EL GRIAL, LA MUJER Y EL CÓDIGO DA VINCI

 

 

Nelson Ospina Franco

Ibagué Septiembre 22/2006

Logia Estrella del Combeima N° 7

 

Dedicada a mi mamá, Aura Franco de Ospina en su transito al Oriente Eterno.

 

CONTENIDO

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Frente al  éxito alcanzado por el libro de Dan Brown “El Código Da Vinci”, el mayor best seller de los tiempos modernos, los  escritores y aún los cineastas han sentido toda la envidia del mundo, pues, frente a éste fenómeno de masas, no han logrado ver más allá de su critica castrada racionalista, pues al ser conciente o inconscientemente iconoclastas, agnósticos y ateos, no ven en el libro en mención, más que mala literatura, o en el caso de la película, mal cine, a pesar de lo cual el libro se sigue traduciendo y leyendo por millones y la película produciendo recaudos igualmente millonarios. ¿Que pasa allí, por qué esta obsesión por  los Templarios, las Cruzadas, la Magdalena y las sociedades secretas? ¿Acaso el éxito del libro es por su contenido literario o es otra cosa la que atrae a los lectores?

 

Las respuestas han sido elusivas, pues desgraciadamente el pensamiento dominante en el mundo moderno: el racionalista, no tiene en sí mismo respuesta alguna para éstos temas, lo único que logra frente a él, es hacerlo económicamente más rentable, publicando libros y haciendo videos, como se ha visto con el “Código Da Vinci”. Libros de códigos sobre el código y biografías de Da Vinci; más un  multitudinario turismo por la geografía del código, y en los canales de TV: History Channel, Nacional Geographic y Discovery, nos atosigan con “n” programas sobre los temas del libro.

 

Hasta la misma Iglesia Católica se vino lanza en ristre contra el libro, tontamente a ciegas, que tristeza, ya no manejan  un tema de su más pura entraña histórica y espiritual. Claro que no es de extrañar, pues de ella fueron expulsadas, hace setecientos años, las formas míticas de carácter esotérico que le dieron luz al ciclo espiritual del Grial, hijas del pensamiento mítico-poético, hijas del lenguaje simbólico, sin el cual es imposible descifrar lo que hay detrás del éxito editorial de Dan Brown.

 

Cuando hablamos del pensamiento dominante, queremos decir: primero, que esta forma de pensamiento no es única, solo es una entre otras formas de pensar, segundo, que las estructuras sociales dominantes: políticas y académicas, han erigido en Diosa a la Razón positiva y lo han hecho cristianamente, de una manera monoteísta, solo aceptan como diosa exclusiva del pensamiento a la Diosa Razón. No aceptan ellos que allí, en el campo del  pensamiento, hallan otras formas de pensar la realidad distintas a las verbales abstractas,  a regañadientes aceptan que la humanidad arcaica pensaba en símbolos y que la mitología es una forma de pensamiento: “El pensamiento mito-poético”. A regañadientes, pues consideran que estas formas culturales arcaicas han sido superadas y hay que desecharlas pues no tienen función alguna en la cultura de la sociedad moderna, más allá de la curiosidad antropológica e histórica.

 

Lo triste es que en este mundo dominado aparentemente por la razón, que deviene: no en la construcción de un mundo para el hombre-espíritu, sino en un mundo para el hombre-máquina. En esta concepción del mundo, la Iglesia Cristiana, supuesta heredera espiritual del mundo arcaico, se ha convertido en la instauradora de una “Teología Racional y Materialista”, reduciendo el “mundo mítico y espiritual”, de los ancestros humanos, a una simple entelequia intelectual sin realidad alguna. “El cielo y el infierno han dejado de existir por decreto papal”. El mundo de la idea ha sido desterrado de la religión Católica. El único anhelo del hombre moderno debe ser el de producir y consumir, solo se vive en este mundo y para este mundo, el más allá no existe, no se debe perder tiempo en ello, ¿Cuál trascendencia, y para qué?

 

En esta forma de pensar, los actos humanos solo deben producir beneficios económicos, el único dios es el dinero y el éxtasis hedonista de la rumba. El sexo, para ellos, se hizo solo para el goce, pues su vínculo con la reproducción es tan solo un vano accidente. Todo esto a costa de la Ecología del planeta, de las familias, los hijos y el alma del hombre, y  sin misericordia alguna por los desposeídos de la Tierra.

 

Parece que la humanidad actual no tuviera alma sino intereses. La sociedad  moderna que tenemos por modelo, la nación Arquetipo, la Gringa, solo sabe trabajar y consumir. Si su maquinaria consumista se frena, se frena la economía del planeta, ¡Que paradoja! Es opulenta, hedonista y derrochadora y lo criminal, son corruptores de la juventud, no hablamos de la pedofilia que es un mal mundial, hablamos de la forma en que crían sus hijos, la permisividad con la juventud, mal que ya nos ha impregnado. La opulencia cría mediocres, la necesidad hace genios. Hoy en día son los hijos los que regañan a los padres, hay que rendirles culto por ser hijos, se les tolera en la satisfacción de todos sus deseos, sin importar adónde van con sus destinos. En este modelo de la sociedad capitalista, solo tienen valor universal la juventud y la belleza física, los viejos y los feos, solo estorban. Hoy vivimos una inversión de valores, en el mundo clásico el culto se debe es a los mayores y el modelo a seguir  es su sabiduría.

 

La sociedad moderna ha conquistado el conocimiento y el bienestar físico, aún cuando no para gran parte del planeta, pero ha perdido el alma y el espíritu, y es éste vacío el que hace que esas multitudes a las que la Biblia llama legiones, se apeguen a todo aquello que tiene visos de sobrenatural, de metafísico, de esotérico y fantástico. Hoy en día los éxitos literarios y cineastas están en manos de: el mago adolescente Harry Potter, la Guerra de las Galaxias y su metafísica guerrera de los Jedy, el Señor de los anillos y su gesta heroica y la realidad virtual del mundo digital de Matrix. Solo en libros el mago Harry Potter, vendidos por millones. Todas películas, más asequibles para la mentalidad moderna que los libros, pues la gente ya no quiere leer, sin embargo los atrapa la imagen cinematográfica, nos hemos vuelo autistas de la televisión. Pero las élites intelectuales no ven en ello más que un gusto masivo por la fantasía como tal, el mismo gusto que se puede tener al leer una buena novela de ficción.

 

Alguien decía: que frente a la secularización de toda la cultura, las masas han encontrado en las novelas y el cine, un sucedáneo a las leyendas y mitos del mundo antiguo, ante todo en su función estructuradora del imaginario colectivo, en su función de formadora del alma colectiva.

 

Es desde esta perspectiva de dónde pretendemos acometer esta simbólica gesta a través del Grial, la mujer y el enigma del éxito del Código Da Vinci, para intentar demostrar, que la virtud que lo valora ante las masas, no es la literatura que pueda haber en él, la cual  puede ser ciertamente poca, sino demostrar que el Código Da Vinci es un libro moderno de Caballería que con unas cuantas lecciones de simbolismo e historia, desplegadas alrededor de un novelón, revela algo oculto en las civilización occidental, la verdad traicionada del cristianismo primitivo y la necesidad de verdades espirituales para la sociedad post-industrial.

 

La Humanidad anda en busca del Mito de la Era de Acuario, pues la Era de Piscis ha muerto y con ella su mito, de cuyas cenizas nacerá, como ave Fénix, el mito que buscamos y  que necesitamos urgentemente.

 

 

 

EL SIMBOLISMO, CLAVE DEL CÓDIGO DA VINCI

 

Dedicado a la Mona Viña, mi Penélope.

 

La novela de Dan Brown tiene un antecedente en “El Péndulo de Foucault” publicado hacia  1989, era la segunda novela del semiólogo Humberto Eco,  luego de su también prestigioso éxito: “El nombre de la Rosa”, de cual existe una aclamada película.

