
![]()
Salomón, hijo de David, resuelto a levantar al
Eterno el templo que su padre había proyectado, rogó a Hiram, rey de Tiro, que
le proporcionara materiales necesarios para tan gigantesca empresa. Hiram aceptó
gustoso y envió a un arquitecto, célebre por su raro talento, para que
dirigiera la construcción. Este sabio arquitecto se llamaba Hiram- Abí, y era
hijo de un Tirio y de una mujer de la tribu de Nepthalí.
El número de obreros ascendía a 183.000, llamados
prosélitos o extranjeros admitidos, es decir, iniciados, Hiram los distribuyó
en tres clases: 70.000 aprendices, 80.000 compañeros y 3.300 maestros. Cada una
de estas clases tenía sus misterios y secretos, reconociéndose entre si por
medio de ciertas señales, palabras y toques peculiares a cada grado. Los
aprendices recibían su salario en la columna B, los compañeros en la columna J,
y los maestros en la cámara del medio. Los pagadores no entregaban el salario
sin examinar escrupulosamente en su grado a cada uno de los que se presentaban.
Ya la construcción del templo se hallaba casi
terminada y tres compañeros u oficiales que no habían podido pasar aún a
maestros e ignoraban por consiguiente las palabras, signos y toques de este
grado, resolvieron sorprender a Hiram y arrancárselos por la fuerza para pasar
luego por maestros en los otros países y tener derecho a la paga de su clase.
Con este fin, sabiendo que Hiram iba todos los días al templo a hacer sus
oraciones mientras los obreros descansaban, se pusieron un día en acecho y
cuando le vieron entrar se apostaron en cada una de las puertas, uno en la del
Mediodía, otro en la de Occidente y otro en la de Oriente.
Concluidas sus oraciones, se dirigió Hiram hacia la
puerta del Mediodía. El oficial allí apostado le pidió las palabras y secretos
del grado de maestro. Hiram se negó, y el oficial, irritado con esta
resistencia, le asestó un golpe en la nuca con la regla. Hiram-Abí trató de
huir por la puerta de Occidente, pero allí encontró al segundo compañero, que
le pidió la palabra de maestro. Rehusando Hiram acceder a los deseos del
oficial, éste le dio un fuerte golpe en el pecho con una escuadra de hierro.
Entonces el maestro, reuniendo sus fuerzas, trató
de salvarse por la puerta de Oriente, pero allí encontró al tercer oficial, que
le hizo la misma intimación que los otros dos. Se obstinó Hiram en callar, y
queriendo huir, el oficial descargó con un martillo tan fuerte golpe sobre su
frente, que le dejó muerto.
Reunidos los tres asesinos, se ocuparon en hacer
desaparecer las huellas del crimen. Ocultaron el cadáver bajo un montón de
escombros y cuando llegó la noche le sacaron de Jerusalén y le enterraron lejos
de la ciudad, en la cumbre de una montaña.
Pronto fue echado de menos el sabio arquitecto, y
Salomón ordenó que nueve maestros se ocupasen exclusivamente en buscarle.
Tomaron éstos distintas direcciones, y al día siguiente llegaron varios al
Líbano. Uno de ellos, rendido de fatiga, se tendió sobre un cerrillo y observó
al poco rato que la tierra estaba removida. Participó a sus compañeros esta
observación, en vista de lo cual cavaron en aquel paraje, encontrándose un
cadáver, que reconocieron con dolor ser el de Hiram-Abí. Depositaron de nuevo
el cuerpo en la fosa, le cubrieron de tierra y regresaron a Jerusalén, donde
dieron cuenta a Salomón del resultado de las pesquisas. Para reconocer el sitio
donde Hiram estaba enterrado, cortaron una rama de acacia, que plantaron encima
de la sepultura.
Salomón dispuso que los nueve maestros hiciesen la
exhumación del cuerpo y lo transportaran a Jerusalén. Les recomendó que
buscasen sobre el cadáver la palabra de maestro, y que de no hallarse, pusiesen
mucho cuidado en observar el primer gesto que se hiciese y las primeras
palabras que se profiriesen a la vista del cadáver, a fin de que fuesen en lo
sucesivo los signos y palabras de maestro. Se revistieron los hermanos con sus
mandiles y guantes blanco, marcharon al Líbano e hicieron la exhumación.
Se trató inmediatamente de averiguar quiénes eran
los autores del crimen. La ausencia de tres compañeros no dejó duda acerca de
los asesinos. Un desconocido se presentó a Salomón y le dijo en secreto el
lugar donde se refugiaban.
