Templo nació de las Cruzadas y el contacto que se estableció con ocasión de las mismas entre los caballeros venidos del Occidente y las místicas comunidades orientales depositarias de tradiciones esotéricas. Como Orden fue fundada en 1118 por dos caballeros franceses, Hugues de Payens y Godefroid de St. Omer, con el fin de proteger a los peregrinos que iban a Jerusalén después de la Primera Cruzada.
Los caballeros hacían los tres votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, como las demás órdenes religiosas, y la Orden comprendía en sí misma un cuerpo eclesiástico propio, dependiente directa y únicamente del Gran Maestro de la Orden y del Papa. Así los místicos secretos de los cuales la Orden se hizo depositaria podían ser guardados con toda seguridad.
El secreto en el cual se desarrollaban las ceremonias de recepción, y se comunicaban los misterios a los que se reputaban dignos y maduros para poseerlos, fue el pretexto de las acusaciones de inmoralidad y herejía que se hicieron a la Orden, siendo en realidad motivadas estas acusaciones por la ignorancia, el celo y la codicia de su inmensa riqueza. Esta última fue principalmente la razón que llevó a Felipe el Hermoso, rey de Francia, en el año 1307, a aprehender sin previo aviso a todos los Templarios, que fueron torturados y juzgados muy sumariamente por el Tribunal de la Inquisición, con el preciso intento de acabar con la Orden, cuyo fin fue sellado trágicamente en 1314 (cuatro meses después de su abolición privada por obra del pontífice) por la bárbara muerte inflingida a su Gran Maestro Jacques de Molay, que fue quemado vivo delante de la catedral de Nôtre Dame de París.
También el movimiento filosófico conocido con el nombre de Fraternitas Rosae Vía tuvo sus orígenes en el contacto de Occidente con el Oriente, y con las secretas tradiciones que aquí pudieron conservarse más libre y fielmente: Cristian Rosenkreutz, su místico fundador, nació, según la tradición de la cual se habla en la Fama Fraternitatis, en 1378, y muy joven viajó por Chipre, Arabia y Egipto, donde le fueron revelados muchos importantes secretos, que llevó consigo a Alemania, donde fundó la Fraternidad, destinada a reformar a Europa. Después de su muerte fue sepultado secretamente en una tumba preparada expresamente para él, que debía permanecer desconocida para los miembros de la misma Fraternidad, hasta que fue casualmente descubierta, leyéndose en la misma la inscripción: Post CXX años patebo.
Esta historia, así como los secretos y maravillas que se encuentran en la tumba, es evidentemente simbólica de la Tradición Iniciática de la Sabiduría, personificada por el mismo Cristian Rosenkreutz, que viene del Oriente al Occidente, y se conserva celosamente en su tumba hermética, en donde la buscan y la encuentran sus adeptos, los fieles buscadores de la Verdad.
En cuanto a la influencia de estos dos movimientos sobre la Masonería, que es la que por el momento más nos interesa, es cierto que no solamente muchas tradiciones templarias y rosacruces encontraron su camino en nuestra Orden, sino que también se hizo ésta la intérprete y natural heredera de sus finalidades, ideales y de la Gran Obra que constituye el fin de todas las diferentes tendencias: hermetistas, templarios, rosacruces y filósofos siempre han debido fraternizar con los masones, y de esta comunión espiritual ha nacido la Masonería según hoy la conocemos.
ESPÍRITU,
ALMA Y CUERPO
Podemos considerar estas fraternidades y movimientos como el alma multiforme del Espíritu Uno de la Tradición Universal, que ha venido directamente y sin interrupción hasta nosotros de los antiguos Misterios. Así, por lo que se refiere a su espíritu iniciático como a la tradición que le anima (y de la cual es heredera y continuadora), los orígenes de nuestra Institución no pueden ser más gloriosos, siendo nosotros, como Masones, los herederos de los antiguos Reyes-Sacerdotes (simbolizados por Melquizedek y Salomón) y de los Grandes Iniciados de todos los tiempos.
Y en cuanto se refiere al cuerpo en el cual esta Alma tradicional se ha encarnado –es decir, a la forma que domina exteriormente nuestra Institución, que ha sido tomada particularmente del Arte de Construir-, nuestros orígenes no son menos gloriosos, ya que se relacionan directamente con el origen de toda civilización, como la causa con su efecto natural.
Conocemos, por el estudio que hemos hecho en las páginas precedentes, algo de su alma, que es la tradición y Finalidad, comunes a las diferentes órdenes, escuelas, movimientos, sociedades y comunidades que acabamos de examinar –un Alma formada por las más elevadas aspiraciones humanas y expresada constantemente en términos de comprensión, tolerancia y amor fraternal.