 

Antecedente, pues el tema de la novela es el mismo, el mundo del esoterismo y sus mitos.  Claro que hay una gran diferencia en el manejo que dan los dos autores al tema, mientras Eco lo mira desde afuera, desde su visión filosófica de estudioso de la lengua, su acercamiento es eminentemente racional, mientras Brown desde el principio va formulando la perspectiva filosófica desde la cual despliega su aventura, lo hace desde el simbolismo religioso.

 

El protagonista de la novela Robert Langdon es presentado como un profesor de “Simbología Religiosa”, sus libros son sobre temas simbólicos y sociedades secretas: “La simbología en las sectas secretas”, “Los Iluminati”, “El lenguaje perdido de los ideogramas”. Y no duda en afirmar que el eje de su perspectiva es  “el poder de los símbolos”.

 

Humberto Eco hace girar el Péndulo alrededor de la Cábala, divide el libro en diez capítulos que nombra con los diez Sephiroth comenzando en Keter y terminando en Malkut, es una aventura de libreros que recorre toda la parafernalia bibliográfica de la Nueva Era. Como semiólogo, Eco debía estar maravillado con la mística verbal de la Cábala, pues gira no alrededor de símbolos visuales sino de símbolos fonéticos, las veintidós letras del alfabeto hebreo y los diez números, ellos son los instrumentos creativos que la divinidad usa para crear el mundo, Dios construye el mundo a partir de la palabra y el número. Para la cábala Dios crea el mundo desde un universo verbal, tal como manifiesta el Evangelio de  San Juan:

 

“Al principio era el verbo, y el verbo estaba en dios, y el verbo era Dios.”

 

Sin embargo la cábala es una mística bastante desconocida por los cristianos, aun cuando esta en la base mística del cristianismo. Mucha agua espiritual ha corrido desde los mitos del  mundo antiguo hasta estos comienzos del siglo XXI tan “racionalista”. Claro que “racionalista” entre comillas. Este siglo XXI, tan técnico y científico,  pero no para el hombre de la calle, al cual le queda por resolver el enigma filosófico de su destino, que no ha podido enfrentar,  pues se ha perdido en el laberinto de las palabras y las abstracciones. El hombre moderno ha roto vínculos con sus raíces espirituales, al desconocer, mejor, al reprimir en el zarzo del olvido al pensamiento simbólico, al pensamiento mito-poético, al pensamiento indirecto, que es el único que nos permite penetrar en los laberintos del esoterismo y el mito.

 

La crisis filosófica moderna es crítica, no por que no se produzcan sesudos y abstractos estudios, sino por que han perdido el vínculo con su fuente primigenia, la ciencia y el hombre de la calle. Frente a estos filósofos modernos, Stephen Hawking, el mayor físico de los últimos tiempos, al final de su libro “Historia del Tiempo”, en la edición revisada de 1996, dice lo siguiente:

 

“Hasta ahora, --dice Hawking-- la mayoría de los científicos han estado demasiado ocupados con el desarrollo de nuevas teorías que describen cómo es el universo para hacerse la pregunta de por qué. Por otro lado, la gente cuya ocupación es preguntarse el por qué, los filósofos, no han podido avanzar al paso de las teorías científicas”.

 

“En el siglo XVIII, los fi­lósofos consideraban todo el conocimiento hu­mano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo, dijo: <<la úni­ca tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje». ¡Qué distancia desde la gran tradi­ción filosófica de Aristóteles a Kant!”

 

Tras esta explicita crítica a la filosofía moderna, Hawking pone punto final, a su libro de cosmología, de una manera en la que no parece ser ni agnóstico y mucho menos ateo en la conclusión de su, por necesidad, racionalista libro.

 

“No obstante, --dice-- si descubrimos una teoría com­pleta, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces to­dos, filósofos, científicos y la gente corriente, se­remos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios.”

 

Este es un paradójico y simbólico final para un libro de divulgación científica, en esencia racionalista puro, termina con el mayor símbolo de todos, Dios.

 

Ese vació filosófico que siente el físico Hawking, es más evidente en el hombre de la calle, las ideologías que dominaron el siglo XX ya no tienen el impulso que las gestaron, han caído en desuso, al punto de que hablamos del “Fin de la historia”. Hoy no domina ninguna ideología política diferente a la del interés económico, pues las teorías políticas socialistas han caído en desgracia, las quemo el utopismo suicida del materialismo. Hoy quedan en pie, no las ideologías políticas laicas, sino las ideologías más políticas de todas, las añejas superestructuras religiosas.

 

Nos recuerda esto un epígrafe de Levi Straus que usa Gilbert Durand en el libro que examinaremos más adelante, dice: “El pensamiento mítico construyo sus palacios ideológicos con los escombros de un discurso social antiguo”

 

Es en este ambiente espiritual y filosófico donde emergen libros como el “Código Da Vinci”, un poco como el Quijote de Miguel de Cervantes, obvio que sin su magia verbal, pero si ocultando tras su sencilla historia, otras dimensiones de un discurso contestatario, que a primera vista no se nota, pero el cual constituye el objetivo trascendente de la novela.

 

Tal vez el merito literario de la novela no sea el de un Hemingway o Shakespeare, en términos literarios, ya clásicos, pero hay que verla dentro del contexto moderno, donde los libros de éxito buscan ajustarse a un guión cinematográfico. Es una concesión de lo verbal a lo visual que hace Brown, en el hilo filosófico del tema. Esta escrita en escenas, pero eso no importa para lo esencial de su tema, igual que tampoco importa el triller central, el asesinato, igual técnica uso en sus anteriores novelas: “La conspiración” sobre temas geológicos y los “Ángeles y Demonios”, excelente novela sobre la fantasmal secta de los Iluminati, ambas se desarrollan alrededor de unos crímenes. El crimen es un truco que atrapa la atención en primera instancia, pero apenas es el leitmotiv, la disculpa, pues alrededor, el novelista va construyendo: primero, una cosmovisión explícitamente simbólica, luego, hace un desarrollo histórico alrededor del tema central: “Lo divino Femenino” y su tragedia a través de la historia cristiana, encarnada, en este caso por el mito de Maria Magdalena.

 

Ciertamente produce envidia Dan Brown, pues ha puesto a más de cincuenta millones de personas, en cuarenta y cuatro idiomas, a leer sobre temas de simbolismo, historia de las religiones, esoterismo, arquitectura y arte, y ante todo a cuestionarse sobre la historia del origen del cristianismo y su evolución.

 

Gran parte de la historia cristiana esta cubierta por inconfesables mantos de vergüenza histórica, frente a los cuales, Juan Pablo II, el último gran santo católico, logro pedir disculpas por más de un pecado mortal de la Iglesia, entre ellos el de Galileo. Pues ciertamente, allí, en la historia de la Iglesia, fue traicionado el cristianismo gnóstico de Jesús de Nazareth, que tal parece es el cristianismo del Jesús histórico.

 

A propósito, ¡Qué les parece la simbólica coincidencia del reciente descubrimiento del evangelio de Judas!, sincrónico con la exposición de los orígenes gnósticos del cristianismo que hace Brown en su Código Da Vinci,  el evangelio de Judas es gnóstico también, claro.

 

Hace bien Brown comenzando por definir a su protagonista como simbolista, pues esta es la clave para comenzar a entender: el pensamiento primitivo, el mito, el arte, el esoterismo y la actual crisis filosófica de Occidente, crisis de identidad,  de la cual el libro de Brown no es sino un ejemplo.

 

Según lo anterior, el mejor inicio de la gesta aquí planteada, es el de tratar de enmarcar filosóficamente el problema del pensamiento simbólico. Y es precisamente este uno de los propósitos del “Circulo de Eranos”, grupo fundado por Jung y dedicado a los estudios simbólicos. Han formado parte de él hombres como: Mircea Eliade, Gerson Sholem, Gilbert Durand y muchos otros.