Salomón convocó durante la noche al consejo
extraordinario de los maestros, y les dijo que necesitaba nueve de entre ellos
para desempeñar una comisión delicada; pero que constándole el celo y valor de
todos y no queriendo dar la preferencia a ninguno, la suerte decidiría quiénes
iban a ser los elegidos. Se hizo así y el primero designado por la suerte,
llamado Joabén, fue nombrado jefe de la comitiva.
En seguida Salomón despidió a los demás maestros y
expuso a los nueve el descubrimiento que un desconocido le acabada de hacer.
Los elegidos concertaron las medidas que deberían tomar, adoptaron por palabra
de reconocimiento el nombre principal de los asesinos, y salieron de la ciudad
antes de amanecer. Guiados por el desconocido caminaron hacia Joppa, y a las 27
millas llegaron a la caverna de Ben-Acar, donde los asesinos se ocultaban.
Dos hombre que caminaban hacia la caverna, al ver a
la comitiva emprendieron la fuga por entre las rocas. Reconocidos en esto
culpables, se les persiguió largo tiempo, hasta que, viéndose próximos a ser cogidos,
se precipitaron a un barranco, donde los maestros los hallaron expirando.
Mientras tanto, Joabén, el jefe de la expedición, viendo que el perro del guía
se dirigía a la caverna, como siguiendo la pista de alguno se precipitó detrás.
Una escalera de nueve peldaños le condujo al fondo de la gruta, donde a la luz
de una lámpara distinguió al tercer asesino que se disponía a descansar.
Viéndose descubierto este desgraciado, lleno de terror ante la visita de un
maestro a quien reconoció, se hirió con un puñal en el corazón. Los elegidos
dejaron los cuerpo de los asesinos tendidos en el campo para que sirviesen de
pasto a las fieras, llevándose las cabeza, que estuvieron expuestas por espacio
de tres días en el interior de los trabajo con los instrumentos que sirvieron
para cometer el crimen. Después fueron consumidas por el fuego y los
instrumentos hechos pedazos. Satisfecho Salomón de la conducta de los nueve
maestros, les agregó otros seis, y dispuso que en adelante llevasen el nombre
de elegidos. Diose por diviso una banda negra que se sostenía en el hombro
izquierdo y terminaban en la cadera derecha, de cuyo extremo pendía un puñal
con una empuñadura de oro.
Las palabras, señales y toques de reconocimiento
fueron análogos a la acción que iban a
ejecutar. En lo sucesivo su empleo fue la inspección general de los trabajo y
de los masones. Cuando era necesario proceder en juicio contra alguno de éstos,
el rey los convocaba en lugar reservado. El desconocido que les sirviera de
guía en su expedición era un pastor, que entró en el cuerpo de los masones,
llegando con el tiempo a pertenecer al número de los elegidos.
En estos hechos se apoya el cuarto grado de la
Masonería. Ya los trabajos de la edificación del templo estaban para concluirse
y apenas quedaba otra cosa que hacer sino consignar en lugar seguro y secreto
el nombre del Gran Arquitecto del Universo, según era conocido desde su
aparición sobre el monte Oreb en un triangulo radiante. Este nombre era
ignorado por el pueblo y se conservaba por tradición que se hacía una vez al
año, pronunciándolo el gran sacerdote rodeado de todos que podrían oírle.
Durante la ceremonia se invitaba al pueblo a que
gritase y aplaudiese, evitando poder ser oída la palabra por profanos. Salomón
hizo practicar en la parte más oculta del templo una bóveda secreta, en el
centro de la cual colocó un pedestal triangular. Se bajaba a ella por una
escalera de veinticuatro gradas dividida en tramos de tres, cinco, siete y
nueve, y no era conocida más que del rey y de los maestros que en ella habían
trabajado.
Hiram había grabado la palabra sobre un triángulo
de oro puro que llevaba siempre pendiente del cuello; colocada sobre el pecho
la superficie en que la palabra estaba grabada. Cuando le asesinaron tuvo
tiempo para desprenderse de este triángulo y arrojarlo en un pozo que estaba en
el extremo Oriente, hacia la parte del Mediodía. Salomón ordenó que hiciesen
pesquisas para averiguar el paradero de la preciosa Joya.
Pasaban un día tres maestros junto al pozo en la
hora del mediodía, y observaron que los rayos del sol, que caían
perpendicularmente en el Pozo, hacían brillar un objeto en su fondo. Uno de
ellos hizo que los otros dos le bajasen y encontró el delta que se buscaba.
