A LA GLORIA
DEL GRAN ARQUITECTO DEL UNIVERSO
Lஃ Iஃ Fஃ
APUNTES PARA UN ESTUDIO DEL ORIGEN DE LA FRANCMASONERIA

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Hace
años elaboré una plancha sobre el qué y el cómo (causa material y formal) de la
Francmasonería, que no tuvo éxito puesto que ningún Hஃ incidió con planchas sobre el tema, y que comprendo dado
que el qué y el cómo es de todos nosotros una realidad evidente y cada uno lo
profundiza a medida de su interés y capacidad.
Personalmente
tiene para mi más interés el para qué de la Francmasonería, su causa final y
que pretendo abordar. Los rituales, constituciones, reglamentos, ... concretan
la finalidad en una doble vertiente: individual una y social otra, plasmadas en
principios reiterativos tales como: libertad, igualdad, fraternidad, fuerza, unión,
tolerancia, etc.. Todos ellos no dejan de ser difusos y sólo aclarables de
tener un cabal conocimiento del por qué de la Francmasonería.
La
Francmasonería es una realidad histórica y en consecuencia su origen ó causa
eficiente debe rastrearse en la historia y digo rastrearse por resultar
enigmático su inicio hablándose de antigüedad, templarios, gremios, etc.; pero
nada de ello en sí me resulta claro y justificador de su existencia;
existencia, eso sí, evidente en la historia a partir de cierto momento.
Si
supiéramos el por qué de la Francmasonería. tendríamos conocimiento del para
qué, puesto que en filosofía se afirma que la causa eficiente y la causa final
se corresponden. Abordemos pues, del modo más simple y breve posible, el por
qué; luego cada uno indague en la historia, si resulta de su interés, puesto
que, como digo, el tema es histórico.
En
gruesas pinceladas la Europa occidental surge como Cristiandad a principios del
siglo IX con la consagración de Carlomagno como Emperador de Occidente. Luego
resultó inviable una Cristiandad bicéfala y el Papado terminó sometiendo al
Emperador después de una larga lucha desde Gregorio VII a Inocencio III (siglo
XIII), con el que. alcanza su cenit de poder temporal para iniciar su
decadencia con Bonifacio VIII (principios del s. XIV) autor de la bula Unam
Sanctam.
Lo
cierto es que la sociedad estructurada en la época de los carolingios se
resquebraja en el s XV y XVI. Es la época de las monarquías modernas, del
desarrollo comercial, de los descubrimientos geográficos, de la imprenta, del
despegue de las lenguas vernáculas y con ello de la formación de grandes urbes,
de una burguesía pujante, de eruditos,... en una palabra, del humanismo y del
renacimiento.
Los
muchos y buenos eruditos arrinconaron las sumas teológicas nacidas en el s.
XIII, posibilitadas por la cultura musulmana que alcanzó su apogeo en el s.
XII, por ser incapaces de responder a los nuevos problemas individuales y
sociales que se plantean. Es más los eruditos detectan errores históricos reiterados
como indiscutibles y el papado, anclado en la época carolingia, anatematiza a
diestra y a siniestra, intentando reprimir la emancipación del saber y del
individuo.
Desde
el s. XIV toda persona medianamente culta era consciente de la necesidad de efectuar
una profunda reforma, pero no había voluntad de ello en quienes detentaban el
poder. El resultado fue la Reforma encabezada por Lutero, frente a la que tuvo
lugar la Contrarreforma católica. Entre estas dos líneas: Reforma y
Contrarreforma hubo una tercera vía, muy activa, formada por la gran mayoría de
eruditos.
Las
dos líneas: Reforma y Contrarreforma radicalizadas generaron guerras atroces y
estúpidas, entre las que se cuenta, la llamada de los treinta años.
Visualizado
ese cuadro, se percibe la actividad de la tercera vía, como la de un “colegio
invisible” de eruditos y humanistas que confiaban en llegar a un conocimiento
tal que resolviera los conflictos generados. Esas sociedades secretas nacieron
entre intelectuales italianos en el siglo XV y llevadas a la Europa
septentrional por Giordano Bruno, como consta que formó un círculo de eruditos
comprometidos en esa línea en la Alemania luterana.
En
los Países Bajos la sociedad secreta ó colegio se denominó “Familia del Amor”
formada por cristianos pacifistas, aunque en lo exterior se adaptaban a las
creencias imperantes para poder operar en el logro de la paz. En Amberes es de
señalar la existencia de un círculo de eruditos formado en torno a Cristóbal
Plantin (Tipógrafo de Felipe II).