 

Gilbert Durand dirige un grupo interdisciplinario que estudia el mundo simbólico y sus manifestaciones, son ya clásicos sus libros: “Estructuras Antropológicas de lo imaginario”, “De la mito-critica al mito-análisis” y “La imaginación simbólica”, obra en la cual nos apoyaremos para dar un sucinto análisis del pensamiento simbólico y el destino filosófico  que ha sufrido en el mundo moderno.

 

Del libro “La imaginación simbólica” hemos tomado en versión libre y comentada, los siguientes apartes de las páginas 24 a 45, de la edición es español de Amorrurto Editores Buenos Aires 1971. Aquí vamos a explicarnos el por qué el mundo moderno es tan ignorante en cuanto al símbolo y  al pensamiento mito-poético.

 

Recordando que iconoclasta es el destructor de imágenes, interpretamos el título del primer capitulo: “La victoria de los iconoclastas o el reverso de los positivismos”, como: Los destructores del pensamiento simbólico, el otro lado del espejo de los racionalistas modernos.

 

El siguiente epígrafe, que lo sigue, es muy diciente: «El positivismo es la filosofía que en un mismo mo­vimiento, elimina a Dios y clericaliza todo pensa­miento». Jean Lacroix.

 

“Acaso parezca—continua Durand—doblemente paradójico referirse al «Occidente iconoclasta». ¿Acaso la Historia cul­tural no reserva este epíteto para la crisis que con­movió al Oriente bizantino en el siglo VII? ¿Y cómo podría ser tachada de iconoclasta una civilización que rebosa de imágenes, que inventó la fotografía, el cine, la televisión, e innumerables medios de reproducción icnográfica?”

 

“Pero es que hay muchas formas de iconoclastia. Una por omisión, rigurosa: la de Bizancio, que se manifiesta desde el siglo V con San Epifanio y se irá reforzando bajo la influencia del legalismo ju­dío o musulmán, será más bien una exigencia refor­madora de «pureza» del símbolo contra el realismo demasiado antropomórfico del humanismo cristológico de San Germán de Constantinopla, y después de Teodoro Studita. La otra iconoclastia, más insidiosa, tiene de alguna manera, por exceso, intenciones opuestas a los piadosos concilios bizantinos. Ahora bien; aunque la primera forma de iconoclastia haya sido un simple accidente en la ortodoxia, trataremos de demostrar que la segunda forma de iconoclastia, por exceso, por evaporación del sentido, fue el rasgo constitutivo y sin cesar agravado de la cultura occidental.”

 

“En primera instancia, el ”conocimiento simbóli­co”, triplemente definido como “pensamiento para siempre indirecto”, como presencia representada de la trascendencia y como comprensibilidad  epifánica, aparece en las antípodas de la pedagogía del saber, tal como está instituida desde hace diez siglos en Occidente.”

 

Si, adoptando el plausible criterio de Spengler: Que fija el comienzo de nuestra civilización en la herencia de Carlomagno, se advierte que Oc­cidente siempre opuso, a los tres criterios prece­dentes, elementos pedagógicos violentamente anta­gónicos: a la presencia epifánica de la trascen­dencia, las iglesias opusieron dogmas y clericalismos; al «pensamiento indirecto» es decir al pensamiento simbólico, los pragmatismos opusieron el pensamiento directo, el «concepto» --cuando no el «precepto--.”

 

“Por último, frente a la imaginación inteligible, que induce al error y la falsedad, según ellos, la ciencia esgrimió las largas cade­nas de razones de la explicación semiológica, asi­milándolas en principio a las largas cadenas de los hecho de la explicación positivista, En cierto modo, los famosos «tres estadios» sucesivos del triunfo de la explicación positivista, son los tres estadios de la extinción simbólica.”

 

“Debemos examinar brevemente estos tres estadios de la iconoclastia occidental, estadios de extinción del pensamiento simbólico.” “Sin embargo, dichos tres estadios no son iconoclastas con igual evidencia, y para pasar de lo más  a lo menos  evidente,  invertiremos en nuestro estudio el curso de la historia, tratando de remontarnos más allá de la iconoclastia demasiado notoria del cientificismo, hasta llegar a las fuentes más profundas, de este gran cisma del Occidente, respecto de la vocación tradicional del conocimiento humano.”

 

“La desvalorización mas evidente de los símbolos que nos presenta la historia de nuestra civilización es, sin duda, la que se manifiesta en la corriente científica surgida del cartesianismo. En verdad, y según la excelente definición de un cartesiano con­temporáneo, esto no se debe a que Descartes se niegue a utilizar la noción de símbolo. Sin embar­go, el Descartes de la III Meditación no acepta otro símbolo que la propia conciencia «a imagen y semejanza» de Dios. Así, pues, sigue siendo exac­to sostener que, con Descartes, el simbolismo pier­de vigencia en la filosofía. Incluso un epistemólogo tan decididamente no cartesiano como Bachelard afirma, todavía hoy, que los ejes de la ciencia y lo imaginario son opuestos en principio, y que el científico debe empezar por purificar el objeto de su saber, mediante un «psicoanálisis objetivo», de todas las pérfidas secuelas de la imaginación  deformadora.”

 

“Lo que instaura Descartes es, en verdad, el reino del algoritmo matemático; por eso Pascal, matemático, católico y místico, no se equivoca cuando denuncia a Descartes. El cartesianismo asegura el triunfo de la iconoclastia, el triunfo del «signo» sobre el símbolo. Todos los cartesianos rechazan la imaginación, así como tam­bién la sensación, como inductora de errores. Es verdad, que para Descartes, el universo material se reduce a un algoritmo matemático, gra­cias a la famosa analogía funcional: el mundo fí­sico no es sino figura y movimiento, vale decir, “res extensa”; toda figura geométrica no es sino una ecuación algebraica.”

 

“Pero semejante método de reducción a las «evidencias» analíticas, se presenta como el método universal. Incluso en Descartes se aplica precisamente al “yo pienso”, último “símbolo” del ser, sin duda, pero símbolo temible, ya que el pensamiento y por lo tanto el método -es decir, el método matemático-- se transforman en el único símbolo del ser. El símbolo --cuyo significante ya no tiene más que la diafanidad del signo-- se esfuma poco a poco en la pura semiología, se evapora, podríamos decir, metódicamente en signo. De esta manera, con Malebranche, y sobre todo con Espinosa, el método deductivo de la geometría analítica se  aplicara al Ser absoluto, a Dios mismo.”

 

“En el siglo XVIII, por cierto, se insinúa una reac­ción contra el cartesianismo. Pero esta reacción solo está inspirada en el empirismo escolástico, tanto de Leibniz como de Newton; veremos más adelan­te que este empirismo es tan iconoclasta  como el método cartesiano. Todo el saber de los últimos dos siglos se resumirá en un método de análisis y de medición matemática, producido por un deseo de enumeración y de observación en el cual desembocará la ciencia histórica. Así se inaugura la era de la explicación cientificista que en el siglo  XIX, bajo las presiones de la historia y la filosofía, se transformara en positivismo.”

 

“Esta concepción semiológica del mundo, será la oficial en las universidades occidentales y en es­pecial en la universidad francesa, hija predilecta de Augusto Comte y nieta de Descartes. No solo el mundo es pasible de exploración científica, sino que la investigación científica, es la única con derecho al título despasionado de conocimiento.”

 

“Durante dos siglos la imaginación es violentamente anatomizada. Brunschvieg la considera además como «pecado contra el espíritu», mientras que Alain se niega a ver en ella otra cosa que la infan­cia confusa de la conciencia; Sartre sólo descubre en lo imaginario “la nada”, “objeto fantasmal”, “pobreza esencial”.”

 

“Bajo influjo cartesiano se produce en la filosofía contemporánea una doble hemorragia de simbo­lismo: ya sea que se reduzca el cogito a las cogitaciones -–y entonces se obtiene el mundo de la ciencia, donde el signo sólo es pensado como tér­mino adecuado de una relación---, o que «se quie­re devolver el ser interior a la conciencia: --y entonces se obtienen fenomenologías carentes de trascendencia, según las cuales, el conjunto de los fenómenos ya no se orienta hacia un polo metafí­sico, ya no evoca ni invoca lo ontológico, no logra sino una ”verdad a la distancia”, una “verdad redu­cida”.”