Llenos de alegría, se presentaron a Salomón, que a la vista del triángulo dio
un paso atrás levantando los brazos y exclamando: Ya está aquí la palabra
de....¡Gracias a Dios!
Llamó enseguida a los quince elegidos y a los nueve
maestros que habían construido la bóveda secreta y acompañado de los tres que
habían encontrado el delta, descendió a la bóveda. El triángulo fue incrustado
en medio del pedestal y cubierto con una piedra de ágata de forma cuadrangular.
En la cara superior de esta piedra se grabó la
palabra sustituida, y en la inferior todas las palabras de los diferentes
grados de la Masonería. Salomón declaró a los 27 maestros elegidos la antigua
ley que prohibía pronunciar la palabra del Gran Arquitecto y recibió de ellos
el juramento de no revelar lo que acababa de suceder. Se colocaron delante del
triángulo tres lámparas de nueve flameros cada una, y se selló la entrada de
aquel lugar, que fue conocida con el nombre de la bóveda sagrada.
Este secreto quedó entre los 27 elegidos y sólo fue
transmitido a sus sucesores. Juraron eterna alianza, y Salomón, en señal, des
dio un anillo de oro. Después de la muerte de este rey se gobernaron por si
mismo siguiendo sus leyes dirigidas a la conservación de la obra.
Nabucodonosor, el decimoctavo año de su reinado, puso sitio a Jerusalén, y
después de una tenaz resistencia, los habitantes, rendidos de hambre y de
fatiga, demolidas las fortificaciones, a pesar de la vigilancia y actividad de
los masones libres, la ciudad fue tomada a los dieciocho meses de sitio.
Los principales de la ciudad con sus tesoros, y el
rey Sedecías con su familia, se refugiaron en el templo; los masones intentaron
una nueva resistencia, pero no pudieron resistir ala superioridad numérica de
sus enemigos. Nabucodonosor ordenó a su general Naburzan que destruyese la
ciudad y el templo hasta en sus cimientos, y fueran los habitantes conducidos
cautivos a Babilonia. Esto sucedía el año 606 antes de J.C.
Los vencedores, para humillar más a los vencidos,
les pusieron cadenas de eslabones triangulares, significando así el desprecio con
que miraban el delta. Inmenso el dolor que los masones experimentaron, no por
verse cautivos, sino por contemplar profanado y demolido el templo, la obra más
grande y magnífica que la mano del hombre levantara hasta entonces a la gloria
del Gran Arquitecto del Universo.
Después de setenta años de cautiverio, Ciro
concedió libertad a los judíos, y les restituyó los tesoros del templo.
Zorobabel, descendiente de los primeros de Judea, honrado por Ciro con el
título y distintivo de caballero de su Orden, se puso a la cabeza del pueblo
judío, y el 22 de marzo emprendió la marcha hacia Jerusalén.
Llegado a los márgenes que separan Asiría de Judea,
hizo construir un puente para que el pueblo pudiese pasar. Pero entretanto los
pueblos de las comarcas opuestas se coaligaron contra ellos y les atacaron s u
paso por el puente, Zorobabel en la refriega perdió el distintivo de honor con
el que Ciro le había condecorado; pero armado de una espada que sólo con la
vida podía perder, y ayudado de los bravos masones que le seguían, derrotó a
los enemigos y entró en Jerusalén, Muchos naturales de esta ciudad, escapados
del cautiverio, vagaban por todas partes en el estado más miserable. Había
entre éstos algunos elegidos, que se unían en secreto, a fin de practicar las ceremonias
de su Orden y conservar las tradiciones. Al destruir el templo, no había sido
hallada la bóveda secreta. Los elegidos la buscaron y se apoderaron del
triángulo que fundieron para no verlo profanado si caía en manos de los
enemigos; rompieron la piedra ágata, y transmitieron sus secretos por
tradición. Nombraron un jefe que presidiese sus asambleas, y continuaron sus
reuniones.
Zorobabel fue admitido en la confraternidad por
Ananías, jefe de los masones. En seguida dispusieron reedificar el templo, y
siendo molestados por los enemigos, trabajaban sin abandonar las armas. A
consecuencia de esto, los obreros tuvieron siempre la espada en la mano y la
trulla en la otra.
Después el templo fue destruido por los romanos el año
70 de Jesucristo; y los masones, si bien permanecieron ocultos, no se
desunieron., Se propagaron sí por todo el mundo, dándose a conocer por sus nuevos trabajos.