Es
cierto que todos estos hombres hicieron proselitismo de la tercera vía.
Giordano Bruno, en Inglaterra, se relacionó con Philip Sydney y la condesa de
Pembroke y con los círculos de eruditos de ambos, entre los que se contaba con
John Dee que escribió sobre algunos planes reunificadores en torno a un saber
coincidente y que luego prosiguió su actividad en Praga, en la Corte del
Emperador Rodolfo II. Este John Dee influyó considerablemente en su protegido
italiano Francesco Pucci. Francesco Pucci, autor del libro “Forma d’una
republica cathólica”, desarrolló temas de la tercera vía, incluso la de un
“colegio” esclarecido e invisible, fue detenido en Salzburgo, conducido a Roma,
donde se le juzgó y condenó a ser quemado; el mismo fin de Giordano Bruno,
delatado a la Inquisición y cuyas razones exactas de condenación aún nos son
desconocidas. En torno al emperador Rodolfo II, hasta la victoria de la
Contrarreforma en la Montaña Blanca (1620), hubo un gran círculo de actividad
de la tercera vía, donde se exaltó el intelecto instruido.
En
los países protestantes e Inglaterra los propugnadores de la tercera vía
resultaban políticamente sospechosos, en tanto que del lado católico estaban
expuestos al riesgo de la Inquisición y la ejecución en la pira.
Esta
tercera vía, al no poder superar el antagonismo, fracasó. Era una vía
propugnadora de la tolerancia, de marcado carácter pelagiano, i.e., confiaba en
la capacidad humana, de ahí que pensadores como Rouseau fuesen pelagianos. Era
una vía defensora de una reforma a base de un mínimo de dogmas, dejando el
resto a la discusión de los teólogos; algo así como aceptar un mínimo común
denominador que posibilitara salvar la unidad de la Europa occidental.
Esta
tercera vía es la de Juan Colet, deán de San Pablo; la del pacifista Erasmo,
consejero político de Carlos V, que, siendo teólogo, desconfiaba de la
teología, cuyas conclusiones dogmáticas se basaban a menudo en lecturas
defectuosas de los textos y sostenía la necesidad de reducir la teología al
mínimo absoluto y que, de haber tardado un poco en morir, se hubiese visto
condenado como hereje. Esta es la vía de Lorenzo di Valla, secretario del Papa
Nicolás V, la de Ficino, Tomás Moro, John Cheke, Jacob Sturm, Mercurio
Gattarina, canciller imperial; de Cantarini, de Gropper y muchos otros.
Esta
vía intentó mediar, sin éxito; sin embargo siguió existiendo impotente ante el
enfrentamiento de reformados y contrarreformados, eso sí ocultándose para no
ser objeto de las iras de unos y de otros y hacer lo que pudiesen para
restaurar la paz en la Europa occidental.
No
se puede perder de vista que la crisis religiosa del siglo XVI fue una
discusión entre clases elevadas, en tanto que el pueblo fue espectador,
seguidor y, como no, víctima.
El
Concilio de Trento, el primero de los concilios de la iglesia Católica (ya que
ni siquiera fue de Occidente por ausencia de las iglesias reformadas),
radicalizó aún más las diferencias entre la iglesia romana, la luterana y la
calvinista.
En
la iglesia Católica surgen nuevas órdenes religiosas, entre ellas los jesuitas,
para quienes el código moral podía quedar en suspenso cuando los intereses
católicos están en juego, no sólo defendiendo la guerra como instrumento
legítimo contra la herejía, si no también propugnando el asesinato selectivo de
protestantes, ya que, si no era posible convertir a un gobernante, había que
matarlo. Así Juan Mariani en 1599 aconsejaba a Felipe III, refiriéndose a los
soberanos protestantes, “Es cosa gloriosa exterminar a toda esta raza
pestilente y perniciosa eliminándola de la comunidad humana”. En España la
eliminación de los reformados se presentó como un capítulo más de la lucha
contra los judíos. Esto y más es historia y su conocimiento está al alcance de
cualquiera que desee conocer las barbaridades cometidas en ambos bandos ¿quién
se puede olvidar de Servet o de Zuinglio arremetiendo contra las brujas cuyo
destino era también la hoguera?