 

“En resumen, se puede decir que la im­pugnación cartesiana de las causas finales, y la resultante reducción del ser a un tejido de relaciones objetivas, han eliminado en el significante todo lo que era sentido figurado, toda reconducción hacia la profundidad vital del llamado ontológico”.

 

Acá nos vamos a encontrar, cómo estos procesos filosóficos inciden sobre el arte, especialmente la pintura, pues es allí donde se puede desplegar más fácilmente el simbolismo. No se equivoca pues, Brown al escoger a un pintor como Da Vinci, para proyectar en él y su obra toda la tragedia espiritual que esta viviendo el hombre renacentista que intenta dar riendas a su espíritu simbólico bajo el reinado de terror iconoclasta que ejercía la Iglesia.

 

“Tan radical iconoclastia no se ha desarrollado sin graves repercusiones en la imagen artística, pintada o esculpida. El papel cultural de la imagen pintada es minimizado al extremo en un universo donde se impone todos los días la potencia prag­mática del signo. Incluso un Pascal proclama su desprecio por la pintura, iniciando de esta manera el menosprecio social, en que el consenso occidental mantendrá al artista aun durante la rebelión artística del romanticismo. El artista, como el icono, ya no tiene lugar en una sociedad que poco a  poco ha eliminado la función esencial de la imagen simbólica. Así también, después de las vastas y ambiciosas alegorías del Renacimiento, se ve que en su conjunto el arte de los siglos XVII y XVIII  se empequeñece hasta convertirse en una simple diversión, en un mero ornamento. La misma imagen esculpida o pintada, tanto en la fría alegoría de los Le Sueur como en la alegoría política de los Lebrun y David y en las comedias de costumbres del siglo XVIII, ya no procura evocar.”

 

“De este re­chazo de la evocación nace el ornamentalismo académico que, desde los epígonos de Rafael hasta Fernand Léger, pasando por David y los epígonos de Ingres,  reduce el icono a la función de deco­rado. Y ni siquiera en sus rebeliones románticas e impresionistas, contra esta situación desvalorizada, han recuperado la imagen y el artista, en los tiem­pos modernos, la potencia de significación plena que tuvieron en las sociedades amantes de los iconos, como el Bi­zancio macedónico y la China de la dinastía Song. Y en la anarquía turbulenta y ven­gativa de las imágenes, que de pronto desbordan y sumergen al siglo XX, el artista busca desesperada­mente enclavar su vocación más allá del desierto cientificista de nuestra pedagogía cultural.”

 

“Al remontarnos algunos siglos antes del cartesia­nismo, percibimos una corriente aún más profunda de iconoclastia, repudiada por la mentalidad cartesiana, aunque mucho menos que lo que se afir­ma. Esta corriente es transmitida desde el siglo  XII al XIX por el conceptualismo aristotélico, o con más exactitud por su desviación ockhamista  y averroísta.”

 

“La Edad Media occidental reanuda por su cuenta la vieja disputa filosófica de la antigüedad clásica”.

 

“El platonismo, tanto grecolatino como alejandrino, es más o menos una filosofía de la clave de la trascendencia, es decir que el platonismo implica una simbólica. Es verdad que diez siglos de racionalismo han corregido ante nuestros ojos los diálogos del discípulo de Sócrates, donde ya no vemos otra cosa que las premisas de la dialéctica y la lógica de Aristóteles, incluso el matematismo de Descartes. Pero la utilización sistemática del simbolismo mítico, y hasta del retruécano etimológico, en el autor del Banquete  y del Timeo, Platón, bastan para convencemos, de que el gran problema platónico era el de conducir los objetos sensibles al mundo de las ideas; el de la reminiscencia, que lejos de ser una memoria vulgar, es por el contra­río una imaginación epifánica.”

 

“En los albores de la Edad Media, Juan Escoto Eríúgena sostendrá una doctrina parecida: Cristo se transforma en el principio de esta reintegración, opuesta a la creación, por medio de la cual se efec­tuará la divinización, deidificación, de todas las cosas. Pero la solución adecuada del problema pla­tónico es, en definitiva, la gnosis valentiniana pro­puesta en la lejana época preoccidental de los pri­meros siglos de la era cristiana. Al interrogante que obsesiona al platonismo: ¿Cómo ha llegado a las cosas el ser sin raíz y sin vínculo? Planteado por el alejandrino gnóstico Basílides, Valentín responde que mediante una angelología, una doctrina sobre los «ángeles» intermediarios, los eones, que son mo­delos eternos y perfectos de este mundo imperfecto (puesto que e separado), mientras que la reunión de los eones constituye la Plenitud (el Pleroma). Estos ángeles, que aparecen también en otras tra­diciones orientales, son, como lo demostró Henri Corbin, el criterio propio de una ontología sim­bólica, Son símbolos de la función simbólica mis­ma que es -¡como ellos!- mediadora entre la trascendencia del significado y el mundo mani­fiesto de los signos concretos, encarnados, que por medio de ella se transforman en símbolos.”

 

“Ahora bien; esta angelología, que constituye una doctrina del sentido trascendente, comunicado mediante el humilde símbolo, consecuencia extrema de un desarrollo histórico del platonismo, será rechazada, en nombre del pensamiento directo, con la crisis de los universales que el conceptualis­mo aristotélico inaugura en Occidente.”

 

“Conceptua­lismo cada vez más cargado de empirismo, al que en su conjunto permanecerá fiel Occidente du­rante cinco o seis siglos por lo menos. El aristotelismo medie­val, el que proviene de Averroes y al cual adhie­ren Siger de Brabante y Ockham, es la apología del «pensamiento directo» contra todos los pres­tigios del pensamiento indirecto, o pensamiento simbólico.”

 

“El mundo de la percepción, de lo sensible, ya no es más un mundo de la intercesión ontológica en el que se epifaniza un misterio, como era el caso de Escoto Eríúgena o incluso de san Buenaventura.”Es un mundo material, el del lugar propio, separado de un motor inmóvil tan abstracto que no merece el nombre de Dios. La física de Aristóteles que la cristiandad adoptara hasta Galileo, corresponde a un mundo secularizado, combinación de cualidades sensibles que solo conducen a lo sensible, o a la ilu­sión ontológica, que denomina “ser” a la cópula que une un sujeto a un atributo. Lo que Descartes re­chaza en esta física de primera instancia no es su positividad, sino su precipitación.”

 

“Es cierto que para el conceptualismo, la idea posee una realidad  en la cosa sensible, donde va a tomarla el intelecto, pero solo conduce a un concepto, a una definición literal que quiere ser sentido propio, y no condu­ce ---como la idea platónica--- de un impulso meditativo a otro, hasta al sentido trascendente supremo, si­tuado «más allá del ser en dignidad y en potencia». Ya se sabe con qué facilidad este conceptualismo se disolverá en el nominalismo de Ockham.”

 

“No se equivocan los comentaristas de los tratados de física peripatética, que contraponen las “historias” o investigaciones aristotélicas a los “mirabilia” o acontecimientos raros y maravillosos, o bien a los “idiotes” o acontecimien­tos singulares, de todas las tradiciones herméticas. Estas últimas actuaban mediante relaciones «sim­páticas», mediante homologías simbólicas.”

 

Aquí podemos ver, afirmamos nosotros, como los fenómenos paranormales, los mirabilia y los idiotes, son al ser conceptualizados, despojados de su sentido hermético.

