

Con
el encaramamiento de Juan Vicente Gómez al poder, en 1908, la situación se hizo
menos favorable para el progreso de la masonería. Ese año regía los destinos de
la Institución, como Gran Maestro, Domingo A. Coronil y, al frente del Supremo
Consejo Confederado del Grado 33°, estaba Máximo Greccentino. Ambos habían
colaborado con el gobierno de Ignacio Andrade y después se hicieron amigos del
régimen de Cipriano Castro. Más tarde con el general Juan Vicente Gómez tampoco
tuvieron problemas. El gomecismo nunca persiguió a la masonería. Prefirió
ignorarla. Se sabe, sin embargo, que "El Benemérito" ordenó al
Secretario de la Presidencia, Francisco González Guinán, una vigilancia
disimulada del Gran Templo Masónico de Caracas, para ver si algún viejo liberal
amarillo o tal vez algún cabeza caliente amigo de "El Cabito", se le
ocurría conspirar.
Gómez,
en medio de su poca o ninguna instrucción, ya que hasta el grado de "General"
se lo debía a una decisión verbal de su compadre Cipriano Castro, a quien más
tarde traicionó, sabía a través de sus conversaciones con Leopoldo Baptista y
Francisco González Guinán, que el Libertador Bolívar, fue masón.
El
omnipotente andino, amo de "La Mulera", dicen que sentía devoción
inmensa por la figura del Libertador. Pensaba que si alguien como Simón Bolívar
había pertenecido a la masonería, seguramente debía tratarse de una asociación
"buena", y si era buena no podía estar contra él, el general Juan
Vicente Gómez.
Pero,
en la masonería había una situación contradictoria. Por esa tradicional
disparidad de criterios, en nombre de la libertad de disentir, se producían
hechos chocantes. Mientras muchos masones estaban en la clandestinidad o las
cárceles por sus ideas democráticas, otros como Laureano Vallenilla Lanz y
Alejandro Fernández García, que editaban el periódico "El Nuevo
Diario", gozaban de los beneficios de la "guanábana" alabando al
dictador.
Y
como si fuera poco, el 21 de octubre de 1914, cuando se constituyó legalmente
la "Sociedad Industrial Azucarera del Tacarigua", apareció en la
escritura junto a los nombres de Juan Vicente Gómez, su hermano Juancho, sus
hijos Vicente y Alí; Carlos Delfino, Antonio Pimentel, Caracciolo Parra Picón,
Alberto Aranguren, Félix Galavís, Ramón H. Ramos, J. A. Martínez Méndez, Emilio
Fernández, F. A. Colmenares Pacheco, Julio Hidalgo, J. Boy Anzola, el nombre de
Domingo A. Coronil, como socio del dictador y sus íntimos.
La
"Sociedad Industrial Azucarera del Tacarigua", comprendía extensas
haciendas papeloneras y de aguardiente, ubicadas en fértiles tierras que
pertenecieron a políticos cardos en desgracia. El libro con importantes
detalles sobre el registro y funcionamiento de esa célebre Sociedad Industrial,
es conservado por el ciudadano Carlos Federico Escarrá.
Domingo
A. Coronil, fue Gran Maestro de la Gran Logia de Venezuela, de 1907 a 1909 y
después, Soberano Comendador del Supremo Consejo Confederado del Grado 33°,
entre 1913 y 1916 y más tarde, entre 1919 y 1923. Según algunos investigadores,
eso explicarla el motivo por el cual Juan Vicente Gómez, además de su
veneración por el Libertador Bolívar, se abstuvo de perseguir
institucionalmente a la masonería.
Muchos
de los dirigentes masones que hablan militado en las filas del liberalismo
amarillo, apoyando a Guzmán Blanco, Crespo y Andrade, después decidieron
colaborar con Gómez. En el libro de Luis Cordero Velásquez, "Gómez y las
Fuerzas Vivas”, aparecen los nombres de
prominentes figuras de la masonería entre los notables que se confundían con
los chácharos de "La Sagrada", durante las terneras que se servían en
honor del dictador, en Maracay y las afueras de Caracas.
Afortunadamente,
para los antecedentes democráticos de la institución, no todos los líderes
masones colaboraron con Gómez. La mayoría tomó el camino de la oposición. Por
esa actitud sufrieron los rigores del destierro, del confinamiento y de las
mazmorras de "La Rotunda".
Sin
el pujante espíritu liberal que antes predominó en las Logias, la juventud
pensante venezolana con deseos de superación, dejó de sentir interés por la
masonería. Las captaciones eran cada vez menos frecuentes. Los pocos iniciados
eran artesanos y gente sencilla sin mayor significación. Los escasos profesionales
que ingresaban y subían por los peldaños directivos, estaban identificados con
el gomecismo o se hacían la vista gorda ante el drama del país, para no perder
determinadas canonjías.
Para
1928, la economía tradicional venezolana, agrícola y pastoril, se encontraba en
proceso de desintegración. El monocultivo del café y cacao, estaba en franca
decadencia, polarizando con otra monoproducción: el petróleo, en manos de
capitales norteamericanos e ingleses, principalmente.
