LA NOCHE DE LOS 27 AÑOS

 

Con el encaramamiento de Juan Vicente Gómez al poder, en 1908, la situación se hizo menos favorable para el progreso de la masonería. Ese año regía los destinos de la Institución, como Gran Maestro, Domingo A. Coronil y, al frente del Supremo Consejo Confederado del Grado 33°, estaba Máximo Greccentino. Ambos habían colaborado con el gobierno de Ignacio Andrade y después se hicieron amigos del régimen de Cipriano Castro. Más tarde con el general Juan Vicente Gómez tampoco tuvieron problemas. El gomecismo nunca persiguió a la masonería. Prefirió ignorarla. Se sabe, sin embargo, que "El Benemérito" ordenó al Secretario de la Presidencia, Francisco González Guinán, una vigilancia disimulada del Gran Templo Masónico de Caracas, para ver si algún viejo liberal amarillo o tal vez algún cabeza caliente amigo de "El Cabito", se le ocurría conspirar.

 

Gómez, en medio de su poca o ninguna instrucción, ya que hasta el grado de "General" se lo debía a una decisión verbal de su compadre Cipriano Castro, a quien más tarde traicionó, sabía a través de sus conversaciones con Leopoldo Baptista y Francisco González Guinán, que el Libertador Bolívar, fue masón.

 

El omnipotente andino, amo de "La Mulera", dicen que sentía devoción inmensa por la figura del Libertador. Pensaba que si alguien como Simón Bolívar había pertenecido a la masonería, seguramente debía tratarse de una asociación "buena", y si era buena no podía estar contra él, el general Juan Vicente Gómez.

 

Pero, en la masonería había una situación contradictoria. Por esa tradicional disparidad de criterios, en nombre de la libertad de disentir, se producían hechos chocantes. Mientras muchos masones estaban en la clandestinidad o las cárceles por sus ideas democráticas, otros como Laureano Vallenilla Lanz y Alejandro Fernández García, que editaban el periódico "El Nuevo Diario", gozaban de los beneficios de la "guanábana" alabando al dictador.

 

Y como si fuera poco, el 21 de octubre de 1914, cuando se constituyó legalmente la "Sociedad Industrial Azucarera del Tacarigua", apareció en la escritura junto a los nombres de Juan Vicente Gómez, su hermano Juancho, sus hijos Vicente y Alí; Carlos Delfino, Antonio Pimentel, Caracciolo Parra Picón, Alberto Aranguren, Félix Galavís, Ramón H. Ramos, J. A. Martínez Méndez, Emilio Fernández, F. A. Colmenares Pacheco, Julio Hidalgo, J. Boy Anzola, el nombre de Domingo A. Coronil, como socio del dictador y sus íntimos.

 

La "Sociedad Industrial Azucarera del Tacarigua", comprendía extensas haciendas papeloneras y de aguardiente, ubicadas en fértiles tierras que pertenecieron a políticos cardos en desgracia. El libro con importantes detalles sobre el registro y funcionamiento de esa célebre Sociedad Industrial, es conservado por el ciudadano Carlos Federico Escarrá.

 

Domingo A. Coronil, fue Gran Maestro de la Gran Logia de Venezuela, de 1907 a 1909 y después, Soberano Comendador del Supremo Consejo Confederado del Grado 33°, entre 1913 y 1916 y más tarde, entre 1919 y 1923. Según algunos investigadores, eso explicarla el motivo por el cual Juan Vicente Gómez, además de su veneración por el Libertador Bolívar, se abstuvo de perseguir institucionalmente a la masonería.

 

Muchos de los dirigentes masones que hablan militado en las filas del liberalismo amarillo, apoyando a Guzmán Blanco, Crespo y Andrade, después decidieron colaborar con Gómez. En el libro de Luis Cordero Velásquez, "Gómez y las Fuerzas Vivas, aparecen los nombres de prominentes figuras de la masonería entre los notables que se confundían con los chácharos de "La Sagrada", durante las terneras que se servían en honor del dictador, en Maracay y las afueras de Caracas.

 

Afortunadamente, para los antecedentes democráticos de la institución, no todos los líderes masones colaboraron con Gómez. La mayoría tomó el camino de la oposición. Por esa actitud sufrieron los rigores del destierro, del confinamiento y de las mazmorras de "La Rotunda".

 

Sin el pujante espíritu liberal que antes predominó en las Logias, la juventud pensante venezolana con deseos de superación, dejó de sentir interés por la masonería. Las captaciones eran cada vez menos frecuentes. Los pocos iniciados eran artesanos y gente sencilla sin mayor significación. Los escasos profesionales que ingresaban y subían por los peldaños directivos, estaban identificados con el gomecismo o se hacían la vista gorda ante el drama del país, para no perder determinadas canonjías.

 

Para 1928, la economía tradicional venezolana, agrícola y pastoril, se encontraba en proceso de desintegración. El monocultivo del café y cacao, estaba en franca decadencia, polarizando con otra monoproducción: el petróleo, en manos de capitales norteamericanos e ingleses, principalmente.