 

“Este deslizamiento hacia el mundo del realismo perceptivo, donde el expresionismo ---incluso el sensualismo--- reemplaza a la evocación simbólica, es de los más visibles en la transición del arte románico al gótico. En la plenitud románica floreció una iconografía simbólica heredada de Oriente, pero esta plenitud fue muy breve con respecto a los tres siglos de arte «occidental», del arte llamado gó­tico. El arte románico es “indirecto”, por lo tanto de evoca­ción simbólica, frente al arte gótico, tan «directo», cuyo prolongamiento natural será la apariencia flamígera y renacentista. Lo que se transparenta a través de la encarnación escultural del símbolo ro­mánico es la gloria de Dios y su sobrehumana vic­toria sobre la muerte. La estatuaria gótica, por el contrario, muestra cada vez más los sufrimientos del hombre-Dios.”

 

“Mientras que el estilo románico, sin duda con me­nos continuidad que Bizancio, conserva un arte del icono basado en el principio teofánico de una angelología, el arte gótico aparece en su proceso como el prototipo de la iconoclastia por exceso: acentúa el significante a tal punto que se desliza del icono a una imagen muy naturalista, que pier­de su sentido sagrado y se convierte en simple or­namento realista, en simple «objeto artístico»”.

 

“Pa­radójicamente, el purismo austero de San Bernar­do, autor de la Regla del Temple, es menos iconoclasta que el realismo estético de los góticos, nutrido por la escolástica peripatética de Santo Tomás. Por cierto que esta desvalorización del pensamiento simbólico y de la evocación angélica que lo acompaña, por parte del sentido común terrenal de la filosofía aristotélica y el ave­rroísmo latino, no se cumplió en un día.”

 

“Habrá resistencias apenas ocultas: el florecimiento de la cortesanía, del culto del amor platónico en los Fedeli d'Amore, orden secreta a la que perteneció el Dante, así como el renacimiento francisca­no del simbolismo con San Buenaventura. De igual modo, es necesario señalar que en el realismo de ciertos artistas, por ejemplo de Memling y más adelante de Bosch, se trasluce un misticismo oculto que transfigura la minucia trivial de la visión. Pero no es menos cierto que el modo de pensamien­to adoptado por el Occidente «fáustico» del siglo XIII,  al hacer del aristotelismo la filosofía oficial de la cristiandad, da prevalecía al «pensamiento directo» en perjuicio de la imaginación simbólica y de los modos de pensamiento indirectos.”

 

“A partir del siglo XIII, las artes y la conciencia ya no ambicionan conducir a un sentido, sino «copiar  la naturaleza». El conceptualismo gótico quiere ser un calco realista de las cosas tal como son. La ima­gen pintada, esculpida o pensada, se desfigura, y reemplaza el sentido de la Belleza y la invocación al Ser, por el manierismo de lo bonito o el expresionis­mo de lo espantosamente feo. Podemos decir, que si el cartesianismo y el cientificismo que de él derivan, eran iconoclastas por omisión y por un desprecio generalizado hacia la imagen, la iconoclastia peri­patética es prototipo de iconoclastia por exceso: descuida el significado del símbolo para adherirse solamente a la epidermis del sentido, al significan­te. Todo el arte, toda la imaginación, se ponen al único servicio de la curiosidad fáustica y conquis­tadora de la cristiandad. Es verdad que la concien­cia occidental, había sido preparada con mayor profundidad, aún para este papel ornamentalista, por una corriente de iconoclastia más primitiva y fundamental, que debemos examinar ahora”.

 

“El racionalismo, aristotélico o cartesiano, posee la inmensa ventaja de pretenderse universal por la distribución individual del «buen sentido» o «sentido común». No ocurre lo mismo con las imágenes simbólicas que están sometidas a un acontecimiento, a una situación histórica existencial que las caracteriza. Es por eso que una imagen simbólica necesita ser revivida sin cesar, casi como un trozo musical, o un héroe teatral requiere un “intérprete””.

 

“Y el símbolo, amenazado, como toda imagen, por la  perspectiva de la significación, corre peligro de transformarse a cada momento en un “sistema”, es decir, en una ima­gen que tiene ante todo una función de reconoci­miento social, una interpretación convencional que reduce al símbolo a su potencia sociológica”.

 

Aquí cabe otro epígrafe del libro: “Analizar intelectualmente un símbolo es como pelar una cebolla para encontrarla” Pierre Emmanuel.

 

“Toda «convención», aunque esté animada por las mejores intenciones de «defensa simbólica», es fatalmente dogmática y en el plano ontológico y de la vocación personal produce una degeneración, “La teología Latina tradujo la palabra griega “misterio” por “sacramento”, pero la palabra Latina no tiene toda la riqueza de la griega. Hay en el misterio griego una apertura al cielo, un respeto por lo ine­fable, un realismo espiritual, una fuerza en el júbilo, que la moderación lógica y la concisión jurídica del sacramentarismo romano no expresan”.”

 

“La imagen simbólica estaba destinada a perder, estas virtudes de apertura a la trascendencia en el seno de la libre inmanencia. Al convertirse en sistema se funcionaliza; casi podríamos decir que, con respecto a los clericalismos que la van a definir, se burocratiza. Al encarnarse en una cultura y en un lenguaje la imagen simbólica corre el peligro de esclerosarse en dogma y sintaxis. Y es aquí donde la forma amenaza al espíritu, cuando la poética profética es cuestionada y amordazada. Sin duda, una de las grandes paradojas del símbolo es la de no expresarse sino por medio de una «letra» más o menos sistemática. Pero la imaginación simbólica se presenta como vigilia del espíritu más allá de la letra, so pena de morir.”

 

“Ahora bien: toda la iglesia  es funcionalmente dogmática y en lo institucional está del lado de la letra. Como cuerpo sociológico, una iglesia «divide el mundo en dos: los fieles y los sacrílegos»; sobre todo la iglesia romana que, en el momento culminante de su historia, sosteniendo con mano firme la «espada de dos filos», no podía admitir la libertad de inspiración de la imagina­ción simbólica.”

 

“La virtud esencial del símbolo, es asegurar la presencia misma de la trascendencia en el seno del misterio personal. Para un pensamiento eclesiástico, semejante pre­tensión se presenta como el camino que conduce al sacrilegio. Ya sea fariseo, sunita o «romano», el legalismo religioso se enfrenta siempre, fundamen­talmente, con la afirmación de que existe para cada individualidad espiritual una «inteligencia agente separada, su Espíritu Santo, su Señor personal, que la une al Pleroma sin otra mediación. Dicho de otra forma, en el proceso simbólico puro, el Media­dor, Ángel o Espíritu Santo, es personal, emana en cierto modo del libre examen, o más bien de la libre y viva demostración de alegría, y  por eso escapa a toda formulación dogmática impuesta desde afuera. La vinculación de la persona, por intermedio de su ángel, con el Absoluto Ontológico, escamotea incluso la segrega­ción sacramental de la iglesia. Como en el plato­nismo, y sobre todo en el platonismo valentiniano, bajo la cubierta de la angelología hay una relación personal con el Ángel del Conocimiento y de la Revelación”.

 

“Por lo tanto, todo simbolismo es una especie de gnosis, o sea un procedimiento de mediación a través de un conocimiento concreto y experimental. Como gnosis, el símbolo es un “conocimiento beatificante” un conocimiento salvador, que, ante todo, no necesita un intermediario social, es decir, sacramental y eclesiástico. Pero esta gnosis; por ser concreta y experimental, siempre tenderá a in­cluir al ángel entre los mediadores personales en segundo grado: profetas, mesías, y sobre todo la mujer”.

 

“Para la gnosis propiamente dicha los «án­geles supremos» son Sofía, Nuestra Señora del Santo Espíritu, Helena, etc., cuya caída y sal­vación representan las mismas esperanzas de la vía simbólica: la conducción de lo concreto a su sentido iluminante. Es que la mujer, como los Ángeles de la teofanía plotiniana, posee, al contrario del hom­bre, una doble naturaleza que es propia del símbolo mismo: es creadora de un sentido y al mismo tiempo su receptáculo concreto. La femineidad es la única mediadora, por ser a la vez «pasiva» y activa». Es lo que ya había expresado Platón y es lo que expresa la figura judía de la Schekinah así como la figura musulmana de Fátima. Así pues, la Mujer es, como el ángel, el símbolo de los símbolos, tal como aparece en la mariología ortodoxa en la figura de la Theotokos, termino griego para “Madre de Dios”, en la li­turgia de las iglesias cristianas que asimilan de buen grado, como medidora suprema, a la  «La Esposa».”