Así
las cosas la tercera vía pasó a la clandestinidad y a formar sociedades
secretas, adoptando diversidad de formas, como son las Fraternidades
Espirituales en los Países Bajos, los Rosacruces en Alemania y en el siglo XVII
devinieron en diferentes movimientos francmasones, que se concretan a inicios
del siglo XVIII, i.e., con la Ilustración y en la línea pelagiana pusieron las
bases ideológicas de la revolución liberal, i.e., del nacimiento de los Estados
contemporáneos en los que el hombre dejó de ser súbdito para ser ciudadano con
un catálogo de derechos.
Milton,
Hartlib, Comenios, autor de “El Camino de la Luz”, vinieron a ser como una
generación más de la tercera vía.
Entre
los años 1640 y 1660 se formó la Royal Society, que ya había sido autorizada en
el reinado de Carlos II, como la materialización del famoso “colegio invisible”
propugnando la instauración del saber, entre los que se contaba John Wikins y
el alemán Teodoro Haak, que terminó residiendo en Londres. Este grupo era sin
lugar a dudas, como digo, el colegio invisible, que se reunió en el Colegio
Wadham, de Oxford, y en 1659 se trasladó a Londres, obteniendo el reconocimiento
y protección real.
Es
de resaltar el dato de que esta Sociedad Real desechó el contexto religioso por
cuanto entendió devenía en obstáculo para la ciencia (fue el primer intento de
separar las ciencias de lo religioso); pero los miembros de la Sociedad Real
terminaron por no respetar esta separación, ejemplo de ello lo tenemos en
Newton que siguió conexionado a lo religioso, no previendo la futura guerra
entre religiones y eso que aún faltaba por plantear la posibilidad de su
antagonismo. Esto último es muy importante por cuanto en el mundo
anglo-norteamericano no se planteó. Hoy ha desaparecido el equilibrio de
potencias imperando una monopotencia de esa área, la cual toma decisiones, que
de ser del área continental podrían ser las mismas, pero no serían las mismas
las justificaciones, ya que las efectúa apelando a principios religiosos, lo
cual choca con la mentalidad continental, la cual si cuestionó el antagonismo;
tanto es así que la concepción anglo-norteamericana de relación entre religión y
política no puede trasladarse sin más al campo de discusión de la Europa
continental. Las diferencias son profundas, puesto que la Ilustración
angloamericana fue protestante, fue inconformista, eclesiásticamente libre y
creyente; en tanto que la Ilustración de la Europa continental (sobre todo
Francia) fue anticlerical, laica y atea; este rasgo laico y ateo de la
Ilustración europea hay que interpretarla a la luz del catolicismo obligado del
ancien régime.
El
sólo planteamiento del antagonismo supone haber dado un paso más con respecto
al área angloamericana, que quedó por ello anclada en el pasado. Si bien el
planteamiento en el Continente no quiere decir que hubiese producido ya todos
sus frutos. Pensemos en Francia, modelo de poder político laico, que sufrió
retrocesos con el gobierno de Vichy que aún perduran y mantiene cierta
discriminación religiosa en Alsacia y Lorena; y si esto sucede en el santuario
de la laicidad ¿qué no sucederá en países como el nuestro cuya Constitución
menciona una confesión por su nombre y apellidos?. Por tanto una cosa son los
hitos históricos y otros las realizaciones. Las ideas siempre preceden a los
hechos.
Incidiendo
en el planteamiento del antagonismo entre ciencia (política) y religión
efectuada en el Continente sirvió (sirve) para reducir más el denominador,
potenciando la tolerancia, la integración, la convivencia.
Los
datos históricos están ahí abiertos a interpretaciones. Desde aquellos
eruditos, herejes, heterodoxos, que se sintieron llamados a liberar la sociedad
de ligaduras, para que circulase por la senda de lo racional, arriesgando
incluso sus vidas, para posibilitar la convivencia, la paz y con ello el saber,
la riqueza y el bienestar, organizados, por necesidad de protegerse, en
colegios ocultos ó fraternidades, es lo que llega a nuestros tiempos bajo la
forma de la Francmasonería.
Desde
los albores del Renacimiento, pasando por la Ilustración, aprecio los eslabones
que llevan a la Francmasonería. Eslabones comprometidos, con más o menos
acierto, en la dignificación del hombre. Esto es a mi entender, con ánimo de
debate, la causa final de la Francmasonería, resultando también interesante el
análisis de las actuales corrientes de pensamiento en pro y en contra de la
referida finalidad.
He
dicho
Autor
Desconocido