 

El gomecismo había doblegado a la pequeña burguesía venezolana, que deseaba un desarrollo nacional independiente. Al final se convirtió en panegirista de la dominación extranjera, beneficiándose mejor que con el café o cacao, con las propinas que les dejaba ese comportamiento.

 

El petróleo constituía ya en 1928, el renglón principal de la producción venezolana. Ese año llegó a 106 millones de barriles, de los cuales fueron exportados 100.600.000 barriles. La burguesía y la llamada clase pudiente, a las que pertenecían no pocos masones, habían hecho a un lado sus aspiraciones de tomar el poder, para participar en el carnaval de concesiones, que después eran traspasada a compañías ingleses o norteamericanas.

 

Pero no todos los masones cayeron en esas tentaciones. El Ministro de Fomento de entonces, Gumercindo Torres, iniciado en una Logia capitalina, en Memorandum dirigido en 1930 a las compañías explotadoras, condenó las exoneraciones que durante los siete años precedentes habían alcanzado la cantidad de 219 millones de bolívares, en tanto que, durante ese mismo período, el Fisco venezolano sólo había percibido 187 millones de bolívares, por concepto de ingresos de esa explotación.

 

Contra esos saqueos y abusos, muchos ciudadanos pensantes que en  1928 militaban en algunas Logias, después del marasmo de más de cinco lustros, participaron a título personal en el movimiento antigomecista que dirigieron Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Joaquín Gabaldón Márquez, Pío Tamayo, Guillermo Prince Lara y Antonio Arraiz, a pesar de que al frente del Ministerio de Relaciones Interiores, estaba el masón Laureano Vallenilla Lanz.

 

En Maracaibo, otro grupo de estudiantes, entre los que estaban los masones Valmore Rodríguez e Isidro Valles, fueron a parar al Castillo de San Carlos, por la osadía de haber organizado un movimiento de protesta contra la dictadura.

 

Un análisis de los hechos que sucedieron al movimiento de abril de 1928, demuestra que al lado de los políticos democráticos que pagaron el desafío a la dictadura con La Rotunda y el destierro, estuvieron numerosos masones, que con su amor a la libertad, justicia y dignidad, que los llevó al martirologio, limpiaron el honor de la masonería, que había sido empañada por el compadrazgo y los apetitos subalternos de otros masones, encaramados en puestos importantes dentro la Orden.

 

La silente anarquía que predominaba en la masonería, por falta de una cohesión democrática, sumada a la pesada atmósfera que se respiraba en el país, sin libertades, ni derechos, debilitó progresivamente a la Institución, hasta convertirla en convidada de piedra del quehacer nacional, donde los negros nubarrones del drama, parecían tapar las esperanzas de un mañana mejor.

 

Durante el gomecismo, la masonería vegetó como institución, sin aportar ideas, ni preparar a los dirigentes que necesitaba el país para después de la larga noche de la dictadura. Las tenidas de las Logias se concretaban a repasos litúrgicos inoperantes, donde lo único que mantenía vivo el espíritu masónico, era el impulso de la fraternidad, como la fuerza que junta a las ovejas en el rebaño, cuando amenaza la presencia de un depredador.

 

Refería el médico Jacobo Bendahán Chocrón, dos veces Gran Maestro de la Gran Logia de la República de Venezuela, primero entre 1925 y 1927 y después, entre 1930 y 1931, que una vez el temido general Juan Vicente Gómez, lo mandó llamar a su despacho en Maracay.

 

Cuando después de una larga antesala lo hicieron pasar a la oficina del déspota, Jacobo Bendahán temblaba pensando en La Rotunda y otras cosas. Pero el diálogo aunque corto fue amistoso:

 

-Así que usted es el jefe de la masonería?,- le preguntó Gómez.

 

-Si, soy el Gran Maestro de la Gran Logia de la República de Venezuela, mi General.

 

-y qué hacen ustedes en la masonería, -volvió a preguntarle mientras le clavaba la mirada en los ojos.

 

-Nos reunimos pacíficamente para conversar sobre la importancia de las virtudes y la moral. También inculcamos el amor al trabajo, el respeto a la Patria y la práctica de las buenas costumbres.

 

-Ajá, eso sí me gusta. Mientras prediquen el amor al trabajo, el respeto a la Patria y la práctica de las buenas costumbres, nunca serán molestados.

 

-Y es verdad que el Libertador Bolívar fue masón?

 

-Si excelencia, el Libertador Bolívar fue miembro de la masonería.

 

-Ajá, muy bien, eso ya me lo habían dicho.

 

En efecto, Juan Vicente Gomez, no se metió con la masonería, ni ella con él. Los espías del dictador y algunos masones que estaban en altos puestos o eran sus socios en prósperos negocios, le informaban constantemente sobre las actividades de la Confederación Masónica, donde las reuniones eran inocuas, sin peligro alguno para la estabilidad del régimen imperante.

 

La masonería venezolana subsistió los 27 años del gomecismo sin sustos, ni dolores de cabeza. Fue una convivencia pacifica que permitió funcionar a las Logias, pero perdió el prestigio y poder que obtuvo con Páez, Guzmán Blanco, Crespo y Andrade. Esa declinación se dejó sentir en los decenios siguientes.

 

 

 

 

 

 

 

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