 

Acá no deja de observarse la importancia vital que tiene la mujer en el simbolismo, hasta acá coincide el eje temático de Brown en su novela, el simbolismo y la mujer, como modelo simbólico.

 

“Ahora bien; es significativo que todo el misticismo occidental recurra a estas fuentes platónicas. San Agustín nunca renegó completamente del neopla­tonismo, y fue Escoto Eríúgena quien introdujo en Occidente, en el siglo IX, los escritos de Dionisio Areopagita, todos emparentados con la anamnesis o presencia divina, de origen platónico. Pero ante esta transfusión de misticismo, la institución eclesiástica vigila con recelo.”

 

“Llegamos aquí al factor más importante de la iconoclastia occidental, pues la actitud dogmática implica un rechazo categórico del icono como apertura espiritual por medio de una sensibilidad y una epifanía de comunión individual. Es verdad que, para las iglesias orientales, el icono debe ser pintado se­gún medios canónicamente establecidos y, así parece, de manera más rígida que en la iconografía occidental. De todos modos, lo cierto es que el culto de los iconos utiliza plenamente el doble po­der de conducción y de epifanía sobrenatural del símbolo. Solo la iglesia ortodoxa, al aplicar de lleno las decisiones del Séptimo Concilio Ecuménico ---que prescriben la veneración de los iconos---, otorga plenamente a la imagen el papel sacramen­tal de «doble sometimiento», gracias al cual, mediante la imagen y el significante, las relaciones en­tre el significado y la conciencia adorante no son puramente convencionales, sino radicalmente ínti­mas. Así se revela el papel profundo del símbolo: es «confirmación» de un sentido a una libertad per­sonal. Por eso el símbolo no puede explicitarse: en última instancia, la alquimia de la transmutación, de la transfiguración simbólica, solo puede efectuar­se en el crisol de una libertad. Y la potencia poética del símbolo define la libertad humana mejor que ninguna especulación filosófica: esta última se obs­tina en considerar la libertad como una elección objetiva, mientras que en la experiencia del sím­bolo comprobamos que la libertad es creadora de un sentido: es poética de una trascendencia en el interior del sujeto más objetivo, más comprometido con el acontecimiento concreto. La libertad es el motor de la simbólica; es el Ala del Ángel.”

 

“Henri Gouhier dijo alguna vez que la Edad Media se extinguió cuando desaparecieron los Ángeles. Se puede agregar que, una espiritualidad concreta se esfuma, cuando los iconos son secularizados y reemplazados por la alegoría. Ahora bien; en las épocas de reacción dogmática y de rigidez doctrinaria, en el apogeo del poder papal con Inocencio III o des­pués del Concilio de Trento, el arte occidental es esencialmente alegórico. El arte católico romano es dictado por la formulación conceptual de un dog­ma. No conduce a una iluminación; se limita a ilus­trar las verdades de la Fe, dogmáticamente defini­das. Decir que la catedral gótica es una «Biblia de piedra» no implica en absoluto que en ella se tolere una- interpretación libre negada por la iglesia a la Biblia escrita. Esta expresión quiere decir, simple­mente, que la escultura, el vitral, el fresco, son ilustraciones de la interpretación dogmática del Li­bro. Si el gran arte cristiano se identifica con el bizantino y el románico (que son artes del icono y del símbolo), el gran arte católico (que sostiene toda la sensibilidad estética de Occidente) se iden­tifica tanto con el «realismo» y la ornamentística gótica, como con la ornamentística y  expresionismos barrocos. El pintor del «triunfo de la iglesia» es Rubens y no Rem­brandt.”

 

“De esta manera, en el alba del pensamiento con­temporáneo, en el momento en que la Revolución Francesa está por terminar de desarticular los so­portes culturales de la civilización occidental, se advierte que la iconoclastia occidental resurge, con­siderablemente reforzada, de seis siglos de «progre­so de la conciencia». Pues si bien el dogmatismo literal, el empirismo del pensamiento directo y el cientificismo semiológico son iconoclastas divergen­tes, su efecto común se va reforzando en el curso de la historia. Tanto es así, que Comte podrá cons­tatar esta acumulación de los «tres estadios de nues­tras concepciones principales», y esto es lo que va a fundamentar el positivismo del siglo XIX. Porque el positivismo que Comte extrae del balance de la historia occidental del pensamiento es, a la vez, dog­matismo «dictatorial y clerical», pensamiento di­recto en el nivel de los «hechos reales» en oposición a las quimeras y al legalismo cientificista.”

 

”Se podría decir, que la gradual reducción del campo simbólico, condujo, a principios del siglo XIX a una concepción y a un papel excesivamente estrecho del simbolismo, con justa razón se puede preguntar, si estos tres estadios de progreso de la conciencia, no son tres etapas de la obnubilación del espíritu y sobre todo de su alienación. El dogmatismo «teoló­gico», el conceptualismo «metafísico», con sus pro­longaciones ockhamistas, de aplicar la lógica de forma rigurosa para mostrar que muchas creencias de los filósofos cristianos, no se podían probar mediante la razón filosófica o natural, sino tan sólo a través de la revelación divina, y finalmente la semiología «positivista», no son sino una extinción gradual del poder humano de relacionarse con la trascendencia, del poder de mediación natural del símbolo.”

 

Hasta acá la versión sobre las palabras de Durand, quizás lo anterior nos deje ver el por que el mundo occidental moderno es tan ignorante en el campo simbólico, culturalmente ha sido castrado de la mente colectiva, más no del alma, y acá esta el problema, pues las realidades simbólicas están, primero detrás de  la conciencia, en el inconsciente o como llaman ahora, el imaginario colectivo y en los sueños, a los cuales no se puede acceder sin un pensamiento simbólico. Tampoco es posible que encontremos sentido, sin el simbolismo, en el fenómeno de la Nueva Era y menos en el éxito de Dan Brown y su Código Da Vinci.

 

No nos queda frente a este tema, que apenas rozamos, el advertir al auditorio que el simbolismo es absolutamente ineludible si queremos entrar en el mundo espiritual y esotérico que la novela de Dan Brown barrunta. Por lo cual recomendamos la lectura del libro de Durand. Así  como del “El hombre y sus símbolos” de Jung, también del libro “Símbolos fundamentales de la ciencia sacra” de René Genón, y la consulta permanente del “Diccionario de símbolos” de Cirlot, además de estudiar la magnífica Introducción sobre los símbolos que precede dicho diccionario. 

 

 

 

EL RETORNO DE LA DIOSA

 

Dedicado a: Cirse, las Sirenas y Calipso.

 

<<Los supersticiosos atribuyen la desgracia del pueblo judío a la venganza de la Diosa Madre».

 

Robert Graves

 

Casi al comienzo la novela del Código, esta el detective Fache interrogando a Langdom, sobre su relación con el muerto, preguntándole:

 

“-¿Y dice que tenían intereses comunes?”

 

“-Sí, --responde de Langdom—de hecho he pasado gran parte de este último año preparando un libro que trata sobre la primera especialidad de Sauniere. Y tenía muchas ganas de saber qué pensaba.”

 

“-Ya. ¿Y qué tema es ese?”

 

“Langdon vaciló, sin saber muy bien cómo explicárselo.”

 

“-En esencia, se trata de un texto sobre la iconografía del culto a las diosas, del concepto de santidad femenina en el arte y en los sím­bolos asociados a ella.”

