EL PRIMER TEMPLO

Por Manuel
Ayllón Campillo, Dr. Arquitecto
¿Qué sucedería en el caso de que Dios deseara
disponer de su casa en la Tierra, para aviso y recuerdo de los hombres que no
vean en la naturaleza la mejor de sus moradas? ¿No sería razonable
que Él "dictara", como el Primer "Cliente", a
algunos hombres la naturaleza y modo de resolver su "encargo"? A
partir de ahí todo es posible. Y entonces pudo comenzar el oficio de
arquitecto. Un asunto sobre el que los arquitectos durante toda la historia de
esta profesión hemos teorizado, escrito, dibujado y polemizado ha sido
sobre el de las características esenciales del Templo primordial,
del arquetipo de Templo.

El Templo
propiamente dicho según la reconstrucción de Juan Bautista
Villalpando (1595)
No hay que olvidar es que el Templo de Jerusalén no fue,
propiamente, un lugar de culto y, por lo tanto, de concentración de los
fieles, que lo hacen en el atrio y fuera de lo que específicamente es
Templo, sino la morada del Arca de la Alianza, cofre guardián de las
Tablas de la Ley, y símbolo de la alianza entre JHWH y su pueblo
elegido, el hebreo. Por ello el Templo de Salomón es, propiamente, el
conjunto de tres piezas: el Ulam, el Hekal y el Debir, lo
que traducido vulgarmente se llama el Atrio, el Santo y el Santo de los Santos.
Esta composición jerarquizada y tripartita la encontraremos, de alguna
manera, en la forma griega del pronaos, naos y adyton.
Comprenderemos con esto que la tipología de templos producida por el
Cristianismo no encuentra en el de Salomón su referencia
modélica, ya que lo hace en la planta basilical romana, como romano es
también el ordenamiento jurídico cristiano. El Templo de
Salomón no será pues un modelo sino un arquetipo, es decir un
tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar al entendimiento y la voluntad de
los hombres. Visto esto, conviene transitar hacia la naturaleza esencial de tan
singular edificio cual es el carácter de su usuario: Dios. Es un espacio
para que en él se albergue el signo de Su pacto con los hombres y se
edifica a Su Gloria para mostrar Su Magnificencia Solitaria. Por ello el
edificio ha de buscar y pretender la perfección, pues es Perfecto quien
lo inspira.
Y en ello radica su importancia, pues no sólo es un
arquetipo, sino que fue perfecto como Perfecto es Dios. La búsqueda de
su forma es por tanto la búsqueda de la perfección. No es de
sorprender, por tanto, que el proyecto del Templo sea el proyecto por antonomasia,
pues obtener la precisión de sus trazas en buena medida es perseguir la
perfección y la armonía. En ese sentido, la elaboración de
esos dibujos corresponde al recorrido de un camino interior, pues debe ser
espiritual la gimnasia que lleva al arquitecto a esas tareas. Los instrumentos
de que se ha de servir son las potencias de su espíritu, sus virtudes y
es el estudio y la reflexión la vía para iniciar ese camino. Es
lógico que en esta vía, perseguir esta tarea se haga desde el
estudio, la interpretación, el lenguaje y, por fin, la intuición,
es decir la interiorización en la búsqueda de la respuesta. Pues,
al igual que Dios actuó a través de las revelaciones
proféticas de Natan o de Ezequiel, es razonable entender que sólo
desde la iluminación es posible acercarse al final de estos trabajos, y
la iluminación es lo que se descubre al desvelar la última
cortina que queda cuando, desde el estudio y el trabajo reflexivo, se cree uno
encontrar al término del camino al que el hombre accede por sus exclusivos
medios y que según va transitando comporta la práctica su
desnudez esencial.
Y si bien es cierto que estas tareas devienen de una practica
moral y sensitiva cierto es que se accede a ellas desde la discusión de
un problema intelectual y lógico cual es determinar la plástica
visualización de lo que esta descrito, de manera aparentemente clara, en
los textos bíblicos. Muchos arquitectos que se acercaron así al
problema estilístico y compositivo del proyecto del Templo iniciaron,
con ello, una aventura espiritual que no tiene final, sino es por la precitada
vía de la iluminación. Y en ese supuesto, dificilísimo,
dibujar los planos pretendidos se convierte en lo menos importante, casi en
innecesario.
En el fondo se aprecia que la atracción que esta materia tiene
entre muchos y en especial entre algunos arquitectos -desgraciadamente cada vez
menos entre estos últimos- se residencia en dos motivos básicos.
De una parte, haber servido como referencia mítica sobre
los orígenes de una profesión y, por tanto, sus elementos
narrativos y formales, aunque sea de manera parcial y fraccionaria, han servido
para construir un mundo de referencias analógicas y simbólicas en
que enmarcar el contenido doctrinal y esencial de esa actividad profesional en
la historia. De alguna manera puede ser que el asunto que se relata no
sucediera como se dice que fue, pero nos encontramos con un relato
mitológico y como tal hay que entenderlo y, para ello, nada mejor que la
definición que de la mitología da en el siglo VI Esteban de
Bizancio al decir de ella que es lo que nada fue y siempre será.

De otra, relatar el empeño del hombre en perseguir el ideal
de la perfección por vía de la construcción. Aunque en el
relato, de forma figurada, la perfección pretendida sea la que se
alcanza con la construcción del Templo como objeto y problema
edificatorio. Por tanto, y en el trasunto del relato, muchos han entendido que
tal perfección en la construcción no tiene como objeto una
"res aedificatoria" de carácter mensurable y limitado, y han
encontrado el objeto de sus esfuerzos en la construcción de esa sociedad
justa, en esta tierra, de la que el Templo es una referencia simbólica.