Veamos ahora cómo también el cuerpo exterior de la institución tiene sus orígenes en los tiempos de la más remota historia y de la prehistoria humana, habiendo dejado sus huellas en todas las grandes obras y monumentos que han llegado hasta nosotros de las épocas pasadas.
EL “ARS
STRUCTORIA”
Entre todas las artes, la Arquitectura ha sido venerada y practicada en todos los tiempos como un arte especialmente divino. No debemos maravillarnos de la especial consideración en que siempre ha sido tenida, por estar la construcción material íntimamente relacionada con la forma exterior de toda civilización, de la cual puede considerarse al mismo tiempo como causa, medio, condición necesaria y expresión natural.
La casa representa el principio de la vida civil y no carece de razón, sin duda, el que la segunda letra del alfabeto hebraico (que constituye la inicial de la palabra sagrada del Aprendiz) signifique exactamente “casa”, derivando su forma del jeroglífico simbólico de la misma. La Casa representa así la primera letra o principio de la civilización, mientras su interpretación esotérica en relación con las demás letras de la Palabra nos da otro significado más propio para el Aprendiz, que estudiaremos más adelante.
Cuando los hombres tuvieron casas o abrigos protectores, y cuando los muros de las ciudades constituyeron para éstas la base de la seguridad, fue cuando pudieron desarrollarse las artes, las ciencias y las instituciones sociales.
Entonces, elevándose la atención y las aspiraciones de los hombres desde el reino de los efectos al de las causas, o desde la apariencia exterior a la realidad interior que en ella se esconde y la anima, fue cuando nació la idea y se sintió la necesidad de construir un Templo, de levantar un edificio o signo exterior del reconocimiento interior de la Causa Trascendente, de los efectos visibles.
Esta aspiración interior constituye el principio de toda iniciación, o ingreso en una manera superior de pensar, de ver y considerar las cosas. Por lo tanto, podemos decir que la Masonería tuvo tanto moral como materialmente el origen en el primer Templo que se levantó en reconocimiento de la Divinidad, y que el primer Masón fue quien lo levantó, a pesar de lo rudo y elemental que fuera este Templo primitivo, que bien pudo haber consistido en una sola columna, o tronco de piedra o de madera, cuya tradición fue perpetuada en seguida en los obeliscos.
MASONERÍA
OPERATIVA Y ESPECULATIVA
Es evidente, pues, que el elemento espiritual (especulativo o devocional) y el material (operativo o constructivo) se hallan íntimamente unidos desde el momento en que primero se concibió y se realizó la idea de un Templo, como signo exterior de un reconocimiento interior, y que la Masonería surgió espontáneamente de esta idea de levantar o establecer un signo a la Gloria del Principio o Realidad interiormente reconocidos, pues si los masones en el sentido material fueron “constructores” en general, siempre han sido más particularmente los que han elevado Templos para el espíritu.
Teniendo presentes estas consideraciones, no hay nada de sorprendente en la transformación de la masonería operativa en especulativa, es decir, de cómo una Institución Moral y Filosófica haya podido desarrollarse sobre un arte material, tomando el lugar de las corporaciones medievales y continuándolas.
Ambos elementos –operativo y especulativo- estuvieron juntos desde un principio, y ello se evidencia en el desarrollo cíclico que hace prevalecer, según los momentos históricos y las necesidades de una época, una u otra tendencia, uno u otro de estos dos aspectos de nuestra Institución, tan inseparables como las dos columnas que dan acceso a nuestros Templos.
Además de que constituye el sello de su origen, la construcción en general –y la de un templo en particular- se ha prestado siempre y se presta admirablemente como símbolo interpretativo de la actividad de la Naturaleza, pudiéndose considerar el Universo como una Gran Obra, como un Templo y al mismo tiempo un Taller de Construcción, dirigida, inspirada y actualizada por un Principio Geométrico, cuyas diferentes manifestaciones son las leyes naturales que lo gobiernan y las fuerzas que, según estas leyes, producen diferentes efectos visibles.
Esta Obra de Construcción puede el hombre observarla en sí mismo, en su propio organismo físico (muchas veces parangonado con un templo), así como en su íntima organización espiritual, en el mundo interior de sus ideas, pensamientos, emociones y deseos. Todo hombre viene a ser así un microcosmo o “pequeño universo” y un Templo (análogo al Gran Templo del Universo que constituye el Macrocosmo), individualmente levantado “a la Gloria” del Principio Divino o espiritual que lo anima.