 

Espero encuentren ahora, después del anterior capitulo, el papel fundamental del icono y de la especialidad de Sauniere. Ahora busquemos bases para explicar por qué, nos quitamos el sombrero frente a Brown, por la forma en que devela el encubrimiento histórico de la Magdalena en la Iglesia, e ilustra el culto a la Diosa, a la cual le fue terrible durante el Cristianismo. Robert Graves, estaría encantado con el tema, él era cultor de la Diosa Blanca, nombre de su trascendental libro, sobre historia comparada del mito poético: “La Diosa Blanca”

 

“Fache se pasó una mano carnosa por el pelo.”

 

“–J. ¿Sauniere era experto en la materia? “

 

“-Más que nadie.”

 

“-Ya entiendo.”

 

“Pero Langdon tenía la sensación de que no entendía nada. Jac­ques Sauniere estaba considerado como el mejor iconógrafo mundial especializado en diosas. No era sólo que sintiera una pasión personal por conservar piezas relacionadas con la fertilidad y los cultos a las diosas y la divinidad femenina, sino que durante los veinte años que se mantuvo en su cargo de conservador, contribuyó a que el Louvre lograra tener la mayor colección del mundo sobre divinidad femeni­na: “labris”, las hachas dobles pertenecientes a las sacerdotisas del san­tuario griego más antiguo de Delfos, caduceos de oro, cientos de cru­ces hansatas, de Ankh parecidas a ángeles, carracas o sistrum usadas en el antiguo Egipto para espantar a los malos espíritus, así como una in­creíble variedad de esculturas en las que se representaba a Horus amamantado por la diosa Isis.”

 

Agregamos nosotros: La posición de la mujer en Egipto, de preeminencia, como sacerdotisas de Amón y faraonas, es única en el mundo antiguo. El último Faraón de Egipto fue Cleopatra, en ella murió Egipto, y no fue cualquier mujer, ese estatus social, político, cultural, religioso, de independencia e igualdad frente al hombre, que tenía la mujer egipcia, no se ha vuelto a ver, desde entonces, sino en la mujer moderna, afirman los estudiosos.

 

La novela sigue por ese camino, va de escena en escena, construyendo una historia religiosa que es poco conocida por las masas cristianas, o lo que es lo mismo, ignorada por Occidente, y claro que la ignorancia no es accidental,  es producto deliberado de un encubrimiento que viene desde los tiempos de cristo, por acción de los primeros emperadores romanos cuando se hicieron cristianos, comenzando en Constantino, que impusieron las razones del imperio romano por encima de la historia original del cristianismo. Más tarde el encubrimiento alcanza, en consonancia con la edad oscura del medioevo, las dimensiones trágicas, dolorosas, crueles, inhumanas y anticristianas, de la Santa Inquisición instaurada por la  Iglesia Católica en nombre de Cristo.

 

Vamos a echar, a vuelo de pájaro, una visita a las concepciones religiosas del mundo antiguo sobre la mujer. Se puede decir, hoy en día, que el símbolo de lo femenino, encarna la gran transformación espiritual a la que se ve abocada la humanidad del siglo XXI, en esto creemos nosotros, tampoco se equivoca Brown, lo deja en claro, su novela es como un gran icono simbólico sobre la Diosa.

 

Este vació de lo femenino en el cristianismo, es una de las raíces de la crisis espiritual del hombre moderno, nacido del seno cristiano. Tal parece que el dominio de la testosterona ha saturado la historia humana en lo material, filosófico y espiritual.

 

La página en Internet, Lilith, de Liliana Vélez, sobre el eterno femenino y su crisis en el mundo moderno. Con algunos comentarios, es como sigue:

 

Si el cambio de milenio tiene alguna connotación que trascienda el «esoterismo Light», ésta es la percepción de que la era patriarcal está agotándose. La memoria colectiva ha dado cuenta del dramático testimonio del dominio del macho.

Se ha generalizado la sensación de que los hombres no han estado a la altura de las circunstancias; como «clase dominante», no pueden estar orgullosos de su desempeño. Un balance de nuestra situación histórica no arroja un resultado positivo: hay inequidad, arbitrariedad, intolerancia, destrucción del medio ambiente; nuestros destinos están sumidos en un total caos. La visión más optimista, no podrá privilegiar los avances tecnológicos, por encima de la carrera desenfrenada por la dominación egoísta, de reducidos feudos de poder económico. Los hombres han fracasado en su hegemonía. Establecieron una civilización demasiado materialista que no da cuenta de la espiritualidad de los humanos y menos de la naturaleza.

Los más empecinados machistas, sin embargo, no pueden desconocer que nunca antes, las mujeres habían conquistado tantos espacios en todos los ámbitos representativos de la sociedad moderna, incluso, los más osados hablan, de la mujer, como la única fuerza regeneradora de nuestra civilización.

Sí siempre se ha subvalorado lo femenino, desde la intuición y la imaginación, consideradas prerracionales, y la masculinidad ha sido tan errática y está tan agotada, hay necesidad entonces, de valorizar e instaurar las teorías femeninas (no feministas) sobre la conducción de la historia, y más aún, poner en practica el pensamiento femenino por antonomasia, el simbolismo y sus derivados mágicos, místicos y espirituales, en contraposición del pensamiento racional cientificista suturado de testosterona.

Sin embargo, la filosofía y espiritualismo occidentales están huérfanos de mitologías que  simbolicen su identidad posmodernista y  post-industrial.

Penetremos entonces en la mitología judía para desentrañar el mito femenino desde las raíces del cristianismo.

A los judíos les debemos parcialmente la «racionalidad occidental», derivada de su monoteísmo religioso, exclusivo de un simbolismo verbal monoteísta. El monoteísmo constituye una suerte de «abstracción de la razón» que posibilitó que la humanidad evolucionara, de estadio de conciencia frente al mundo, superando la explicación mítico-simbólica de la realidad, apoyada en la imagen como eje psicológico de la conciencia, para llegar una concepción apoyada exclusivamente en el eje psicológico del lenguaje, la abstracción verbal, ajena a representaciones sensibles y de cualquier imagen. Con todo, no deja de ser curioso el hecho de que esta única deidad, la monoteísta, se haya considerado de carácter masculino, rompiendo con el concepto de Diosa Madre que sustentaba todas las religiones primitivas. Es fácil comprender por qué se equiparó al Dios principal con la Madre, y la Tierra con su vientre y demás metáforas alusivas al «origen» del mundo.

Esta exclusión de la mujer de la teología y el sacerdocio, en la historia primitiva del cristianismo, trató de paliarse con la figura de la Virgen María, madre del hijo de Dios pero no diosa, haciéndose madre de todos los hombres a través de él.

En la mística hebrea existe, empero, una misteriosa figura femenina que nosotros, los «gentiles», no hemos estudiado suficientemente; se trata de Lilith, quien según la cábala fue la primera mujer de Adán. Al igual que éste, Lilith fue hecha a imagen y semejanza de la divinidad y por tanto tenía, su mismo estatus ontológico. Desde el principio se caracterizó por su insumisión al primer macho, y por sus constantes desacuerdos abandonó el paraíso; dice el mito, que despechada, se convirtió en un demonio. Para asegurarse de suministrarle una compañera adecuada, Yahvé sacó a Eva (la segunda esposa) de una costilla de Adán, y así cambió la primigenia igualdad. Eva, la media costilla, encarnó desde siempre la sumisión de la mujer instaurada desde el orden celestial. Lilith era la rebelde, la que se consideraba igual, no sumisa.

Ad portas del siglo XXI, el interés que puede tener el mito hebreo de Lilith, es la posibilidad de representar a la nueva mujer, la cual no se siente identificada con las figuras evocadas por la tradición cultural cristiana.

Para algunos Lilith corresponde a la Lamia de los griegos —una reina abandonada por Zeus— a la Brunilda de los nibelungos en contraposición a Crimilda. Para otros tiene origen en un demonio asirio babilónico llamado Lilit o Lilu.

Etimológicamente viene del hebreo layil, que significa noche, y aparece representada como un demonio nocturno y peludo, o es sublimada como una mujer de cabellos muy largos.

