CONSIDERACIONES SIMBÓLICAS SOBRE EL CRISMÓN

 

 

ÁNGEL ALMAZÁN DE GRACIA - 05/10/2003



Durante la Edad Media hubo un flujo esotérico, cultural y literario desde Oriente a Occidente, desde India, Siria y Asia Menor, tanto en el románico como en los libros.

 

 

 

ORIENTE EN OCCIDENTE



El flujo de intercambios culturales existentes entre Medio Oriente y la India -foco de algunos mitos estrechamente ligados al crismón- ha existido desde hace milenios y, en lo que respecta a la Edad Media, buenos ejemplos de ello los ha aportado Max Müller en su obra Mitología Comparada, en cuyo último capítulo expone con rigurosidad lo que él llama "emigración de fábulas" de la India a Europa a través de Persia y por el camino de Bagdad y de Constantinopla, fundamentalmente a través de traducciones de traducciones.



Así, en los siglos XI, XII y XIII aconteció que muchas fábulas hindúes "llegaron a ser sumamente populares y de hecho fueron más leídas en Europa que la Biblia o cualquier otro libro. No sólo se leyeron en esas traducciones sino que se introdujeron en los sermones, las homilías y las obras de moral. Fueron desenvueltas, aclimatadas, localizadas, moralizadas en tales términos que es ya casi imposible reconocer su fisonomía oriental bajo sus rústicos disfraces".



A mediados del siglo VIII, durante el califato, en Bagdad, de Almanzor, Abdalah ibn Almokaffa tradujo al árabe una serie de fábulas indias tomadas del pehlvi (antigua lengua persa) que, a su vez, habían sido traducidas del sánscrito doscientos años atrás. Esta colección de fábulas se conocen con el nombre genérico de Calila y Dimna, de la que ya existía traducción castellana a mediados del s. XIII, siendo luego puesta en latín por el occitano Raimond de Béziers, en 1313.



Otro ejemplo más importante: durante ese mismo califato hubo un consejero de Almanzor, llamado por la iglesia posteriormente como san Juan Damasceno, que escribió un cuento titulado "Barlaam y Josafat", o cuando menos así se lo atribuye el "Martiriologio Romano". Pues bien, Josafat, el protagonista es una réplica de Gautama Sidharta Sakyamuni, o sea, Buda. El autor de la obra confiesa haber escuchado la historia de quienes la habían conocido en la India, pero dado la serie de similitudes existentes lo más probable es que incluso hubiese leído el "Lalita Vistara", en el que se describe minuciosamente tales detalles de la vida de Buda, el cual existió seiscientos años antes de Cristo (el "Lalita Vistara" es del s. III a.C).



"Barlaam y Josafat" fue muy popular durante la Edad Media. Se tradujo al siriaco, árabe, etíope, armenio, hebreo, latín, francés, italiano, castellano, checo, polaco e inglés. Incluso un rey de Noruega la mandó traducir al islandés, en 1204. Y lo que es más interesante: la iglesia santificó a ambos personajes, venerándoles el 26 de agosto en la iglesia oriental y el 27 de noviembre en Europa.



Es más, incluso entre Buda y el mismo Cristo existen similitudes diversas muy singulares:



"La leyenda búdica se había sacado a su vez del mito védico. En el budismo la virgen madre Maya da un salvador al mundo, concibiendo a Buda. La concepción de Maya es inmaculada y su marido extraño a ella. Es Dios mismo quien en ella se encarna.

 

 
En el nacimiento de Buda aparece en el cielo una estrella brillante; vienen reyes a adorarle; cuando de niño es presentado en el templo, los profetas presagian de él cosas maravillosas; asombra a los doctores con su sabiduría.
Antes de su predicación, Jesucristo ayuna cuarenta días en el desierto y es tentado por Satán, que le ofrece el imperio del mundo. Del mismo modo, Buda Sakyamuni, antes de su predicación, se había retirado a la soledad cerca de Ourouvela, donde ayunó durante cuatro semanas. Había estado expuesto a los asaltos de Mara, el tentador, que le había ofrecido el imperio del mundo.

 


Buda hace enseguida curaciones; vuelve la vista a los ciegos, pasa sobre el agua a pie enjuto y suministra milagrosamente a sus discípulos alimento inesperado. Después de su muerte, se aparece a sus discípulos en forma luminosa: una aureola rodea su cabeza"

 

Las cruzadas supusieron un incremento muy considerable en la incorporación de símbolos, creencias y conocimientos orientales en el medioevo europeo, convirtiéndose España fue uno de los focos impulsores de tal penetración cultural a través de Al Andaluz y de la Escuela de Traductores de Toledo que fundara Alfonso VI bajo la tutela del arzobispo Raimundo de Salvitad tras dejar éste el obispado de Osma, en 1126.



El románico, sin ir más lejos, está plagado de influencias orientales en grado sumo. Recojamos tan solo las consideraciones que hace al respecto uno de los simbólogos más prestigiosos del románico, Olivier Beigbeder:



- "En todos los manuales de arte románico, después de Focillon, Baltrusaitis y también de Dieulafoy, es costumbre insistir, y con razón por otra parte, sobre la considerable aportación, en materia de arquitectura, de Siria y Asia Menor, y en materia de arte decorativo, sobre la gran importancia de los tejidos sansánidas, los marfiles bizantinos y la iconografía Siria, propagados principalmente a través de los árabes... Pero en materia de simbología románica, esta influencia nos parece menos importante que la de las artes alejandrina, copta y bizantina, que bajo formas diversas han sido prolongación de Egipto".

 


- "Mâle ha mostrado que el "plan" denominado "de peregrinaje" que se propaga desde Conques a Figeac, Compostela y San Marcial de Limoges a partir de San Martín de Tours, proviene de San Menas, en el Bajo Egipto, lugar de una famosa peregrinación (se encuentra incluso muy lejos, hasta Renania, las medallas de la peregrinación representando al santo entre sus dos camellos). Algunos siglos después, España, que se sacude del yugo musulmán, reconstruye dentro del ámbito arquitectónico las experiencias llevadas a cabo por Siria y Asia Menor. Señalemos asimismo la importancia del arte y de los arquitectos lombardos, región donde se ha forjado principalmente lo que denominamos el "primer arte románico", marcado por influencias decorativas mesopotámicas (frisos de arcadas, por ejemplo) y que ha tenido una gran expansión. Así como la influencia egipcia se mezcló a la tradición celta, la originalidad de las culturas visigodas de España y ostrogodas del norte de Italia demuestra que la influencia mesopotámica sedujo, sobre todo, a los poblados iberos y germánicos, adeptos a los cultos naturales como la dendrolatría (culto al árbol)".



Las huellas del pasado celta, por supuesto, tampoco hay que desdeñarlas en el románico europeo, así como la propia tradición islámica.