A esta Obra universal que se desarrolla igualmente dentro y fuera de nosotros, en la cual todo ser participa por lo general inconscientemente con su propia vida y actividad, el Masón –o sea el iniciado en los Misterios de la Construcción- tiene el privilegio y el deber de cooperar conscientemente, convirtiéndose en obrero inteligente y disciplinado del Gran Plan que constituye la evolución.
Así pues, el Ars Structoria es, para quienes saben interpretarla y realizarla, la verdadera Ciencia y Arte Real de la Vida, el divino privilegio de los iniciados que la practican especulativa y operativamente; dos aspectos íntimamente unidos e inseparables, aunque puedan manifestarse en diferentes formas, según la evolución particular del individuo. Y no hay altura o elevación del pensamiento o del plano de conciencia individual que no pueda ser interpretado, o al cual no puedan útilmente aplicarse las alegorías, los emblemas y los instrumentos simbólicos de la Construcción.
LAS
CORPORACIONES CONSTRUCTORAS
Ninguna actividad, arte u obra importante puede ser el resultado de los esfuerzos y de la experiencia de un individuo aislado. Por consecuencia, los primeros constructores debieron necesariamente agruparse, sea para el aprendizaje y el perfeccionamiento (en los que se aprovecha la experiencia de los demás), como para el ejercicio y la práctica ordinaria del Arte, agregándose cada cual a otros miembros como ayudantes o aprendices, quienes debían cooperar en las más rudas tareas sin conocer todavía los principios y secretos que se adquieren con el tiempo, el esfuerzo y la aplicación.
La división en Aprendices, Compañeros y Maestros hubo de ser espontánea en cualquier agrupación de obreros para un intento constructivo, debiéndose distinguir los manuales y novicios, que no podían poner más que su fuerza, su buena voluntad y sus facultades todavía indisciplinadas, de los obreros que ya conocían los principios del arte, cuya actividad podía ser utilizada más provechosamente, y éstos de los obreros consumados o perfectos que ya lo dominaban y estaban capacitados para ejecutar cualquier obra, así como para dirigir y enseñar a los demás.
Como la unidad de una tarea requiere siempre una correspondiente unidad de concepto y de dirección, es claro también que estas tres categorías tuvieron que estar fielmente disciplinadas (en el doble sentido intelectual y moral de la palabra disciplina, es decir, tanto en la teoría como en la práctica) bajo una Autoridad reconocida como tal, por su experiencia y conocimientos superiores, elegida o propuesta sobre ellos, el Magíster por excelencia, o Arquitecto, a cuya iniciativa y directa responsabilidad se encomendaba evidentemente la obra, un Maestro Venerable entre los Maestros del Arte, al cual todos los demás debían respeto y obediencia.
Así toda corporación constructora o agrupación de obreros para un fin determinado debió constituirse espontáneamente a semejanza de nuestras Logias, necesitándose, además del Maestro Arquitecto, director de la Obra, uno o dos Vigilantes que lo ayudaran y pudieran sustituirlo en caso de necesidad, y otros miembros que tuvieran cargos y atribuciones especiales, distintos de los demás.
La primera logia fue constituida, consecuentemente, por el primer grupo de constructores que juntaron disciplinadamente sus esfuerzos para alguna obra importante, o para la realización de un Ideal común. Y como las reglas morales son necesarias para el orden, la disciplina y la eficiencia en toda actividad material, es evidente que éstas debieron ser inseparables de las normas y reglas propias del Arte. El conjunto de estas normas y reglas, que constituían una necesaria disciplina para los que se admitían para tomar parte en la Obra, o como miembros de la corporación, formó la característica de la Orden, pues sin ella no hubiera podido haber ningún orden verdadero y la aceptación de esta disciplina debió naturalmente exigirse como condición preliminar para ser admitido en la Orden.
LA
“RELIGIÓN” DE LOS CONSTRUCTORES
En las especulaciones, cultos y tradiciones primitivos, todo tiende a la unidad: poderes y atribuciones que hoy se distinguen cuidadosamente, como por ejemplo el eclesiástico y el civil, el legislativo y el judicial, estaban ayer en manos de una misma autoridad. Así el mundo antiguo nos dio el ejemplo de los Reyes-Sacerdotes que juntaban en sí diferentes representaciones y poderes que se consideran hoy enteramente desglosados.
Igualmente la Religión formaba entonces parte de la vida, y las instituciones civiles y religiosas se entrelazaban mutuamente, constituyendo un conjunto casi inseparable. Por eso, en las primitivas corporaciones constructoras, el elemento religioso-moral se debió considerar como formando una unidad con el elemento artístico-operativo, desarrollándose y transmitiéndose igualmente, en estas corporaciones, los secretos del arte y ciertas especiales tradiciones religiosas.