Por su parte, la Biblia ha sido completamente ajena a la figura de Lilith, exceptuando un pasaje de Isaías, en el cual la nombra viviendo entre las ruinas del desierto, acompañada de sátiros y animales.

Veamos que dice  el  “Diccionario Teosófico” de madame Blavatsky:

Lilith, del hebreo -Según la tradición judía, era un demonio que fue la primera esposa de Adán, antes de que fuera creada Eva. Créese que ejerce una influencia fatal sobre las madres y los niños recién nacidos. Lil es noche, y Lílith es también la lechuza, y en las obras medievales es un sinónimo de Lamía o demonio hembra. El Talmud describe a Lilith como una hechicera, mujer de opulenta y ondeada cabellera, o más bien un animal femenino peludo, de un carácter actualmente desconocido, que en las alegorías cabalísticas y talmúdicas es llamado la reflexión femenina de Samael, el espíritu de la rebeldía, Samael-Li­lith, o sea una mezcla de hombre y animal, un ser denominado en el Zohar: Hayo Bischat, la Bestia o Mala Bestia, de cuya unión contra­natural descienden los actuales monos. Tras algunas desavenencias, rehusó Lilith someterse a su esposo y le aban­donó. Fue madre de gigantes y demonios. Aun hoy se la considera como un espectro nocturno, fatal a las madres y a los recién nacidos.

La tradición atribuye a esta diabla meretriz, la seducción de varias jóvenes, cuyo corazón, después de la muerte, se encontró preso en uno de sus cabellos. Lilith es el prototipo de los seres llamados Khados en el Tibet y Dakinis en sánscrito, pertenecientes a razas pre-adánicas, desprovistas de inteligencia y dotadas sólo de instinto animal. Adán tuvo hijos de ella. La palabra Lilith (nocturna) figura en Isaías. En el hebreo traduce: ave de noche, monstruo, fantas­ma nocturno, sirena.

Goethe hace aparecer tan siniestro personaje  en la «Noche de Walpurgist del Fausto.

Hasta acá madame Blavatsky, que pena, tan pocas palabras de ella, y tanto que tiene que  decir sobre el tema de Dan Brown y su libro, bueno, sus textos.

Uno de los libros más esclarecedores sobre la historia primitiva del cristianismo y el proceso de exclusión de la mujer del sacerdocio y de la teología de la iglesia Católica, es el libro de Elaine Pagels “Los evangelios Gnósticos”.

Elaine es un personaje real de la academia norteamericana que aparece en el Código Da Vinci, hace ella su análisis, a partir de los textos del nuevo testamento encontrados en 1945 en Nag Hammadi, alto Egipto, que al igual que, el Evangelio Gnóstico de Judas, recién descubierto en Egipto, fue excluido del canon católico y por lo tanto destruido, costaba la vida el tenerlos. Tomamos algunos apartes para ilustrarnos:

Del capítulo III de “Los Evangelios Gnósticos” de Elaine Pagels: DIOS PADRE / DIOS MADRE

 

“A diferencia de muchos de sus contemporáneos, entre las dei­dades del antiguo Cercano Oriente, el Dios de Israel no com­partía su poder con ninguna divinidad femenina ni era divino Es­poso o Amante de ninguna otra. Difícilmente se le puede caracte­rizar con epítetos que no sean masculinos: rey, señor, amo, juez y padre. A decir verdad, la ausencia de simbolismo femenino re­ferente a Dios caracteriza al judaísmo, al cristianismo y al islamis­mo, en notable contraste con las demás tradiciones religiosas del mundo, ya sean de Egipto, Babilonia, Grecia y Roma, o de África, la India y América del Norte, donde abunda el simbolismo femenino.”

 

“Hoy día los teólogos judíos, cristianos e islámicos se apresu­ran a señalar que a Dios no se le debe considerar atendiendo a ninguna clase de términos sexuales. A pesar de ello, el lenguaje real que utilizan cotidianamente para el culto y la oración, trans­mite un mensaje distinto: ¿qué persona educada en la tradición judía o cristiana, se ha librado de la clara impresión de que Dios es masculino? Y aunque los católicos veneran a María como madre de Jesús, nunca la consideran como divina por derecho propio: si María es «madre de Dios», ¡no es «Dios Madre» en plano de igual­dad con Dios Padre!”

 

“El cristianismo, por supuesto, añadió los términos trinitarios a la descripción judía de Dios. Sin embargo, de las tres «Personas» divinas, dos -el Padre y el Hijo- se describen con términos masculinos, y la tercera -el Espíritu- sugiere la asexualidad del término neutro que los griegos utilizaban para referirse al espíritu, pneuma. Quienquiera que investigue la historia primitiva del cris­tianismo ---la denominada «patrística-- estará preparado para el pasaje con el que concluye el Evangelio de Tomás, uno de los evangelios encontrados en Nag Hammadi:”

“Simón Pedro les dijo a los discípulos: «Que María nos deje, pues las mujeres no son dignas de la Vida». Jesús dijo: «Yo mismo la conduciré, con el fin de hacerla masculina, para que también ella pueda convertirse en un espíritu viviente, pare­cido a vosotros los varones. Porque toda mujer que se haga a sí misma masculina entrará en el Reino de los Cielos»”.

 

“Por extraño que parezca, esto afirma sencillamente lo que la retó­rica religiosa da por sentado: que los hombres forman el cuerpo legítimo de la comunidad, mientras que a las mujeres se les per­mite participar solamente cuando se asimilan a los hombres. Otros textos descubiertos en Nag Hammadi demuestran una diferencia notable entre estas fuentes «heréticas» y las ortodoxas: las fuen­tes gnósticas utilizan continuamente el simbolismo sexual para describir a Dios.”

“Cabría esperar que estos textos, reflejaran la in­fluencia de las arcaicas tradiciones paganas de la Diosa Madre, mas en su mayor parte, utilizan un lenguaje específicamente cris­tiano, que tiene una relación inconfundible con una herencia judía. No obstante, en vez de describir un Dios monástico y masculino, muchos de estos textos hablan de Dios, como de un cuerpo bivalente que abarca elementos tanto masculinos como fe­meninos.”

 

“Un grupo de fuentes gnósticas pretende haber recibido una tradición secreta de Jesús a través de Jaime y a través de María Magdalena. Los miembros de este grupo elevaban sus oraciones tanto al Padre como a la Madre divinos: «De Ti, Padre, y a través de ti, Madre, los dos nombres inmortales, Padres del ser divino, y tú, morador en el cielo, humanidad, del nombre poderoso... ». Otros textos indican que sus autores se habían preguntado a quién un Dios único y masculino proponía: «Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza». Dado que la crónica del Génesis dice luego que la humanidad fue crea­da «macho y hembra», algunos sacaron la conclusión, de que el Dios a cuya imagen estamos hechos, también tiene que ser tanto masculino como femenino, tanto Padre como Madre.”

 

“¿Cómo caracterizan estos textos a la Madre divina? No encontramos ninguna respuesta sencilla, ya que los textos mismos son extremadamente diversos. A pesar de ello, podemos bosquejar tres caracterizaciones primarias. En primer lugar, varios grupos gnós­ticos describen a la Madre divina como parte de una pareja origi­nal. Valentín, el maestro y poeta, parte de la premisa de que Dios es esencialmente indescriptible. Pero sugiere que la divinidad pue­de imaginarse como un cuerpo bivalente; consistente, por una parte, en el Inefable, el Profundo, el Padre Primero; y, por la otra, en la Gracia, el Silencio, el Vientre y  la «Madre del Todo».”

 

“Valentín hace el razonamiento de que el Silencio es el comple­mento apropiado del Padre, designando a aquél como femenino y a éste como masculino, debido al género gramatical de las palabras griegas. Luego describe cómo el Silencio recibe, como en un vientre, la semilla de la Fuente Inefable; de ésta saca todas las emanaciones del ser divino, alineadas en parejas armoniosas, de energías masculinas y femeninas.”