El
gomecismo había doblegado a la pequeña burguesía venezolana, que deseaba un
desarrollo nacional independiente. Al final se convirtió en panegirista de la
dominación extranjera, beneficiándose mejor que con el café o cacao, con las
propinas que les dejaba ese comportamiento.
El
petróleo constituía ya en 1928, el renglón principal de la producción
venezolana. Ese año llegó a 106 millones de barriles, de los cuales fueron
exportados 100.600.000 barriles. La burguesía y la llamada clase pudiente, a
las que pertenecían no pocos masones, habían hecho a un lado sus aspiraciones
de tomar el poder, para participar en el carnaval de concesiones, que después
eran traspasada a compañías ingleses o norteamericanas.
Pero
no todos los masones cayeron en esas tentaciones. El Ministro de Fomento de
entonces, Gumercindo Torres, iniciado en una Logia capitalina, en Memorandum
dirigido en 1930 a las compañías explotadoras, condenó las exoneraciones que
durante los siete años precedentes habían alcanzado la cantidad de 219 millones
de bolívares, en tanto que, durante ese mismo período, el Fisco venezolano sólo
había percibido 187 millones de bolívares, por concepto de ingresos de esa
explotación.
Contra
esos saqueos y abusos, muchos ciudadanos pensantes que en 1928 militaban en algunas Logias, después del
marasmo de más de cinco lustros, participaron a título personal en el
movimiento antigomecista que dirigieron Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt,
Joaquín Gabaldón Márquez, Pío Tamayo, Guillermo Prince Lara y Antonio Arraiz, a
pesar de que al frente del Ministerio de Relaciones Interiores, estaba el masón
Laureano Vallenilla Lanz.
En
Maracaibo, otro grupo de estudiantes, entre los que estaban los masones Valmore
Rodríguez e Isidro Valles, fueron a parar al Castillo de San Carlos, por la
osadía de haber organizado un movimiento de protesta contra la dictadura.
Un
análisis de los hechos que sucedieron al movimiento de abril de 1928, demuestra
que al lado de los políticos democráticos que pagaron el desafío a la dictadura
con La Rotunda y el destierro, estuvieron numerosos masones, que con su amor a
la libertad, justicia y dignidad, que los llevó al martirologio, limpiaron el
honor de la masonería, que había sido empañada por el compadrazgo y los
apetitos subalternos de otros masones, encaramados en puestos importantes
dentro la Orden.
La
silente anarquía que predominaba en la masonería, por falta de una cohesión
democrática, sumada a la pesada atmósfera que se respiraba en el país, sin
libertades, ni derechos, debilitó progresivamente a la Institución, hasta
convertirla en convidada de piedra del quehacer nacional, donde los negros
nubarrones del drama, parecían tapar las esperanzas de un mañana mejor.
Durante
el gomecismo, la masonería vegetó como institución, sin aportar ideas, ni
preparar a los dirigentes que necesitaba el país para después de la larga noche
de la dictadura. Las tenidas de las Logias se concretaban a repasos litúrgicos
inoperantes, donde lo único que mantenía vivo el espíritu masónico, era el
impulso de la fraternidad, como la fuerza que junta a las ovejas en el rebaño,
cuando amenaza la presencia de un depredador.
Refería
el médico Jacobo Bendahán Chocrón, dos veces Gran Maestro de la Gran Logia de
la República de Venezuela, primero entre 1925 y 1927 y después, entre 1930 y
1931, que una vez el temido general Juan Vicente Gómez, lo mandó llamar a su
despacho en Maracay.
Cuando
después de una larga antesala lo hicieron pasar a la oficina del déspota,
Jacobo Bendahán temblaba pensando en La Rotunda y otras cosas. Pero el diálogo
aunque corto fue amistoso:
-Así
que usted es el jefe de la masonería?,- le preguntó Gómez.
-Si,
soy el Gran Maestro de la Gran Logia de la República de Venezuela, mi General.
-y
qué hacen ustedes en la masonería, -volvió a preguntarle mientras le clavaba la
mirada en los ojos.
-Nos
reunimos pacíficamente para conversar sobre la importancia de las virtudes y la
moral. También inculcamos el amor al trabajo, el respeto a la Patria y la
práctica de las buenas costumbres.
-Ajá,
eso sí me gusta. Mientras prediquen el amor al trabajo, el respeto a la Patria
y la práctica de las buenas costumbres, nunca serán molestados.
-Y
es verdad que el Libertador Bolívar fue masón?
-Si
excelencia, el Libertador Bolívar fue miembro de la masonería.
-Ajá,
muy bien, eso ya me lo habían dicho.
En
efecto, Juan Vicente Gomez, no se metió con la masonería, ni ella con él. Los
espías del dictador y algunos masones que estaban en altos puestos o eran sus
socios en prósperos negocios, le informaban constantemente sobre las
actividades de la Confederación Masónica, donde las reuniones eran inocuas, sin
peligro alguno para la estabilidad del régimen imperante.
La masonería venezolana subsistió los 27 años del gomecismo sin sustos, ni dolores de cabeza. Fue una convivencia pacifica que permitió funcionar a las Logias, pero perdió el prestigio y poder que obtuvo con Páez, Guzmán Blanco, Crespo y Andrade. Esa declinación se dejó sentir en los decenios siguientes.


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