Nótese, con respecto a esto, que la misma palabra religión se identifica, en su significado originario, con la de tradición, indicando simplemente “lo que es legado o se transmite”. También la Masonería en este sentido es religión aunque no una religión: la religión operativa y especulativa, simbólica e iniciática, nacida espontáneamente en las primeras corporaciones constructoras, a medida que sus adeptos se esforzaban en divinizar su Arte, convirtiéndose en vehículos y medios de los cuales pudo aprovecharse la Jerarquía Oculta para sus enseñanzas, encontrando en ese medio un terreno particularmente fértil para sembrar la mística semilla de la Sabiduría.
También el carácter particular de las corporaciones que se especializaron en la construcción de Templos hizo que éstas se identificaran, en las diferentes épocas de la historia, con distintas tradiciones religiosas, y en algunos casos con los mismos Misterios (a los cuales algunos entre ellos debieron ser admitidos como participantes), y no hay que maravillarse si se asimilaron muchas enseñanzas esotéricas, transmitidas como secreto patrimonio entre los maestros del Arte.
Fuera de duda está que, en cualquier período de la historia, las corporaciones constructoras aparecen poseedoras de secretos y alegorías, algunos de los cuales provienen de una época remotísima, y otros representan antiquísimas tradiciones revestidas de nombres y formas simbólicas más recientes.
Mientras que, por otro lado, bien sabemos que todas tuvieron reglas y modalidades particulares para la dúplice transmisión del secreto material del arte y de su interpretación especulativa, así como para la admisión de candidatos como aprendices, exigiéndoseles el ser “libres y de buenas costumbres”, dando pruebas definidas de moralidad, diligencia y capacidad para la obra.
Esta “religión de los constructores” hubo de ser una religión eminentemente moral, es decir una ética individual aplicada a la vida, como lo demuestra la Tradición Masónica, que más directamente la continúa.
EL GRAN
ARQUITECTO
El concepto de un Gran Arquitecto, o Principio Divino Inteligente que constituye el foco espiritual y la Base Inmanente de la Gran Obra de la Construcción particular y universal, ha representado sin duda en todos los tiempos el fundamento de la Religión de los Constructores.
Este mismo concepto constituye el Principio Cardinal de la Masonería Moderna, pues no tienen valor masónico los trabajos que no sean hechos “a la gloria” de este Principio, es decir, con el fin de que la espiritualidad latente en todo ser y en toda cosa encuentre por medio de los mismos su expresión o manifestación más perfecta.
Se trata, sin embargo, de un concepto eminentemente iniciático, es decir, en el cual ingresamos progresiva y gradualmente a medida que nuestros ojos espirituales se abren a la luz masónica. Así pues, mientras en el principio se deja a cada masón en libertad de interpretar esta expresión de Gran Arquitecto según sus particulares ideas filosóficas, opiniones y creencias (teístas como ateístas, considerándose en este último caso el Gran Arquitecto como expresión abstracta de la Ley Suprema del Universo), se le conducirá después gradualmente, por medio de su propio trabajo interno o del esfuerzo personal con el cual se consigue todo progreso, a un reconocimiento más perfecto, a una realización más íntima y profunda de este Principio, al mismo tiempo inmanente y trascendente, que constituye la base y esencia íntima de todo lo existente.
Alrededor de esta idea central (cuyo carácter iniciático la diferencia de todo concepto o creencia dogmáticos) se han agrupado, como en torno de su centro natural, las diferentes tradiciones, símbolos y misterios que constituyen otras tantas aplicaciones y expresiones del Principio Fundamental a la interpretación de la vida y a su perfeccionamiento.
De esta manera, sin imponer opinión o creencia alguna, pero dejándole a cada cual en libertad de interpretar esta expresión simbólica según su particular educación y sus convicciones, todos son conducidos naturalmente hacia una misma Verdad, esforzándose en penetrar cada cual más adentro, llegando al fondo de su propia visión y creencia, que (como todas) tiene que ser tolerada, respetada e interpretada como uno de los infinitos caminos que conducen a la Verdad.
LAS
PRIMERAS CORPORACIONES
Esta digresión sobre uno de los puntos fundamentales de la Masonería nos ha parecido necesaria para mostrar el carácter iniciático, ecléctico y universal de la Orden en sus mismos conceptos y símbolos en apariencia más vulgares, pero que encierran en sí un propósito y una profunda doctrina.